Portada literaria


La inmadurez de la cultura (fragmentos de Witold Gombrowicz)

Lecturas

Plop, de Rafael Pinedo.

Los detectives , de Roberto Bolaño.
Tintalabios


Entrevista a Federico Jeanmaire.

Entrevista a María Malusardi.

Venenos nutritivos

Mamá, dame para un tebeo.

Apuntes de poesía antropológica.

Menos de 25 pesos

Menos de 25 pesos


 


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Fragmento de Brasil, el imperio de los sentidos, de Martín Caparrós.

 


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Fragmento de Historia Escrita.

 


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Fragmento del cuento Poco-Loco.

 


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Fragmento de La flaqueza del bolchevique, de Lorenzo Silva.

 

 

 

Menos de 25 pesos

 

Rubén A. Arribas
revistateina@yahoo.es

 

La guerra moderna / Martín Caparrós
Editorial Norma / Buenos Aires, 1999
435 páginas / 5 pesos
Librería Lucas, Corrientes 1247

Tremendo cronista

Casi siempre que escucho a la gente criticar a Martín Caparrós, de sus palabras deduzco que no lo han leído, que sólo lo han visto en la tele, que se refieren más a la persona que al escritor. De ahí esta breve reseña: primero hay que leerlo —en sus crónicas de viaje— y después, si no convence, ya se puede adornar la crítica con profundos argumentos como su mala imagen, su pedantería televisiva, la concesión del Planeta por una novelita como Valfierno, su libro sobre Boca Juniors, su inenarrable bigote. Eso sí, a cualquiera de sus críticos le preguntaría: ¿qué periodista o escritor actual es capaz de firmar algo como «Desde cualquier avión, Las Vegas es una promesa incandescente.» para describir de un plumazo una ciudad? Si lo hay, que venga con el libro, porque ese tipo de autores son los que me gustan; por bigotudos que sean.

Este libro, extensión de uno mucho menos voluminoso llamado Crónicas de larga distancia, es sencillamente una maravilla, un gozo continuo para quienes aprecian la inteligencia y la buena escritura puesta al servicio de una fina observación. Y además sólo cuesta cinco pesos... ¿Temas, lugares? Ceylán. Un villa miseria porteña. Berlín. Cuba. El carnaval de Río y los Sin Tierra de Brasil. Varias veces Nueva York. El caso Cabezas. Las Vegas. Una escapadita a Santiago de Chile. Birmania. La verdad del Dalai Lama y Teresita de Calcuta. Bajo el fuego de Belgrado. ¿Lo mejor? Se encuentran pilas y pilas de este libro en los saldos, como si fueran mierda amontonada en mitad del campo... Ojalá que tanta generosidad editorial de Norma sirva de fértil abono para un campo tan lleno de aburridos y majaderos labriegos literarios y periodísticos.

Historia escrita / Alma Guillermoprieto
Traducción de Laura Emilia Pacheco
Editorial Plaza & Janés / Barcelona, 2001
184 pág. / 5 pesos
Librería Edipo, Corrientes 1674

Historia escrita: Marcos, Evita, Che Guevara, Fidel y Vargas Llosa

¿Qué intentó la periodista mexicana Alma Guillermoprieto con este planteamiento? Según Plaza y Janés, sólo escribir unas crónicas; así lo certifica la portada, arriba a mano derecha. Según la autora —en esa edad donde se elude el lugar y fecha de nacimiento en la solapa—, este libro contiene meditaciones o ensayos sobre libros, pero sin querer agotar tema alguno. Según este humilde lector, los textos oscilan entre el perfil biográfico, el artículo de ideas y libérrimas reseñas periodísticas apoyadas en ciertas lecturas. Según Joaquín Sabina, Guillermoprieto se dedicaría profesionalmente al pongamos que hablo de.

Y lo hace muy bien, Alma; aunque sea un pelín parcial a la hora de encadenar un palo tras otro contra el Che y Fidel, hediondo, asmático y el preferido de mamá, el primero, y con problemas para vincularse afectivamente con las mujeres ambos, según destaca ella. También recibe una buena tunda Evita, frígida, sumisa y servil a Perón. Con Vargas Llosa, la autora demuestra mayor afinidad política; sin embargo, eso no exime al peruano de ver retratada su infancia como una educación en el terror al padre y el complejo de pertenecer a una clase inferior, sentimientos éstos que actuaron, según explica Guillermoprieto, como germen de la visión machista moderada que representa este intelectual, político y escritor. Sólo el subcomandante Marcos obtiene una cierta compresión por parte de la periodista mexicana. De hecho, los dos ensayos sobre los zapatistas resultan menos sentenciosos, y en ellos Guillermoprieto aprovecha la riqueza de sus conocimientos sobre el tema, que domina mejor que los demás, para mostrar una amplitud argumentativa y expositiva que, en cierto modo y por contraste, falta en los otros textos.

En general, se adivinan cuatro constantes con las que Guillermoprieto parece querer explicar las raíces de algún mal endémico latinoamericano: a) Correlación directa entre dignidad masculina y virilidad (o esa fea adicción a morir por una causa, a no retroceder nunca, a morir como un hombre, a no aceptar la derrota y defender como única postura posible un radicalismo intransigente y dogmático) b) Hijos bastardos, nacidos del analfabetismo y socialmente rechazados: ésas son las fuentes del rencor que domina la sociedad latina. c) Existe un vacío ideológico y político debido a la ausencia de una clase política profesional. d) Una típica ecuación latinoamericana: hombres poderosos, mujeres ricas dedicadas a la beneficencia.

Desde luego que el libro anima a la charla... Incluso por lo mala que es la edición, que contiene una antología de disparates del tenor de «Bill Clinton, dispuso un préstamo de emergencia de 47 mil 800 millones de dólares» o «según cálculos del autor, cuatro y medio millones de dólares». Y todo porque Alma Guillermoprieto, aunque mexicana, se empecinó en escribir en inglés y luego pidió que la tradujesen. Resultado: una prosa que no rinde lo que debería, pese a sus buenos momentos. (Claro, que peor es lo del chileno Ariel Dorfman: quien, además de ser poco ingenioso, escribe en inglés y nos llega traducido.)

Ningún lugar sagrado / Rodrigo Rey Rosa
Editorial Seix Barral / Barcelona, 1998
128 pág. / 5 pesos
Librería Dickens, Corrientes 1375

Un guatemalteco en Nueva York

Rey Rosa (Guatemala, 1958) practica en este libro de cuentos un estilo muy estadounidense en su prosa: escritura eficaz, sin un solo juego de palabras y sometida por completo a contar una historia, es decir, una escritura entregada a la eficacia del argumento, afinada para trazar con las pinceladas justas y confiada en dar una sorpresita al final del cuento.

Los temas que aborda Rosa son afines a la literatura yanki pero antiyanki: freaks, conspiraciones en sociedades de poetas esnob, alguna protesta antisistema, etc. Lo que añade este autor, en algunos cuentos, es su mirada de inmigrante y las referencias a Guatemala. Ese ida y vuelta entre dos mundos tan distintos lo muestra con claridad el cuento Ningún lugar sagrado: un guionista guatemalteco, ciudadano de Nueva York, habla con su psicoanalista sobre la situación política de Guatemala, quedando todo ello reflejado en una suerte de escritura semiautomática. En otro cuento, Hasta cierto punto, Rosa prefiere la carta como elemento estructurante de la totalidad del relato, y la usa para contar sobre su país a partir de la voz de quienes salieron de allá, bien porque eran perseguidos por subversivos, bien porque desfalcaron las arcas del Estado. Dentro de esa temática neoyoquina-guatemalteca, Rosa resulta interesante; cuando gira hacia otro lado, depende: si las historias van de terror y violencia, bien; si trata de hacer periodismo o algún experimento, no tan bien.

En total, nueve relatos que conforman un libro capaz de brindar un par de tardes de placentera lectura y que, al final, como tantos otros, se puede reducir a disfrutar de tres o cuatro buenos cuentos, Poco-Loco —algo siniestro, Hasta cierto punto entretenidoy La niña que no tuve —para lagrimear un ratito, entre ellos.

(Nota: las editoriales toman por idiotas a los lectores. En la contratapa, en apenas tres líneas, algún editor muy satisfecho de sí mismo, se refiere a la prosa de Rey Rosa como una «escritura de magistral concisión» y de «magistral sutileza», separado todo ello tan sólo por otras andanadas de igual calibre eufórico como «extraordinaria variedad técnica» y «guiños inteligentes», y rematando el conjunto por el descubrimiento de la pólvora personificado: «un libro de cuentos único». Que Paul Bowles traduzca a Rodrigo Rey Rosa tampoco es motivo para estos bombásticos alardes, que, además, son falsos.)

 

La flaqueza del bolchevique / Lorenzo Silva
Editorial Destino, Barcelona, 1997
179 pág. / 6 pesos
La librería que está al lado del Teatro Sanmartín

La felicidad era esto

Un ejecutivo de un banco —estudiante de filosofía en su anterior vida— conduce hacia a su trabajo. Son las ocho de la mañana de un lunes, en una ciudad insoportable para el tráfico como Madrid. Este ejecutivo escucha a volumen brutal —que dirían Barón Rojo— Breaking the law, de los Judas Priest, mientras va sermoneándose sobre lo kafkiano de su vida como oficinista. De repente, el narrador empotra su coche contra el descapotable de Sonsoles, una histérica y solterona y muy hija de papá. Sonsoles, que tiene una edad y una posición social a las que ya debería haber enganchado un armador naval, algún bancario con aspiraciones de banquero o algún otro gordo baboso veinte años mayor que ella, además de sobrarle el dinero, posee un generoso excedente de violencia verbal. Si por ella fuera, el policía de tráfico debería meterle un tiro entre las cejas al panoli que la acaba de encular, automovilísticamente hablando.

Cabreado por el numerito de Sonsoles, el narrador decide que sus días de aburrimiento existencial a lo Franz Kafka han terminado. Con los papeles del seguro, el ejecutivo bancario se convierte en detective: localiza dónde vive la «zorra» de Sonsoles y averigua cuál su número de teléfono. Hecho esto, el narrador pasa a comportarse como una especie de maníaco que la llama por teléfono y que monta guardia en la puerta de su casa. En una de esas guardias, el narrador descubre que Sonsoles tiene un bomboncito de hermana, Rosana, de quince años. Sin empacho, el narrador se entrega a intentar beneficiársela... Lo que sucede después es sólo un placer digno de quienes lean el libro.

Felicidad. Eso es lo que uno experimenta ante el despliegue de recursos literarios de Lorenzo Silva, quien sostiene página tras página una ironía implacable, feroz y arrolladora. La voz del narrador es la de un tipo recién entrado en los treinta, machista, escéptico, casi siempre coprolálico cuando reflexiona, aunque con ciertos atisbos líricos, de los cuales se avergüenza. Las variables de esta ecuación estilística arrojan una luz en forma de prosa despojada, donde la abundancia de tacos se mezcla con las frases redondas, con las reflexiones dichas como al pasar, con unas gotas de confeso lirismo y con otras palabras más livianas para que corra vertiginosa la historia.

Además de un admirable trabajo prosístico en cuanto al tono y al registro del lenguaje, La flaqueza del bolchevique es, sin duda, un notable ejercicio estructural. La organización de los capítulos, el armado de los párrafos, la cohesión interna de la historia, el manejo de las digresiones del narrador y del avance de la trama, la conciencia del autor para saber medir el tiempo narrativo, todo: la gran virtud de esta novela es cómo Silva usa todos esos recursos para entretener al lector mientras él, en la sombra, va dotando al texto, línea tras línea, de una inesperada capacidad metafórica, que sólo se descubre plenamente al final. Así, en su primera parte, La flaqueza del bolchevique arrolla con su ironía; en la segunda, en los últimos capítulos, le pega con un palo en la cabeza al lector y lo pasa por encima.

La flaqueza del bolchevique es uno de esos libros por los que uno pone la mano en el fuego, de la primera línea a la última. De hecho, y a título muy personal, el último capítulo de este libro me pareció uno de los pasajes más emocionantes que he leído en años.

 

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