Muerte diabólica y brutal

Una película imposible

Torremolinos y Bergman


 






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Muerte diabólica y brutal

 

Óscar Soler P.
oscar_teina@yahoo.es

 

—¡Me comeré tu alma!
—Señora, me veo obligado a pedirle que salga de la tienda...

(Escena de El ejército de las tinieblas)

Bruce Campbell interpretó en los años ochenta a Ashley J. Ash Williams, el protagonista de la saga Evil Dead. Se convirtió así en un genio, no hay duda, pero también en un auténtico masoquista. En sus carnes, este personaje sufrió toda clase de atrocidades por parte del destino y, a lo largo de la trilogía, Ash se vio obligado a pelear con brujas y amistades poseídas por demonios. Lo de pelear es más bien un decir, pues Ash recibió duras palizas y una buena cantidad de golpes con saña, terminando siempre arrinconado, como un borracho de taberna. Gracias a Bruce Campbell y Ash, el mal nunca había sido menos espiritual ni tan barriobajero: disfrazado con un aparente velo metafísico, en esta trilogía el mal hizo gala de un vandalismo inaudito.

Sam Raimi concibió Evil Dead como parodia del cine gore y de terror. No hay más que verla. No hay intenciones serias en su argumento, ni sustos que impliquen auténtico drama. Por esta razón, a pesar de los muchos altibajos que posee —sobre todo en el inicio y el final de la saga—, se trata de una obra maestra del cine de matadero. Una espiral de sin sentido recomendada para todos los públicos, excepto niños gamberros y cualquier ser, racional o irracional, que excluya perder su tiempo ante un divertimento de esta calaña.

Posesión infernal (1981)

Mal comienzo, para qué negarlo. De hecho, lo recomendable sería saltar esta primera parte de la saga para ver directamente la segunda. La película cuenta la excursión de un grupo de amigos —Ash entre ellos, claro—, que se dirigen a una cabaña abandonada en plena montaña. En este refugio, los muchachos y su fastidiosa curiosidad despiertan a los fantasmas, quienes comienzan a poseerles para que se maten entre ellos salvajemente.

Posesión infernal contiene muchos elementos en común con su continuación; por ejemplo, el bosque o la casa. Además la trama es la misma, aunque los protagonistas aquí sean un grupo de hijos de papá que terminan sus días a hachazo limpio y repletos de secreciones gelatinosas.

La película no engancha, roza el mal gusto y apenas contiene dos o tres momentos divertidos. La primera posesión es la mejor escena. En ésta dos de las tres chicas del grupo juegan a adivinar las cartas que van sacando y, de repente, se escucha una voz ronca que descubre con rapidez cada nueva carta. La voz proviene de la tercera amiga, que se encuentra junto a la ventana pero de espaldas a sus compañeros. Cuando todos quedan paralizados de terror, ella se gira en un santiamén con rostro de bruja leprosa y se lía a guantazos con el personal.

La película comete un error fundamental: se basa exclusivamente en los efectos especiales y olvida el tratamiento del guión. Aunque la cinta tiene detallitos interesantes como los protagonistas, que están muy bien caracterizados con sus calcetines del club de tenis, en general, la película resulta aburrida. Pese a que los efectos especiales tienen una gran importancia en las tres partes de la saga, el éxito reside indudablemente en Ash, su protagonista, y el pánico que en él despiertan la variada gama de situaciones que el director, Sam Raimi, le prepara en cada entrega.

Terroríficamente muertos (1987)

La segunda parte relata el clásico viaje de una pareja a una casa abandonada, donde esperan pasar unos momentos de amor y felicidad. Y así es durante tres minutos de metraje. En el quinto, Ash se ve obligado a matar y enterrar a su mujer en el bosque, después de que a ella la hayan poseído nada más empezar. Sin embargo, tanta violencia repentina y gratuita tiene su explicación. Segundos antes, Bruce había cometido el error de su vida: había escuchado el contenido del magnetófono del anterior inquilino, un científico estúpido a quien se le había ocurrido la gran idea de grabar en su diario —a viva voz— las palabras, que al pronunciarse, desencadenarían la llegada del mal, o de qué se yo... Este acto tan imprudente provoca una sucesión de escenas trepidantes que sólo un héroe como Ash puede soportar: posesiones, huidas por el bosque, luchar contra su propia mano amputada, y un largo etcétera de situaciones. Después de que lo sobrenatural se haya cansado de darle hasta en el carné de identidad al protagonista, aparecen por allí, por fin, seres humanos; que también quieren su parte y le atizan otro rato.

Tanta violencia al límite, aliena al pobre Ash, quien sobrevive como puede. Este contexto tan extremo lleva al protagonista a hacer el ridículo constantemente y a reaccionar de forma violenta ante cualquier imprevisto. De todos modos, ese entorno antisocial —y antitodo— resulta tan absurdo como Ash. De hecho, nunca queda claro el objetivo de tanto espíritu y tanto demonio. Estos seres maléficos no quieren conquistar el mundo ni destruirlo... Quizás su propósito sea comerse el alma de los terrícolas... Pero eso no importa. ¿Y Ash? Lo único que quiere es escapar de allí. No es un héroe ni quiere salvar el mundo. La película no necesita excusas ni solidez en su argumento: es un milagro que funcione bien y consiga su cometido.

Sin duda, Terroríficamente muertos es la película clave, y sin la cual su director habría pasado desapercibido. Aquí, Raimi ofrece estupendas dosis de acción, gore y sustos fáciles, logra escenas divertidísimas y no concede al espectador ni siquiera un respiro para ir al baño. En esta entrega, Raimi se muestra como un auténtico demiurgo que castiga a Ash, por la cara.

El ejército de las tinieblas (1993)

Evil Dead III o Army of Darkness, consecuencia directa de aquella desafortunada vocalización, es otra sádica diversión del director: una continuación cínica y absurda —dos aspectos deseables en el buen cine comercial—, que no consigue los excesos de la anterior. En esta tercera parte de la saga, se narran las andanzas de Ash en una hipotética época medieval, donde éste vuelve a ser vapuleado vivamente por seres paranormales y protagoniza, en una secuencia muy divertida, un nuevo combate contra sí mismo. En este caso, los malos son una horda de esqueletos —qué esqueletos—, dirigidos por un zombie lunático que ataca el castillo donde acogen a Bruce, para recuperar el libro de los muertos: el Necronomicón.

Uno de los aspectos más curiosos es que el director rehace el final de Evil Dead II con total falta de respeto hacia la saga y hacia Campbell. La segunda parte se cierra con la llegada de Ash a la época medieval: cuando aterriza —¿por qué quienes viajan en el tiempo lo hacen a cinco metros del suelo?— se estrella ante un ejército de soldados, quienes quedan impresionados y le declaran su héroe contra el mal que les aflige. Pues bien, la escena difiere un poquito en este caso: tras el batacazo, los soldados le esclavizan por su posible amistad con un reino enemigo, le humillan públicamente y le arrojan a un pozo donde recibe una solemne paliza.

El desarrollo de la película es bastante infantil aunque en conjunto resulte entretenida. Prácticamente cada escena tiene algún momento divertido: por ejemplo en la batalla, cuando los arqueros lanzan flechas provistas de dinamita y los esqueletos corren para salvar el pellejo. Sin embargo, Evil Dead III está repleta de tópicos, y las muecas de Campbell pierden su gracia progresivamente. Ése es el caso de la escena final, con el reencuentro entre los reyes enemistados: un cúmulo de abrazos, besos y despedidas que recuerdan al final del noventa por ciento del cine made in Hollywood.

Se agradece que Raimi, tras un final tan insulso, filmase un epílogo que recuerde al espectador el talante de la trilogía: una escena de hipermercado con bruja incluida que bien podría titularse «manual de cómo echar endemoniadas de la tienda de electrodomésticos sin perder el alma». En ella se ve claramente la increíble arrogancia de Ash y su ilimitada estupidez. Un final que recuerda el nivel de su antecesora y que devuelve la sonrisa a quienes fueron perdiendo el interés durante el metraje de esta última entrega.

 

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