Ningún lugar sagrado, Rodrigo Rey Rosa

Fragmento del cuento Poco-Loco

[Poco-Loco es la gallina que Daniel lleva sobre el hombro. Poco-Loco, Daniel y Alicia —recién llegada a Nueva York— comparten un apartamento.]

Aun antes de abrir el semanario ya estaba deprimida: sabía que el apartamento que buscaba no estaba a su alcance. Tenía dos ofertas de trabajo, una como camarera en un restaurante francés y otra como niñera de noche para una familia alemana, pero ni siquiera con lo que podía ganar con esos dos trabajos juntos tendría suficiente para pagar el alquiler. De todas formas, revisó la sección de alquileres columna a columna, anotó números de teléfono y elaboró volantes.

Por la tarde al día siguiente, cuando volvía de las clases de danza, encontró a Daniel en el apartamento. Estaba sentado en el sofá negro y destartalado junto a la mesita del teléfono, mientras Poco corría de arriba abajo por el suelo.

—Te han estado llamando por teléfono —le dijo sin saludarla—. No sabía que buscabas otro apartamento.

Alicia se sintió culpable, pero desmedidamente, como si hubiera cometido una imperdonable transgresión. Replicó:

—Oh, sí. No te lo había dicho. No te había visto últimamente... —Fue hasta la puerta de su cuarto, se descolgó el bolso del hombro y lo dejó caer entre las sábanas revueltas del colchón. Luego atravesó la salita para ir a la cocina, donde abrió la nevera, extrajo una jarra de agua y se sirvió en un vaso grande. Bebió, y volvió a mirar a Daniel, que la había seguido con la mirada, una mirada hostil.

—¿Cuándo pensabas mudarte? —le preguntó.

Alicia puso el vaso en el fregadero.

—No sé, no sé si voy a mudarme, estoy investigando nada más.

Daniel bajó un poco la vista y comenzó a seguir los movimientos de Poco.

—¿Tienes alguna queja? ¿Algo te molesta de aquí?
—No, he estado muy a gusto —dijo Alicia—. Es sólo que quisiera un lugar para mí sola. Tú me entiendes.
—Las personas que llamaron hablaron de compartir, pero no importa. —Le dio un papelito, donde había anotado los nombres y los números—. Eres libre. —Poco había dejado de dar vueltas, y ahora movía la cabeza de un lado para otro, como suelen hacerlo las gallinas cuando están alarmadas—. Pero no eres libre de entrar en mi cuarto a fisgonear.
—¿Qué dices?

Daniel hizo un ruido gutural, y alzó los ojos a los de Alicia.

—No me mientas. Sé que entraste, dejaste huellas por todas partes.
—Oh, pero eso fue hace un par de días. —Alicia parpadeó—. Entré con la intención de barrer. Disculpa, no quise molestarte. —Giró sobre sus talones y se dirigía hacia su cuarto cuando Daniel continuó:
—¿Y por qué has estado husmeando entre mis libros?

Alicia se detuvo en el umbral, confundida, enfadada, consciente de que se había sonrojado. Bajó la cabeza y respiró antes de volverse para mirar a Daniel.

—Disculpa —repitió—. Es verdad que he hojeado tus libros. No pude resistir la tentación.
—Poco —dijo Daniel—, angelito, ven acá.

La gallina obedeció: dando dos aletazos, trepó al regazo de Daniel y siguió escalando hasta colocarse en su hombro. Entonces Daniel miró de nuevo a Alicia y dijo, pero como si no hablara con ella:

—Malo, muy malo.

Se volvió hacia Poco.

—¿Listo?

Alicia entró en su cuarto y cerró la puerta. Tan calladamente como pudo, levantando la manija para que el pestillo no hiciera ruido, echó la llave; pero —pensó— Daniel debió de percatarse. Luego, con un torbellino de presentimientos que le zumbaba en la cabeza, se sentó en el filo del colchón.

Oscureció y Alicia, que había permanecido inmóvil mucho tiempo, escuchando los ruidos del otro lado de la puerta —Daniel daba pasos por la sala y había encendido la luz; ¿lavaba platos?; ¿hablaba con Poco?— empujó el bolso con una mano, estiró las sábanas y se acostó. Tenía miedo, y se reprochaba a sí misma por haberse instalado allí. Mañana mismo se mudaría; a casa de Pati, si la aceptaba, o a algún hotel.

Ningún lugar sagrado / Rodrigo Rey Rosa
Editorial Seix Barral / Barcelona, 1998
128 pág. / 5 pesos
Librería Dickens, Corrientes 1375

[fragmento extraído de las pág. 23, 24 y 25]