El juego como anticorrosivo


Rubén A. Arribas
revistateina@yahoo.es

 

Y el dinero, ¿es una motivación? El dinero, sin duda, es algo útil, pero la mayoria estaria de acuerdo en que el dinero per se no es lo que motiva en última instancia a las personas. El dinero motiva por lo que comporta, es el definitivo instrumento de trueque para conseguir lo que realmente nos interesa y preocupa. Obsérvese que con el dinero, por lo general, resulta fácil adquirir supervivencia, aunque es mucho mas difícil comprar vínculos sociales y entretenimiento. Sobre todo, entretenimiento con E mayúscula, el que acaba dando sentido y significado a la existencia. Tampoco se debe pasar por alto el efecto social que supone tener dinero, se compre algo o no con él. El dinero continúa siendo algo muy poderoso, pero no es más que un representante, un apoderado de otros factores más fundamentales.

Linus Torvalds, creador a los 22 años de Linux, el software gratuito que desde 1991 compite contra Microsoft.

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Lo primero no fue la decisión de escribir un libro; lo primero fue la creencia en un determinado modo de vida, y el libro es sólo una de sus consecuencias.

Pekka Himanen, autor de La ética del hacker y el espíritu de la era de la información

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(Nota: en la jerga informática, un hacker es un informático bueno; un cracker es quien nos ha reventado el foro. Por favor, si algún entusiasta del bien nos puede echar una mano, se lo agradeceremos.)

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Muchos se encogen de hombros y sonríen azorados cuando, después de explicarles como funciona teína, nos preguntan: «¿Y el dinero? ¿Qué ganáis?» Pocos entienden que pagar la cuenta del teléfono o el alquiler de nuestras casas no figuran como objetivos de la revista. Según opina el tesorero honorario, Robert Louis Stevenson, el precio que se paga por el dinero se paga en libertad. Y este libérrimo escocés sabe mucho sobre objetos valiosos en islas desiertas. Publicamos teína por diversión; creemos firmemente en pasarlo bien mientras la escribimos; las consecuencias que se deriven de este acto serán bienvenidas.

Dos factores ayudan a que parte de los lectores nos tomen en serio y la otra parte en broma: ser electrónicos y gratuitos. Los medios electrónicos aún no superaron el tabú social que supone el papel: una revista en couche o una simple gacetilla todavía actúan mejor como ansiolíticos culturales. Para muchos supersticiosos, el papel viene a ser como un oráculo: si no lo leíste en pergamino, no es verdad, no existe. Vamos, como la tele. Otros ni quieren oír hablar de introducir cambios culturales en sus hábitos. Mientras tanto, los aeropuertos se llenan de jovencitos con ordenadores portátiles donde ven películas, se entretienen con algún juego o se conectan, como en Heathrow, para consultar el correo electrónico o hablar con sus amigos en el chat. El formato electrónico pide paso, quiere su cuota de mercado.

Por otro lado, la gratuidad genera desconfianza; quien más y quien menos se obstina en creer que hay gato encerrado: ¿qué quieren a cambio estos muchachos? La sociedad tardocapitalista, que adora la imagen y no el contenido, que exhorta la productividad abnegada y no la diversión laboral, que promueve el hedonismo siempre que vaya etiquetado y con margen de beneficio, y que confunde la felicidad con el éxito, ve como subversivos a quienes no se encaprichan de su lujosa iconografía: Mercedes, Pontiac, Jil Sanders, Karl Lagerfeld, Mont-Blanc, barquito y casas de campo o playa, restaurantes y viajes caros, etc.. Ante esta inversión del ser por el tener, es decir, confundir la crema con el helado, evidentemente resulta difícil apreciar que publiquemos teína porque nos divierte. Es más, porque nos divierte con D mayúscula.

Acá conseguimos las satisfacciones que, debido a nuestra inadaptación crónica, la ferocidad del mundo laboral nos niega. Estamos en la barrera de los 30. El mundo laboral (y aledaños) que hemos heredado nos produce mucho mas desconsuelo que satisfacción. Trabajamos porque no hay mas remedio, por una cuestión de supervivencia, no porque nos entretenga. Internet es nuestro refugio: aquí sí podemos jugar, tenemos permiso para hacer lo que nos gusta y hay cabida para los desafíos personales. En este parque de atracciones virtual, paradójicamente, somos personas, y no máquinas o recursos humanos. Aquí crecemos en la dirección que anhelamos, sin tener que hipotecar por ello nuestro albedrío. Se trata de la misma motivación de quien ahorra para escalar montañas. El impulso lo encontramos en el juego. Dicen que este acerca al misterio de la creación. Sin indagar demasiado en el sentido religioso de tal aserto, lo suscribimos.


¡Ah, el de la botella!

Internet permite lanzar botellas al mar y que estas tengan destinatario; es la gran metáfora de la interconexián. En la red, unos nodos son peldaños de otros: mucha de la información que usamos para la revista flota en esta malla hospitalaria, librada al azar y al deseo de los nautas. Recíprocamente inyectamos nuestra cuota de información, por si le fuera útil a los demás. No sin cierta ingenuidad, confiamos en hallar algun día nuestros artículos deglutidos y transformados por algun lector, entonces sabremos que por fin participamos en el ciclo vital de la cultura, y no simplemente del consumo generado alrededor de ella.

Impotentes ante las macroesferas, donde los gobiernos y las empresas imponen y estandarizan pautas de conducta, trafican con armas, recursos naturales, supuestas personas ilegales, etc., y disponen de nuestras vidas como si fueran productos almacenados o meros integrantes de una estadística, nosotros apostamos por lo microscopico, por el entorno, por la comunicación real cara a cara, pantalla a pantalla con los lectores. Parecerá una estupidez, una argumentación manida, pero así, desde este lugar minúsculo queremos convertir nuestro entorno en un lugar culturalmente más habitable.

Queremos ser transparentes: somos un grupo en proceso de formación, un taller periodístico que avanza y que trata de hacer la mejor revista que puede. Nuestras pretensiones se parecen más a la del modelista de barcos, que construye siempre una embarcación más complicada que la anterior, que con ensoñadoras elucubraciones de fama y poder. De hecho, no ganamos dinero, no le disputamos cuotas de poder a nadie, no influimos en que alguien gane o pierda un premio... Y, sin embargo, en cierto modo y sin querer sonar vanidosos, nos sentimos eco de quienes miran con escepticismo este circo social donde vivimos, tan lleno de pulgas amaestradas. Por ello, por lo del circo, queremos ser y tener malas pulgas.

Aquí viene nuestro grano: lo mejor que sabemos hacer lo ponemos a disposición de los demás, gratis y de manera desinteresada. Los artículos se pueden reproducir sin necesidad de que nadie nos pague y sólo pedimos la cortesía de citar la fuente. Cada vez hay más medios en Internet que apuestan por esta liberalización de las ideas. Resulta obvio: las ideas son un bien común. Las nuestras tampoco son propias, estan decantadas a partir de las de otros; sería estúpido querer lucrar con ello en esta red solidaria. En todo caso, queremos contribuir a levantar esa escalera al cielo que parece ser Internet. Y que nos perdonen los Zeppellin.

Frente a la corrosiva ética del consumo que nos circunda, no queda mas remedio que definirse para no ser disuelto por su vorágine. Aspiramos a ser una revista inteligente, popular y capaz de referirse con palabras sencillas a nuestro entorno. Así entendemos que debe adjetivarse la cultura, y no en las dosis comerciales como nos la administran. Eso en formato electrónico y gratuito, a la espera de que encontremos dinero y tiempo para fabricarnos un segundo juguetito, uno de papel. En el fondo, aunque somos niños, también tenemos casi estatura de adultos, y de vez en cuando nos ataca la nostalgia, el gusto por la papiroflexia, y hasta la avaricia: queremos publicar dos revistas. Queremos divertirnos el doble.

 

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REFERENCIA

La ética del hacker y el espíritu de la era de la información, de Pekka Himanen. Editorial Destino, Barcelona 2001.
Prólogo de Linus Torvalds y epílogo de Manuel Castells.
Traducción de Ferrán Merler Orti.
256 páginas / 5 pesos.
Librería Lucas, Corrientes 1247.

Pekka Himanen (Helsinki, 1973), doctor en Filosofía, crítica la herencia de la ética protestante de Max Weber -curioso: ya no se trata sólo de la asfixia moral católica- y explica como el estilo de vida hacker se opone al lema fundamental del capitalismo: ser próspero y rico es ser una buena persona. Algunos informáticos, a diferencia de Bill Gates, perseveran o perseveraron en la senda abierta por Turing, Von Neumman, Moore, Wozniak, Berners-Lee o Linus Tordvalds bajo la divisa de compartir sus conocimientos y facilitar el acceso gratuito a la información y a los recursos informáticos. Ellos, en conjunto, legaron a las generaciones futuras Internet, el ordenador personal o Linux, todo un ejemplo de creación colectiva y de contribución desinteresada en beneficio de la comunidad. Los hackers no tiene por que saber de códigos binarios ni similares; se puede ser hacker y astrónomo, por ejemplo; según los informáticos, sólo hace falta ser un entusiasta, trabajar a tu ritmo en lo tuyo y compartirlo con la comunidad, para avanzar conjuntamente. (Insisto: los crackers son los de los virus y los sabotajes; los hackers son los buenos de la película.)

Linus Torvalds (Helsinki, 1969), reputado hacker y creador de Linux. Este sistema operativo, Linux, es su quimérico esfuerzo por terminar con el indecente monopolio de Bill Gates y su Windows, el cual usamos casi todos porque no hemos aprendido a manejar otro. Microsoft se ha instalado en el disco duro mundial como si fuera una suerte de arquetipo divino (y la comparación no resulta hiperbólica: los ordenadores se han convertido en una extensión de nosotros mismos, una extremidad más, como los pies o los brazos.) Linux se puede descargar gratuitamente. Se diferencia de Windows, además, por ser transparente, es decir, que su código fuente -el cómo está hecho- es de libre acceso. Así, los hackers de Linux ponen al servicio de la comunidad informática su trabajo para que éste sea probado, usado y desarrollado. Así se produce una suerte de efecto escalera, donde uno siempre es peldaño para otro y viceversa.

PS: paradójicamente, la editorial Destino le ha puesto copyright -derechos de autor- al libro, no copyleft -autorización para la libre distribución-. En fin, habrá que apelar a Walt Whitman o a Emil Cioran para comprender esta clase de contradicciones.