La cocina de mi casa

 

Rubén A. Arribas
revistateina@yahoo.es

 

Piensa que no hay equivocación posible cuando hacemos las cosas por amor.

Fernando Aramburu, El trompetista del utopía

 

Con la cultura me pasa como con la comida: sólo la disfruto cuando noto que está hecha con cariño. Todavía recuerdo el olor de los sencillos pero ricos guisos de mis abuelas por navidad o los de mis padres en un fin de semana cualquiera. Incluso veo a los anfitriones preparando las viandas en la cocina, para que estuviesen a punto cuando llegaran la familia o los amigos. A día de hoy, cuando zafo de la vorágine laboral y me tomo mi tiempo —bastante a menudo, por cierto— para hornear una merlucita o un besugo con verduras y patatas, servirme una copita de vino y comer sin prisa mientras escucho la radio, siento una extraña felicidad, una reconfortante sensación de que algo se ordena dentro de mí. Si además este momento tan saludable lo comparto con alguien y noto algún cambio en su cara, mejor que mejor; me encantan las charlas de sobremesa. Pues bien, debo reconocer que con esta formación estética tan profunda, enrevesada y universitaria miro la cultura, es decir, con la pituitaria cargada de olores mágicos como el del rebozado de las pechugas de pollo de mi abuela Encarna, las migas con uvas de mi abuela María, la tarta de chocolate, galletas y café de mi madre o el cochinillo asado de mi padre. Después de muchos años de cocinar por mi cuenta, de vivir fuera de mi casa y de haber comido en muchos otros lugares, sé por qué recuerdo aquellos olores: a pesar de su sencillez, resultan inimitables y me cambiaron la vida.

A mí me educaron así. Mi familia nunca ha sido tan ceremoniosa como los japoneses con el té, los kimonos, los ikebana y los bonsáis; sin embargo, sí que ha sido gente capaz de esmerarse, de ser delicada y de ser muy cuidadosa en lo que hacía, sobre todo si lo quería compartir con los demás: extendieron un mantel inmaculado, sacaron su mejor vajilla, picaron sus mejores fiambres, descorcharon un vino añejo y trataron de no mancharse la ropa limpia que se habían puesto para la ocasión; todo con tal de estar a la altura de las circunstancias, es decir, de que la reunión saliese bien y abriera las puertas a un siguiente encuentro.

Huelga explicar que los cocineros de mi familia saciaron siempre con éxito el apetito de los comensales, incluso los más voraces —el mío o el de algún carpanta amigo— y hasta los más caprichosos —el de los adictos al «No me gusta»—. A pesar de no ser expertos en etiqueta y protocolo, los míos, con su generosidad honesta en tiempo y comida, salieron bien librados de todas las situaciones, por complicadas que las volviera algún niño terremoto o algún adulto conflictivo. Con el paso de los años, descubrí que eso era el amor para mí; esa fe en la humanidad que conserva la gente sencilla —la que a duras penas terminó la primaria o la secundaria— para adaptarse y superar cualquier contingencia, a fuerza de exprimirse para sacar lo mejor de sí y compartirlo con los demás. Quizá a eso ahora lo llamen ingenuidad, sobre todo en el terreno cultural.

En este aspecto culinario, mis amigos y sus familias eran bastante parecidos. De hecho, cuando me invitaron a comer o cenar ellos no jugaron la baza de hacerse los ultramodernos y chic hasta olvidarse de los consejos de la abuela. No; si me quisieron impresionar lo hicieron con delicadeza, poniendo al descubierto la asimilación de sus influencias: un guacamole experimental —a ver qué tal nos sale—, una goulash húngaro que habían aprendido en un programa de la tele, una ensalada vegetariana copiada de una revista del corazón, un pan árabe que vendía un marroquí a vuelta de la esquina, un vino que les habían regalado sus padres... Siempre con esa sencilla sofisticación que dejan entrever quienes se entusiasman por investigar, aprender algo nuevo y compartirlo. En general —y siempre me encantó observar esto—, la receta del éxito consistió en la sabiduría tradicional de la abuela puesta a macerar por sus herederos en la casa familiar y condimentada por la última generación, con su toque personal.

Comenzar por reconocer los méritos de los antecesores gastronómicos de uno puede que ayude a encontrar un estilo propio, una manera particular de apropiarse de un mundo interminable de sabores y olores. Quizá Schopenhauer lo hubiera dicho de un modo más solemne como «Lo más próximo al mérito de las propias obras es el verdadero aprecio y reconocimiento de las ajenas» y quedaría más claro, con más enjundia teórica para algunos energúmenos culturales.

EN LA ERA DE LOS CHANCHOS

Haga lo que quiera, pero póngase en flor.

Sergio Algora.

Y digo sinceramente esto de que la gastronomía y la cultura tienen bastante que ver. Es curioso, pero de una simple cena compartida con gente afín uno suele irse a dormir cambiado. De hecho, la persona que se levanta al día siguiente es algo distinta. Asimismo, que esa leve transformación personal no suceda suele suponer un peso mayor en el corazón que el de la despedida, sabiendo que la reunión no se repetirá hasta dentro de unos meses. Salir de una obra de teatro que no te gustó o asistir a un concierto flojito de tu banda favorita se parecen a eso de regresar a casa, cabizbajo, después de un cena de mierda. Entonces: puede que la vida sea muy misteriosa, sí, pero tales escalofríos existenciales los experimenta cualquiera, sin necesidad de haber ido a la universidad. En otras palabras, el abecé de lo que es cultura —y hasta arte— lo tiene claro el género humano desde antiguo: atravesar una experiencia, conmoverse, estimular un poco la vidilla interior. La gastronomía ya se ocupó de enseñarlo.

Con todo, esa comunión tan exigible a las cenas con familiares y amigos parece no ser tan importante en otros predios, como el de la cultura o el del arte, como si éstos fueran otra cosa mucho más elevada, sólo accesible a la retórica del orondo semiólogo barbudo de turno, a la raquítica diva psicosocioloquesea vestidita de Jil Sanders o a los jovencitos paletoesnobs y rebeldes a lo James Dean pero mantenidos por sus padres. O eso, o la parafernalia orquestada por algún grupo mediático que sube y baja espectáculos afines, que contrata o despide críticos según si se pliegan o no a sus intereses comerciales o que hace visible aquellas formas de cultura que le conviene a su «mix de productos». Y nada de eso, empresarialmente, estaría mal, si no fuera porque esos supuestos mecenas mantienen una doble moral; para ellos la cultura no es una moneda de cambio, sino algo que se cambia por monedas.

Quizá la mía sea una generación que se extingue y de la que no quedará rastro en unos años. Puede que seamos menos de los que yo imagino quienes hayamos heredado el arte de preparar —también sencillo pero rico— un gazpachito andaluz, una crema de espinacas, unas alubias con chorizo, unas manzanas asadas en su almíbar y cava... De todos modos, explicada mi fuerte herencia gastronómica —una forma de cultura tan válida como un experimento conceptual cualquiera—, resultará más sencillo comprender mi poca paciencia o tolerancia con quienes fomentan la comida basura como dieta obligatoria, especialmente en el terreno cultural, donde calidad y precio suelen guardar una proporcionalidad perversa, digo, inversa: a mayor presupuesto, más lamentable el espectáculo.

En algún momento, llegué a creer que este fundamentalismo culinario mío se trataba de una locura manchega —nací en Guadalajara— digna de Alonso Quijano. Hasta que conocí en un viaje a Ushuaia a un tal Federico, un mochilero que trabajaba en el guardarropía de la ópera de su pueblo y que preparó para los dos un risotto en el albergue donde nos alojábamos. Entre el vino, el queso sardo, el pan de cereales y demás aditamentos la cena no salió barata; pero resultó excelente. Fede, filósofo gastronómico por alguna universidad de Milán me lo aclaró en ese aindiado inglés internacional que hablamos todos quienes no somos anglosajones: Not to feed, but to eat. Como diría algún abuelo mío: para tomar comida de engorde ya están los cerdos; lo nuestro es alimentarnos, no engullir, eructar y tirarse pedos (que también).

De la comida rápida, precocinada o hecha por encargo a la cultura basura hay una distancia mínima, que debe de ser —lo mío consiste en exagerar, no en practicar la sociología— la misma que hay entre el estrés de la vida de consumo, con sus férreas reglas de juego, y una vida sosegada, con más espacio para uno: la capacidad de interiorizar hábitos sanos, el tiempo para adquirirlos, la voluntad para aprenderlos, la utópica creencia de que eso sirve de algo. Hoy que todo se envasa, se subcontrata —se «tercieriza», que dicen los expertos— y se resuelve a distancia, sin contacto físico, muchos olvidaron que esta vida hay que atravesarla, hay que experimentarla; y que para eso sirven la cultura, el arte o la gastronomía.

Alguien como el escandinavo Kierkegaard hubiera dicho: «Quien se pierde en su pasión ha perdido menos que quien pierde su pasión». Ahí es nada. Sin embargo, ¿quién te enseña, dónde aprende uno a perderse en esos dédalos de la experiencia? En mi caso, a lo largo de estos años, sólo encontré un ejemplo rotundo: la cocina de mi casa, donde pasé muchas horas mirando y echándole una mano a mis padres, siempre fascinado por el empeño que ponían en eso que íbamos a comer. Ni qué decir que esos sábados, además, nos habíamos levantado temprano para ir al Mercado de Abastos, es decir, que cocinar en casa a media mañana sólo era la consecuencia de una actitud intachable: disfrutar de la vida, cuidar de los más pequeños y compartir —aun sin saberlo o ser consciente de ello— lo que uno aprendió. Quizá por esa razón noto que falta amor, que falta pasión en la cocina de muchos personajes dedicados a la cultura hoy día.

POR AMOR AL ARTE (Y A LOS SEMEJANTES)

Escribo para sobrevivir. Para tener una vida interior, que viene a ser lo mismo. Escribo porque escribir me produce placer. Porque me hace sentirme un ser humano. Un ser libre. Escribir para uno mismo es el principio de la literatura. Es el arranque de la auténtica literatura, y de la libertad. No tiene nada que ver con los premios. Nada que ver con la moda ni con el consumo. Escribo por amor al lenguaje. A las palabras. A la voz. Es lo que más respeto. Por eso escribo. Únicamente por eso escribo.

Gao Xingjian, premio Nobel de literatura 2001

Ya lo explicó el ácido y ocurrente Witold Gombrowicz: «El arte es ante todo una cuestión de amor; si queréis conocer la verdadera posición del artista preguntad: ¿de qué está enamorado?». En la era del corporativismo, incluido el intelectual, esa pregunta resulta perturbadora, anacrónica y molesta si se ha de responder con honestidad y sin hacerse el ingenioso para eludirla. Por esa razón, precisamente, porque resulta una pregunta de mosca cojonera, el público debería tenerla presente cuando asiste estupefacto a esos fenómenos paranormales —oficiales o alternativos— con los que algunos presumen de «hacer cultura». El arte y la cultura no son ni un abultado presupuesto para repartir entre los artistas afines al poder de turno, ni tampoco un incendiario discurso político contra éstos, sino algo que casi todos olvidan: la oportunidad de generarle una experiencia a otra persona, para que ésta la transforme y la disfrute a su antojo.

Por eso, nunca entendí por qué una cultura como la anglosajona, que no sabe cocinar y que además se enorgullece de alimentar a los suyos como puercos, puede dominar el mundo y ejercer como matriz para el futuro que nos aguarda a los demás. Más difícil de entender me resulta esa afición mundial, especialmente europea y latinoamericana, por imitar semejante estilo de vida y conformarse con engullir sin discriminar los precocinados para microondas o freidora que venden como cultura desde el Imperio y aledaños, sin ni siquiera buscar antes en la alhacena de casa. ¿Por dinero? Me pregunto de dónde procede el complejo de inferioridad, desde cuándo con semejante falta de cariño en la preparación del pollo, del cerdo, del pescado o de los pasteles una abuela o unos padres convencen a los suyos de que los quieren. A mí, desde luego, determinados escritores o músicos made in kentucky no me convencen, sobre todo si no nacieron allí y tan sólo se dedican a impostar, es decir, que ejercen a todas luces como impostores culturales bien por pura incompetencia para mostrarse autóctonos, bien, como apuntaría alguno de sus filósofos, porque son gente cuya singularidad consiste en imitar a otros.

Y eso me pasa, en general, con gran parte de la cultura de mis contemporáneos: siento que, como las empresas, a pesar de su retórica bien ensayada, los magnates culturales y sus empleados quieren el dinero del público y no al público; y quizá por eso encuentro la cultura actual exenta de genio, inocua, sin convicciones, envasada a granel, recetada como ansiolítico para los fines de semana, innecesariamente anglófila, pensada con palabras muy frías, temerosa de mezclarse con otras culturas que no sea la dominante y, lo que es peor, perpetrada sin amor. En palabras más llanas: pensada como si fuera comida para los cerdos.

«No hay tiempo», me explican. Y sin tiempo, me digo, no hay manera de que los sentimientos decanten y de que éstos crezcan en profundidad —como pedían los románticos rusos— y se conviertan en amor por lo que se hace. Resulta indispensable esa energía primaria para transformarse uno; pero también para conmover a quien la recibe y con quien se comparte esa fuerza vital íntima, con la esperanza de que éste pueda hacerla suya y devolverla a su vez, digerida, para realimentar el ciclo. Ésa es la rueda de la cultura, y no otra. Y ése es el abecé de la cocina, la escritura o la vida; y no quiero abusar para ratificarlo ni de Schopenhauer ni de Kierkegaard. Los sentimientos no son cómplices de la productividad, la eficacia, el pensamiento global-acción local y demás semiótica tardocapitalista. No.

Ojalá que sea cierto que China y la ruta de sus especias gobernarán el mundo dentro de poco; puede que su comunismo capitalista nos reintegre valores en desuso: el refinamiento perdido, la generosa dedicación del artesano, la disciplina religiosa del arte, la sutilidad de los aromas y sabores, la sensación de que es el amor y no el dinero lo que nos gobierna. Obviamente se trata de una imagen romántica de una China que ya no existe, pero que sirve para expresar un anhelo personal: ojalá que falte poco para que no todo sea panceta con huevos revueltos, tostadas con manteca de cacahuete y coca-cola. Y, llegado ese instante, confío en que tampoco haya necesidad entonces de convertirlo todo en chop-suey.

 

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[ Referencias ]

Las citas y algunas ideas fueron producto de la lectura o escucha de:

El trompetista del utopía, Fernando Aramburu
Editorial Tusquets, Barcelona 2003
Colección Andanzas, n.º 501

Evocando a Gombrowicz, Miguel Grinberg
Editorial Galerna - Mutantia, Buenos Aires, 2004

El matrimonio, Witold Gombrowicz
Editorial Seix-Barral, Barcelona, 1973
Traducción de Javier Fernández de Castro

La cocina de la escritura, Daniel Cassany
Anagrama, Barcelona 2002 (undécima edición)
Colección Argumentos

Moral y nueva cultura, Xavier Rubert de Ventós
Alianza Editorial, Madrid, 1971

Dios entre otros inconvenientes, Xavier Rubert de Ventós
Anagrama, Barcelona, 2000
Colección Argumentos

Registros. Teatro reunido y otros textos, Federico León
Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2005
Colección la lengua

Plop, Rafael Pinedo
Editorial Interzona, Buenos Aires 2004

Tú eres eso (Las metáforas religiosas y su interpretación), Joseph Campbell
emecé editores, Buenos Aires, 2001
Traducción de César Aira

En flor, Muy poca gente
Grabaciones en el mar, Zaragoza