Portada literaria


La inmadurez de la cultura (fragmentos de Witold Gombrowicz)

Lecturas

Plop, de Rafael Pinedo.

Los detectives, de Roberto Bolaño.
Tintalabios


Entrevista a Federico Jeanmaire.

Entrevista a María Malusardi.

Venenos nutritivos

Mamá, dame para un tebeo.

Apuntes de poesía antropológica.

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La autora

María Malusardi lleva unos dieciséis años de periodismo a sus espaldas. Ahora trabaja en la revista Debate y acaba de publicar su tercer poemario, Variaciones en la niebla (Alción, 2005), que supone una interesante evolución en cuanto a sus búsquedas poéticas respecto de los dos anteriores: El accidente (Colección Mascaró, 2001) y La carta de Vermeer (Alción, 2002).

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Poemario en PDF de María Malusardi

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Enlaces de interés

Editorial Alción

Entrevista con Liliana Bodoc

Entrevista con Julio Llinás

Rijksmuseum

Imre Kertész

 

 

Entrevista María Malusardi / junio de 2005

«Escribir es una manera feroz de perderse en la memoria»

 

 

Rubén A. Arribas
revistateina@yahoo.es

 

Sostienen algunos expertos en la materia —a quienes no hay por qué creer— que los gatos suelen tener el mismo carácter que sus dueños. Eso querría decir que hablando, en este caso, sobre cómo es Benito uno podría hacerse una idea aproximada de la poeta María Malusardi (Buenos Aires, 1966), su dueña. Puede que esa teoría felina sea hasta científica; de todos modos, en el caso de esta pareja habría que acotar algunas diferencias. A modo de diagnóstico provisional, tras más de cuatro horas de conversación con ella, y en relación a su gato Benito, podría asegurarse que:

1) María Malusardi no acostumbra a trepar por la mesa y las sillas del salón, tampoco al pequeño baúl donde está el teléfono y, muy raramente, al frigorífico. Y mucho menos se sienta en el regazo de sus invitados para que la hagan ronronear.
2) María Malusardi tampoco tira los bolígrafos de la mesa al suelo para jugar con ellos.
3) María Malusardi, más bien, tiene tendencia a estarse quietita en la silla, con el pelo caído sobre el hombro derecho, la cabeza ladeada y sosteniéndose el cuello con la mano izquierda todo el tiempo.

En lo que sí se pusieron de acuerdo Benito y María Malusardi, al menos durante esta sesión, fue en vestirse de negro. Benito combinó este color con blanco aquí y allá, mientras que ella eligió un vaquero azul oscuro y zapatos acabados en punta, así como unos aros de plata por donde podrían haber saltado delfines, incluso Benito, algo león con la boca y tan buen saltarín como cualquier otro animalito de acuario o de circo.

Según esta poeta, un poco Benito un poco Malusardi un poco María, la escritura debe imponerse a uno, especialmente en los poemas; si el río no tiene que venir, no viene. Mientras tanto conviene escribir de otro modo, a través de la corrección y de la lectura, y prepararse así para el instante en que la escritura decida aflorar. Quizá esto explique por qué María (Benito) Malusardi es una subrayadora compulsiva de libros como método infalible para conversar con los autores que lee.

Sus lecturas y sus poemas están atravesados por la muerte y el amor, en una dolorosa clave existencial. De hecho, para María Malusardi, la poesía habilita la gran paradoja: unas pocas palabras, llevadas al límite de lo que se puede decir, permiten hablar de lo más importante en la vida. Benito coincide en el planteamiento poético de su dueña; él es gato de pocos maullidos, pero de treparse rápido encima de los invitados: sin ronroneo no hay vida. Existencial que es el felino, a su manera, como su dueña.

EL RÍO DE LA ESCRITURA, EL HILO EN LA NIEBLA

es como volar en el fuego y tener frío de tanta introspección
dónde nos perdimos sino en su úlcera sagrada de cisnes

variaciones en la niebla, María Malusardi

¿Escribías de pequeña?
No, sólo fui precoz para hablar y para la música. Eso sí, era extremadamente lúdica. Mi juego favorito era transformar los objetos: para mí, las cosas no eran lo que parecían. La esencia de ese juego formar parte de mi poesía.

¿Cómo aprendiste a escribir?
En la escritura, al contrario que en la música, mi otra gran pasión, fui autodidacta. Ese autodidactismo siempre me supuso un peso; sin embargo, no pude formarme de otro modo: nunca pude leer ni estudiar lo que no me interesaba. Quería aprender, pero mi rebeldía me impedía institucionalizarme; por eso puede que abandonara tres carreras universitarias... Aunque tuve maestros, asistí a algún taller —Mempo Giardinelli— y conocí a gente que escribía, sin duda, mi gran orientador fue el olfato para las lecturas. Aprendí mucho leyendo reportajes a escritores, por ejemplo.

¿Recuerdas especialmente alguna lectura de entonces?
Sí, dos experiencias muy intensas y distintas. A los doce años, leí El leve Pedro, de Enrique Anderson Imbert. Aquel cuento me descubrió el amor a la lectura, una sensación de felicidad consciente que uno sólo descubre en el amor y en el arte. Por otro lado, a los dieciocho o diecinueve años dejé de leer a Alejandra Pizarnik; me angustiaba; su poesía era de una belleza lacerante, pero mi estado de ánimo no era el mejor en ese momento. Con el tiempo, logré tomar distancia, releerla y disfrutarla.

Sin tratar de agotar el tema, ¿qué significa para ti la poesía?
La máxima expresión del lenguaje, además de, paradójicamente, la evidencia de la imposibilidad de la expresión. Pese a esa imposibilidad del decir —como diría Yves Bonnefoy—, la poesía permite hablar de las cosas más importantes y difíciles de la vida: el amor y la muerte. Quizá sólo la música y la pintura rozan esa posibilidad de la poesía de iluminar.


DETONADORES

si la poesía no duele la bala
se ha perdido en otra espuma

La carta de Vermeer, María Malusardi

¿Qué te pasó con Vermeer, el pintor holandés?
Una experiencia genuina y despojada de toda erudición, puramente estética. Estaba en Rijksmuseum de Amsterdam y quería ver cuadros de Rembrandt. Mientras paseaba me crucé con algunas pinturas de Vermeer. Ni siquiera sabía quién era este pintor, pero, de repente, sentí que me absorbía. Cambié de planes y comencé a ver cuadros de Vermeer, entre ellos La carta, que da título a mi poemario. Al final de la visita, me compré un libro. Todavía hoy, cuando me siento mal, lo leo y me sigue produciendo una rara sensación de felicidad.

¿De dónde viene el título de Variaciones en la niebla?
Un día subía en el auto con Marcos, mi marido, al cerro de San Javier (Tucumán) y nos rodeó una niebla muy espesa, como si fuera una pared. No veíamos nada alrededor nuestro. Pese a que Marcos era tucumano, conocía bien la carretera, manejaba despacio y tocaba bocina todo el tiempo, a mí me entró una angustia terrible y pensé que de ahí no salíamos. Él iba tan tranquilo, pero yo iba llorando. Tiempo después, pasado el mal trago, comencé a trabajar con esa experiencia, que me pareció alucinante como metáfora. En aquella niebla encontré una especie de lugar donde la vida y la muerte están juntos, como en el teatro de Kantor, donde conviven los vivos y los muertos.

¿Cada libro tiene un detonador, una metáfora de referencia?
En mi caso, sí, determinadas experiencias estéticas o vivenciales me han servido para escribir un libro. En La carta de Vermeer fue el cuadro de este pintor holandés. En el caso de El accidente se debe a un accidente real, el de mi abuelo, corredor de Fórmula 1, que se estrelló durante un entrenamiento en Mar del Plata (esa carrera, si mal no recuerdo, fue la primera que ganó Fangio, quien le dedicó la victoria a mi abuelo).

¿Podrías ejemplificar cómo manejas ese detonador?
En El accidente, por ejemplo, trato de jugar con ella en el sentido literal —un accidente de auto—, pero a la vez trato de darle un sentido de accidente existencial. A partir de ahí, intenté armar un mosaico de familia, donde trato de recoger la intensidad con que viví esa experiencia tan complicada que es la familia para todo niño. Yo, de mi experiencia familiar, guardo la vivencia de un clima de amenaza constante, de peligro inminente, de situaciones que no se concretan, de que siempre está a punto de suceder un accidente. Con ese material, trabajo.

¿Qué agrega Variaciones en la niebla a tus otros dos poemarios?
Quizá signifique tomar distancia respecto de cierta carga autobiográfica gracias a la escritura; pero sin perderme de mí, sin despegarme de lo que soy. De todos modos, esto es algo que improviso porque, en realidad, mis búsquedas no son tan conscientes. Sé que escribo porque no puedo dejar de hacerlo, y cuando escribo no sé hacia dónde voy. Sin embargo, siento el impulso de hacerlo, la necesidad de atravesar determinados parajes de la vida sólo por el placer de atravesarlos, sin más sentido que esé.

¿Podrías ahondar un poco más en eso último?
Mis búsquedas pasan por un intento de crecer, de ir buscando, de ir más allá de algo; pero tampoco sé bien qué es ese algo. Supongo que es un juego que uno establece con el lenguaje, la vida, la metafísica, el pensamiento; con todos esos elementos que están en la poesía. Por eso, Variaciones en la niebla significa para mí un intento de ir más allá en el lenguaje y en las cuestiones de la existencia; de hecho, lo considero un libro existencial. En él siguen apareciendo los mismos temas que en mis otros libros, pero de manera menos cruda y con una mayor distancia lírica. Aunque El accidente o La carta de Vermeer no son autobiográficos —o lo son de manera metaforizada—, siento que con Variaciones he logrado relacionarme con ciertas cuestiones personales de un modo más artístico mediante la palabra.

EL ESTIGMA DEL DOLOR EN LA ESCRITURA

no ignoro el precipicio del lenguaje donde reconstruyo
mi íntimo holocausto

La carta de Vermeer, María Malusardi

¿Consideras que tu poesía es dolorosa?
El dolor me lo produce la vida, no la poesía; al contrario, ésta me alivia. Quizá la felicidad está para vivirla y el dolor, para expresarlo. Por mi parte, prefiero no hablar de esas fuentes del dolor; lo importante no es la experiencia sino el cómo el cómo lo vive uno.

En tus libros citas a Jorge Semprún, Osip Mandelstam, Paul Celan, quienes pasaron todos por un campo de concentración. ¿Es casual?
No, con los campos de concentración siento una relación muy difícil de explicar. En concreto, me conmueve especialmente la historia de Paul Celan: sus padres murieron en un campo de concentración, pero él se salvó. A consecuencia de ello, su poesía está atravesada por ese dolor, que nunca logró superar y que lo llevó al suicidio. Celan llegó a tal nivel de percepción de la existencia humana que resulta difícil no sentirse reflejado en algún momento —ya dijo Marina Tsvetaeva que «Después del Paul Celan, todos los poetas son judíos.»—, aunque las circunstancias sean distintas. Por otro lado, el judaísmo es algo que tiene una presencia muy fuerte en mi vida, y toda agresión a éste la siento cercana. Por eso, me parece muy delicado hablar sobre la apropiación metafórica que hago de la imagen del campo de concentración, pero quisiera hacerlo con el mayor respeto posible; lo relaciono con el horror con que viví ciertas situaciones familiares de la infancia: miedo a perder a mis padres, desamparo o pánico ante la muerte. Ojalá que se entienda lo que quiero decir... Quizá por eso me guste tanto leer a Imre Kertész, judío, húngaro y premio Nobel, que estuvo en Auschwitzt y en Büchenwald. Kertész, pese a lo horroroso de esa doble experiencia en campo de concentración, en sus novelas recuerda con mayor horror aún su difícil infancia.

¿Te atreves a dar una idea sobre la muerte?
Tengo un poema en Variaciones en niebla que dice: «Por qué la cara partida en el tejado es una flor sobre la niebla.» Pienso que la cara partida es la muerte en la vida y la flor en la niebla es la muerte en la muerte. La muerte en la muerte es bella, porque ya está dentro de sí; sin embargo, la muerte en la vida es un espanto, dan ganas de llorar. Esto es una cosa que se me ocurrió a mí...

¿Se escribe para llegar al fondo de la memoria?
Sí, a pesar de que éste sea un objetivo imposible; pero lo importante es atravesar ciertas experiencias y grabarlas en la memoria. Uno sabe que se va a morir, ¿para qué vivir entonces? Porque merece la pena atravesar la vida. No importa Itaca, importa el camino, como escribió Kavafis. Escribir es una manera feroz y hermosa de perderse en la memoria, una manera muy rica de disfrutar de ella, pero también una manera de enterrarse, un lugar de muerte.

POR UNA MÚSICA VISCERAL

otra abuela cantaba la traviata
el padre la obligó a callarse
el padre se encerró en su habitación
la bala fue un diapasón en el cráneo
la familia manchada abrazaba a verdi

El accidente, María Malusardi


¿Escribir cura de algo?
La escritura es un verdadero exorcismo. Bah, lo es y no lo es; uno escribe sobre determinadas cuestiones y no por eso le dejan de suceder. Escribir puede proporcionarte una sensación narcisista por haber creado algo bello y de que le pueda gustar a los demás. Por ese lado, la escritura puede actuar como bálsamo para los tormentos personales. Con todo, uno no se saca los tormentos de adentro por escribir, de ninguna manera; ni siquiera creo que un psicoanalista pueda sacártelos. En todo caso, quizá escribir te ayude a estar un poco menos peor...

Durante la entrevista nos hemos reído bastante. ¿Por qué no hay espacio para el humor en tu poesía?
Lo mío son los poetas líricos, dramáticos, existenciales, expresionistas, etc. A mí no me sale el humor cuando escribo poesía; lo mío pasa más por el costado del lirismo. Me fascina el humor, pero el humor negro de Griselda Gambaro, por ejemplo. O el de César Vallejo, que sufriendo como sufría fue capaz de escribir que Dios estaba enfermo. A mí me gusta ese humor que nace de la angustia. Por eso me encantan Quevedo, Beckett, Boris Vian, Kafka... Si alguien escribe que, de repente, una mañana se levantó siendo un bicho enorme: ¿no es terrible a la vez que divertido? Pero eso hay que saber hacerlo; y yo no sé.

¿Consideras tu poesía íntima en cuanto a la atmósfera pero no íntima en el contenido, más bien velada por ciertos símbolos?
Trato de practicar un sincretismo entre lo que me pasa a mí y lo que está pasando en el mundo. Por las fisuras, por las heridas que uno tiene, el mundo te entra y te duele de una manera particular. Por eso, incluso en los poemas donde pueda ser más autorreferencial interactúo con el mundo. Valiéndome de una figura musical podría decir que practico una poesía de cámara, es decir, uso lo chiquito para hablar de algo más grande; de ahí que juegue con el adentro de uno y el exterior que lo rodea. Por ejemplo, en un poema juego poéticamente con las madres de Plaza de Mayo: el poema sirve para hablar de su realidad y de la mía al mismo tiempo.

¿Cómo trabajas tus poemas?
Trabajo mucho desde el inconsciente. En mi poesía, trabajo sobre todo con la visceralidad; para mí tienen mayor importancia la música o la pintura que la razón; incluso cuando corrijo. Aunque piense y trabaje los poemas con la razón, para mí prima sobre todo la música. Confío mucho en aquello que uno interioriza y después le aflora.

LEER ES OTRA MANERA DE ESCRIBIR

entre el sauce de juan ele y las seis llagas
de paul celan mi biografía apunta a la disolución
estigma debajo del estigma
las hojas derraman sobre la estrella al único poeta
agua del paraná refugio del judío y del solo
tanta pluma para una sola ciénaga

La carta de Vermeer, María Malusardi

¿De qué lecturas disfrutas ahora?
Actualmente estoy más centrada en la narrativa que tenga valor por su escritura, por la capacidad para insertar reflexiones, que por el mero hecho de contar una historia. Me interesa más la mirada reflexiva del autor y el cómo escribe que la historia. Por ejemplo, me fascinó la última novela de Tununa Mercado, o me encanta alguien como Coetzee.

¿Te animas con algún otro género, además de la narrativa y la poesía?
También soy muy lectora de teatro, aunque éste perdió espacio como género literario. Pese a lo que digan algunos teatristas de que el teatro es sólo para llevarlo a escena, a mí interesa la escritura teatral como género. Leer a Beckett, Shakespeare, Tennessee Williams, Arthur Miller, Sartre o Camus, entre otros, y subrayarlos me ha proporcionado muchas horas de placer.

¿Lees poesía narrativa?
A mí la poesía narrativa, en general, no me interesa. Para mí la poesía debe tener elipsis, debe tener algo de subliminal; no puede ser estar todo literalmente escrito, deben quedar cosas sin decir, implícitas en un especie de eco. De todos modos, trato de leer poesía muy diferente de la que yo hago, para enriquecerme. Hay una poeta estadounidense en esa veta narrativa que me gusta mucho, Mary Ho; pero yo sería incapaz de escribir un poema así.

¿A qué poetas te sientes más cercana?
Muchos. De los de acá: Juan Gelman, Olga Orozco, Juana Bignozzi, Paco Urondo, Jorge Bocanera, Paulina Vinderman. De los otros, a César Vallejo, Rilke, Paul Celan, René Char o Marina Tsvetaeva siempre los leo. Ah, y ahora que parece que Lorca es un lugar común: a mí me encanta la generación del 27, la encuentro maravillosa. Disfruté mucho con Miguel Hernández, Cernuda, Salinas o León Felipe. De los españoles actuales, me quedo con Gamoneda.

 

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