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Portada literaria


La inmadurez de la cultura (fragmentos de Witold Gombrowicz)

Lecturas

Plop, de Rafael Pinedo.

Los detectives, de Roberto Bolaño.
Tintalabios


Entrevista a Federico Jeanmaire.

Entrevista a María Malusardi.

Venenos nutritivos

Mamá, dame para un tebeo.

Apuntes de poesía antropológica.

Menos de 25 pesos

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Europa (texto inédito del autor)

El autor

Federico Jeanmaire nació en Baradero, en 1957, Argentina. Es licenciado en Letras y ha sido profesor universitario. Investigador del Siglo de Oro, fue becado en 1990 por el Ministerio de Relaciones Exteriores de España para trabajar en la Sala de Manuscritos de la Biblioteca Nacional, en Madrid. Ese mismo año, su libro Miguel, una biografía ficticia de Cervantes, fue finalista del Premio Herralde de Novela y publicada por la editorial Anagrama. Con su novela Mitre, obtuvo el Premio Especial Ricardo Rojas, a la mejor novela argentina escrita entre 1997 y 1999, premio otorgado por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Federico Jeanmaire, además de su reciente Una lectura del Quijote (Seix-Barral, 2004), ha publicado Países Bajos (Seix-Barral, 2004), Una virgen peronista (Norma, 2001), Los zumitas (Norma, 1999), Montevideo (Norma, 1997).

Enlaces de interés

Fragmentos y reseñas en teína

Sololiteratura

Entrevista Terra

Entrevista Los Inrockuptibles

 

 

Entrevista a Federico Jeanmaire / 13 de mayo de 2005

«Me gustaría que el lector leyese mis novelas con la misma libertad con que yo las escribo»

 


Rubén A. Arribas
revistateina@yahoo.es

 

Viernes 13. Casi nada de día. Pero Buenos Aires ni se inmuta: es puro Buenos Aires nomás.
    Aunque.
    A decir verdad sean las tres y media de la tarde y el cielo amenace con largarse a llover. Furiosamente.
    Pero no.
    Ni siquiera garúa. Aguanta gris y encapotado el cielo, como el aire en la pequeña sala donde Federico Jeanmaire trabaja y recibe a sus visitas.
    Fuma mucho. Él.
    Por eso el color del pelo. Por el tabaco. Porque garúa en el lado equivocado de la ventana.
    Entonces.
    Hoy Buenos Aires se parece a Rotterdam en Países bajos, y escasea el color azul. Afuera.
    Adentro, no. Los gastados bluyíns y el suéter en uve y la remera clara y las muy oscuras medias: azulísimo Jeanmaire. Los zapatos se han equivocado de tarde. 
    Alrededor muchos libros, un sofá amarillo crema, dos bicicletas colgadas tras la puerta, una computadora portátil sobre una mesa de madera, algo de música.
    Más un viejo balancín.
    Y.
    Un cuadro con aire picassiano: ella, con todos sus labios al aire; él, con una erección fenomenal, digna del prócer Sarmiento en Montevideo.
    Puro Federico Jeanmaire nomás. La salita.
    Jeanmaire habla como se mece y fuma: suave, pausado, sin parar. Se arremanga el azul del suéter y deja al descubierto, sin darse cuenta, la negra pulsera de plástico del okusai de Juan, el enamorado protagonista de Países Bajos, quien no quiere llegar tarde a las citas con su enamoradamente holandesa Ruska. Cosas del amor. O de la belleza. O de la duda. He ahí sus tres grandes temas novelísticos, según él.
    Y eso no es todo sobre sus novelas:

    Mis libros son de viajes y suceden en mundos minúsculos que conozco al detalle. Cuando uno nace en un pueblo como Baradero termina por conocer bien a todos y es inevitable que se pase la vida viajando.

    Teoriza.
    Y entonces se arranca nomás y dice que todo comenzó cuando llegó a estudiar a Buenos Aires, a los diecisiete, y se dio cuenta de que su lengua, educada en un pueblo de suizofranceses que se casaban entre sí, respiraba y cantaba a su aire y que eso, en parte, consistía en comerse las eses al estilo andaluz. Que así le iba en la capital, una ciudad dispuesta a comerse el país entero pero no las eses. Desde entonces, él se empeña en conservar su habla y en escuchar con su oído de allá las conversaciones de acá, y por eso la sintaxis tan poco ortodoxa cuando escribe: la gente, cuando habla, igual se detiene sobre el nexo que une dos frases, como que corta y empalma con eso del punto y aparte por donde le viene mejor, dependiendo de cómo le está sentando su monólogo al que tiene enfrente.
    Sin embargo.
    Algunos lectores han sufrido crisis nerviosas. Y ciertos escritores seriamente serios se han irritado en alguna revista por culpa de esa rara ortodoxia. O de la sintaxis. O de ambas cosas. Jeanmaire, Jeanmaire...
    ¡Ma-mi-ta!
   No se puede jugar así con la lengua. Ni con la Literatura. Interrumpir de manera tan violenta y visible las frases...
    Demasiado. Para un escritor a sus cuarenta y siete años.

    ¿Por qué no? La literatura es el gran juego de la lengua; y ésta, aunque no lo parezca, lo es casi todo para el ser humano. El juego no implica facilidad; todo lo contrario: hay que trabajar mucho para armarlo, y darle la oportunidad al lector de que participe activamente y pueda construir sentidos.

    Se hace el rarito. También comentan quienes lo critican.

    No se trata de inventar nada. Pero si tu vida gira alrededor de escribir el día entero no es para repetir lo que ya escribieron otros, sino para buscar algo y apropiártelo de un modo personal.

    Exótico. Le han tildado de. También quienes no.

    Sólo he inventado mi tradición de escritores: Puig, Cortázar, Di Benedetto, Mendoza o Echenique, todos de escritura muy rápida y grandes escuchadores del registro coloquial. Quizá lo llamativo es que todos escriban en castellano.

    Pura pasión por la lengua nomás este Federico Jeanmaire. A esa tradición que él cita, hay que sumarle dos autores fundacionales: de una mano, un fino contrapuntista que armaba largos párrafos seguidos de breves latigazos, Sarmiento; de la otra, de la que no era manco, Cervantes, un libérrimo ludópata de la lengua. Jeanmaire los ha leído tanto que en su día escribió un diario apócrifo para el primero, Montevideo, y una autobiografía para el segundo, Miguel, más su reciente ensayo sobre el Quijote.

    A mí me sirve más leer diez veces a Sarmiento que leer diez libros de Raymond Carver.

   
Va y dice. Y algún escritor seriamente serio lo va a querer descalabrar. En estos tiempos, esas cosas no se dicen... Sientan mal. Provocan indigestión. Incluso reacciones irascibles de los modernos jóvenes que imitan el USA way of writing y que escriben mejor en inglés que en castellano. Incluso puede que algún lector se apunte a la horda verbalmente violenta...

    A mí me cuesta mucho construir lectores para lo que escribo.

    Normal.
    A propósito de los lectores: una digresión porque sí, porque a Jeanmaire le encantan.

    El lector acepta que la novela lo invite a jugar, pero no que lo obligue a competir intelectualmente. Leer es un acto solitario, íntimo y que implica un esfuerzo inaudito; para relacionarse durante horas con un objeto que sólo contiene palabras, éste debe entretener mucho... Me parece, ¿no?

    El próximo juguete novelístico de Jeanmaire tardará aún en salir. Se llamará Europa y hablará de cuando él, en tiempos de la dictadura argentina, estuvo allá, experimentando qué era la libertad. Pero tardará aún un tiempito en salir.

     Una escritura rápida no implica que se escriba velozmente.

     
Puntualiza.

     Escribo una página y media en nueve horas.

     Afina aún más. Con un poco de suerte, antes de que publique la que será su undécima novela, tendrá listo el guión para Mitre, obra con la que ganó el Premio Municipal en 2002, y que pronto se convertirá en película.
    Más de un zumita —nombre que reciben los seguidores de Jeanmaire— se debe estar preguntando: ¿cómo hablarán Roberto y Mariela?

UN POCO DE SERIEDAD, POR FAVOR (EL LECTOR)

Me parece entonces que el verdadero escritor está solo. Siempre. Sin lectores merodeando por los alrededores del escritorio pidiéndole ahora una cosa y luego otra y luego otra más. La conciencia del propio texto es lo único que tiene a mano. Esa conciencia que no le permite obviar los consejos ni obviar las dificultades pero que, al mismo tiempo, le está pidiendo a los gritos que hace falta un poco de ligereza después de la aridez de las últimas páginas. (...) Cervantes define esa relación para la eternidad: el verdadero escritor escribe para sí mismo, está solo en todos los casos, mientras que el escritor que escribe libros para el público andará siempre con el público en sus inmediaciones, no le quedará otro remedio, se deberá a sus caprichos.

Una lectura del Quijote, Federico Jeanmaire

En una estética narrativa tan particular como la tuya, ¿qué papel desempeña el lector?
Para mí, la literatura funciona sin tener un lector en la cabeza. Estuve mucho tiempo dedicado a la literatura infantil, que precisa tenerlo presente en todo momento; y no pude con ella. Cuando nació mi hijo pensé en escribirle un libro que fuera una carta para él; y tampoco pude. Sin embargo, cuando murió mi padre, esa noche llegué a mi casa y me senté a escribir cosas mías. Después de un mes, me di cuenta de que ahí tenía una novela. La literatura es muy distinta de cualquier otra cosa; por ejemplo, el periodismo, que también exige tener un lector en mente.

¿En qué parte del proceso creativo incluyes al lector?
Mis libros exigen un lector capaz de darle un sentido al texto, crítico y estético. Un lector activo.

¿Escribes pensando en el lector?
Sé pocas cosas como escritor, pero una la tengo clara: hablo con cinco personas que me leyeron y a cada uno le gustó algo distinto. ¿Para cuál de los cinco debería escribir? Cuando escribes estás solo, y en esa soledad hay que tomar todas las decisiones. Por eso, escribir pensando en el lector me parece hasta demagógico. Eso sí, ciertas estéticas muy personales tardan un tiempo en encontrar a sus lectores.

¿Podrías darme un ejemplo concreto de cómo está presente el lector para ti?
En una novela, en cuanto me doy cuenta de que se está cerrando un sentido, lo rompo inmediatamente. Siempre trato de no cerrar el sentido de un escrito; ese trabajo es para el lector. Entiendo que, como escritor, debo multiplicar los sentidos de un texto para que el lector, después, pueda entregarse a la tarea de crear significación. Para mí, eso es pensar en el lector. Por ejemplo, cuando publiqué Una virgen peronista ni los peronistas ni los antiperonistas se pusieron de acuerdo a la hora de opinar: los peronistas me encontraban gorila —antiperonista— y éstos, lo contrario. A mí me pareció genial: había logrado no significar o, si se quiere, generar sentidos contradictorios, que es lo propio de la lengua, y dejarle al lector la tarea de construir el significado que le pareciese oportuno.

ESCRIBIR: UN TRABAJO CON LA LENGUA

Hay escrituras lentas, morosas, que parecen necesitar su tiempo para rondarse, buscarse, escucharse a sí mismas y, de esa única manera, poder continuar su pausado camino por el renglón hasta llenar la página en blanco. Escrituras repletas de silencios, si se quiere, o que al menos necesitan de los silencios para tocar su música. Hechas de tiempo. Que van uniendo las palabras y las oraciones con bastante esfuerzo enlazándose en una suerte de nudo o quizá de trenza: de a ratos, la punta del hilo hacia adelante y enseguida algún giro, alguna vuelta, y la punta del hilo que retrocede, que se interna en lo anterior para después volver a ir y a venir, una y otra vez.

Una lectura sobre el Quijote, Federico Jeanmaire

¿Cómo sabes que tienes una novela entre manos?
Leí que Jorge Edwards se pone a escribir cuando tiene todo el libro en la cabeza. A mí me pasa lo contrario: tengo tres o cuatro ideas y a partir de ahí trato de armar algo. Mis novelas son personajes con una lengua artificial, una lengua muy particular. Cuando descubro eso en lo que escribo, sé que ahí tengo una novela; y la sigo.

¿No piensas nada de antemano?
No. Hay que dejar que actúe el sistema lingüístico, que se exprese libremente: éste es infinito en la cantidad de palabras y de historias. Si lo querés parcelar, ahí se produce un error funcional. Con las palabras pasa como con el amor: no se puede jugar hasta aquí nomás. Toda palabra tiene miles de historias y el juego al que se presta combinarlas resulta infinito. Por eso, en mis novelas aspiro a meter todo lo que se me antoje. Quizá los cuentos se escriban de otro modo, pero no las novelas, que son un terreno abonado a la libertad.

¿Cómo explicarías gráficamente el trabajo que realizas con la lengua?
En Argumentum Ornithologicum, Borges escribió apenas ocho renglones. En mitad del cuento, aparece una muletilla «digamos», entre paréntesis, muy característica de cierta clase social argentina, que cambia por completo el registro. Éste, que venía con una metafísica elevada, cambia a otra cosa. Ahí, Borges con un leve matiz cambia la densidad de las palabras.

¿Por qué sostienes que hay escritores que aprenden más de lo que les disgusta estéticamente que de aquello que les gusta?
Lo malo es visible al instante, descubrir por qué te gusta algo tarda mucho más. A mí me llevó veinticinco años saber por qué me gustaba Cervantes; sin embargo, supe enseguida que no quería escribir una novela como Guerra gaucha, de Leopoldo Lugones, una novela con un lenguaje tan rococó y poco argentino. El escritor, aunque le cueste admitirlo, en general, aprende más de lo que le disgusta que de lo que le gusta; se aprende más de la mala literatura que de la buena.

Además de los cortes en los nexos, ¿son casuales los cortes de párrafos de cada página?
En absoluto. De hecho, antes de que publiquen el libro, pido el cuerpo de éste y dibujo la geometría de cada página. Para mí, cada página es un mapa, y si tengo que cortar una línea para que la geometría sea la que a mí me gusta, lo hago. Disfruto de la Literatura como un arte, no como un hecho intelectual. Quiero ser escritor, no un intelectual

¿Te sientes esclavo de un estilo tan reconocible?
Aunque no me siento esclavo de nada, supongo que lo soy de muchas cosas que desconozco. A mí me gusta trabajar más con la forma que con los contenidos. En la forma uno va encontrando su ritmo, su cadencia, su voz. A través de la forma, intento transmitir implícitamente algo que podría ser explícito. Por ejemplo, en Montevideo nadie habla de que Sarmiento era un paranoico; pero todos los personajes apuntan en esa dirección. Me gusta trabajar así.

No me refería tanto a si estilo o forma, sino a ciertos recursos técnicos que caracterizan tu escritura...
Si el texto no está escrito en la forma que uno quiere, le parece que éste no dice lo que tiene que decir. Y eso me sucede con mi estilo, que estoy muy impregnado de una manera escribir: pude salirme de determinados lugares ficcionales; sin embargo, no de cómo estructuro mi escritura. De hecho, lo intenté con el ensayo sobre el Quijote, pero no pude. Si tardé tanto tiempo en escribir ese libro —lo tenía en la cabeza desde hace veinte años—, entre otros motivos, fue porque intentaba escribirlo con un tono ensayístico; y no podía. Por fin, un día me decidí a escribirlo a mi manera, con mi estilo, y ahí todo me resultó mucho más sencillo.

CERVANTES: ESE GRAN LUDÓPATA LITERARIO

El renglón cervantino siempre quiere estar en el próximo. No puede detenerse. Otro gesto absolutamente moderno: en todo momento, la escritura de Cervantes preferirá que la imaginación de cada lector complete el hueco descriptivo que deja el texto. Toda una modernidad narrativa. O una maravilla, mejor.

Una lectura sobre el Quijote, Federico Jeanmaire

 

¿Por qué escribiste el ensayo sobre el Quijote?
A Cervantes jamás se lo respetó como escritor. Tenemos complejo de Shakespeare y hay que terminar con eso. Si Cervantes hubiera sido inglés, esto no hubiera pasado. Siempre escucho: «Shakespeare, ese gran escritor.» ¿Y Cervantes? Parece que sólo se sabe hablar de la importancia que tuvo, de la significación, pero nadie habla de por qué era un buen escritor. Por eso decidí jugármela con el ensayo sobre el Quijote. Basta ya de hablar de la significación, y hablemos de por qué escribe bien Cervantes, que es un escritor maravilloso, lleno de recursos, pero al que nadie lee, incluso muchos escritores.

¿Cervantes sirve como canon del genio de una lengua como el castellano?
El gran mérito de Cervantes es escribir con una materia prima como el lenguaje del siglo XVII, un idioma que todavía no estaba fijado en su grafía. Cervantes escribe en el momento de mayor movilidad de la lengua, a tal punto que en el Quijote están recogidos el voseo y el seo. En ese momento, el voseo era una broma que los andaluces usaban para cargarse entre ellos. Esa broma viajaría hasta América Latina con los marineros, desaparecería de España y, sin embargo, nos constituiría lingüísticamente, entre otros, a los argentinos... Así de móvil era el idioma, y hasta eso está en el Quijote. Cervantes sabía que el castellano de su época era un quilombo, pero decide mostrarlo; y eso es genial: se inventa dos lenguas artificiales para sus protagonistas... ¡y los demás personajes del Quijote se ríen de cómo hablan éstos! Lo de Cervantes fue una de libertad increíble, una locura. En ese sentido, Cervantes llevó el castellano a su «máxima expresión». Quizá en otro sentido habría que hablar de Borges.

¿Por qué no se lee el Quijote?
Por las malas interpretaciones acumuladas. El comienzo del Quijote es una broma y la gente, que incluso se lo sabe de memoria, cree que eso es lo máximo en lengua castellana... Esas personas, a la primera dificultad, abandonan el libro porque piensan que es sólo para intelectuales, sin que nadie les explique que Cervantes ahí está parodiando las habituales veinte páginas que los libros de caballerías dedicaban a explicar de dónde venía el héroe, sus hazañas, etc., es decir, que se trata de una broma. Doscientos años de malas interpretaciones han generado la idea de que el Quijote es para otros. Y no, hay que volver a la idea de que es un juego. El lector se anima si se trata de jugar, no si lo obligan a competir intelectualmente. Y hay que hacer algo, porque la gente se está perdiendo el mejor libro que puede leer.

Ciertas lecturas sobre el Quijote apuntan a que Cervantes era misógino o criptojudío. ¿Qué opinión te merecen?
Misógino era el mundo de la época. Por otro lado, los valores literarios y las normas editoriales también eran otros. Actualmente resulta complicado publicar un libro infantil donde los padres lleven casados treinta años; se trata de un referente irreal para los niños de hoy día. Ésa es una norma editorial, por ejemplo. Salvando las distancias, algo así sucedía con los autores de entonces: éstos debían respetar ciertas normas, si querían publicar sus libros. Y eso se puede decir de Cervantes, que era un escritor respetuoso de las normas de su época; lo cual habla mucho de cómo era ésta, por cierto. Entonces había, por ejemplo, una norma italiana que hacía que no se publicasen novelas donde apareciesen madres, ¿Por qué sucedía eso? No lo sé; pero en las novelas cortas de Cervantes, es decir las novelas italianas, no aparecen madres. ¿Era misógino por eso? No, tan sólo cumplía con una norma social. Si era misógino, lo era como cualquier otra persona de su época. Y si era judío: ¿qué cambia en el libro? La verdad no sé qué agregan esas lecturas más pensadas desde un punto de vista social que literario. Dentro de cien años, quienes nos lean verán los prejuicios de nuestra época reflejados en las novelas que hemos escrito. Prejuicios que, por otro lado, ni siquiera nosotros nos damos cuenta de que los tenemos.

Tu ensayo sobre el Quijote puede leerse también casi como un programa de por qué escribes como escribes, ¿no?
Sí, en Una lectura del Quijote está mi apropiación sobre ese libro. Siempre pasa cuando un escritor escribe sobre otro... Hay un saber sobre el oficio que existe y que se cuela cuando uno escribe sobre escritores; y eso es valioso. Yo puedo ser un negado, pero llevo veinte años escribiendo novelas. Cualquier crítico, por bueno que sea, tiene menos oficio que un mal escritor del sur del mundo como yo con más de veinte años de experiencia.

PUNTO Y FINAL

Y también existen las escrituras rápidas, aquellas que no se dan ningún tiempo para escucharse a sí mismas, que atropellan el camino de los renglones, lo recorren a los saltos y llegan en pocos segundos, casi con desesperación, hasta el final de la página. Muy veloces. Vertiginosas. Y muy ruidosas, también. Amontonan los sonidos de las palabras en oraciones sin tiempo, que no paran de multiplicarse. Parecen escrituras del espacio y no del tiempo. Y su forma de ser música no tiene que ver con nudos ni con trenzas; tiene que ver con el recuerdo de algunos ruidos particulares dentro de ese espacio que se piensa como interminable, como infinito. Tampoco hay vuelta atrás, es imposible el retroceso; la repetición de algún sonido o de alguna palabra o de algún grupo de palabras es el único recuerdo, aunque también en este caso constante, de su propio pasado de escritura.

Una lectura sobre el Quijote, Federico Jeanmaire

Ahora que puedes vivir de este oficio, ¿cómo te encuentras como escritor?
Cada vez mejor. Cada vez me siento más escritor y menos otras cosas. Hace dos años y medio me concedieron el premio Municipal de novela, que es maravilloso porque recibo un sueldo mensual de por vida. Eso me ha permitido abandonar todos los otros trabajos que tenía —¡hasta desgrabador de entrevistas he sido!— y dedicarme por completo a escribir. Además es un premio que apenas tiene prensa, con lo cual resulta muy cómodo. Me parece que es un auténtico incentivo a la producción..

¿Cómo es tu rutina diaria?
Escribir mucho. El horario depende de en qué fase del trabajo me encuentro. Por ejemplo, ahora estoy en la corrección de una novela: ayer me levanté a las cinco de la mañana y me pasé el día entero trabajando; sin embargo, hoy tenía dentista, y ya me levanté mal, y aún no me he sentado. Si se trata de la primera escritura, suelo trabajar unas nueve horas al día. En ese tiempo suelo escribir, más o menos, una página y media. Si por casualidad escribo tres, paro ahí y lo dejo para el día siguiente. Cuando escribo mucho, sospecho que algo pasa.

Sospechar, ¿por qué?
Es que soy muy obsesivo escribiendo... Me puedo pasar un día entero para decidir si titular un capítulo o no, o sopesando si dividir la novela en dos o tres partes, y pensando qué gano y qué pierdo al tomar cada decisión. Vivo muy encerrado en lo que hago, pero es mi manera de ser feliz.

¿Por qué escribes?
Escribo porque jamás sé qué va a pasar en mis libros. Y eso me hace muy feliz. Me tiene que sorprender lo que hago. En Prólogo anotado, por ejemplo, escribí que había trece lugares maravillosos en la Literatura. Cuando lo leí, no sabía por qué lo había escrito, ni siquiera sabía cuántos lugares maravillosos había para mí en la Literatura. Sin embargo, me dejé llevar por esa intuición y seguí escribiendo hasta encontrar esos trece lugares en la novela. Podría haber borrado y decir ocho en vez de trece... Pero no; para mí escribir consiste en adentrarme en ese tipo de senderos. De hecho, con esta libertad con que yo me manejo en mi escritura, me gustaría que se manejase el lector de mis novelas

 

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