Nuevas familias

Por Rubén A. Arribas
revistateina@yahoo.es

 

Para sorpresa mundial, muchos jóvenes españoles viven con papá y mamá hasta bien entrados los treinta años. Suelen aducir el precio de la vivienda y la dificultad para encontrar trabajo como las razones fundamentales del retraso en emanciparse. En parte, tienen razón: el año pasado, los sueldos subieron alrededor del 1.5 % y la vivienda un 15%, fiel reflejo de que a los ayuntamientos les importan más las comisiones ilegales de sus constructores afines que, por ejemplo, las necesidades de independencia de los jóvenes. Ahora bien, si el problema sólo consistiera en eso bastaría con organizarse, abrir casas vacías con una patada en la puerta, vivir en ellas y protestar por esta situación injusta. Aunque la especulación inmobiliaria en España resulta flagrante —¿para qué quiere alguien más de dos casas, si se puede saber?—, hay otras razones que también explican este fenómeno de sedentarismo juvenil.

No pocos jóvenes de clase media eluden buscarse la vida y prefieren quedarse junto a sus padres más décadas de las mentalmente recomendables. Algunos aguantan porque no se atreven a dar el paso. Otros muchos, calculadores ellos, tienen una estrategia clara: obtener comida y alojamiento gratis, para luego invertir ese dinero en un coche mejor, pagar la entrada del piso, amueblarlo y casarse con su media naranja, también atrincherada en la respectiva casa familiar. Al parecer, la ceguera del amor consiste en este canje de experiencias vitales en el desarrollo de la persona por euros en el banco. Para hacer rebosar el vaso de lo incomprensible —aún más si cabe—, estos treintañales, aunque aseguran que no creen en dios, eligen el rito católico para declararse marido y mujer, y así tener la fiesta en paz con padres y suegros. Si al menos tanto folclore incoherente les sirviera como afrodisíaco... Actualmente una pareja española con tres hijos, además de beneficiaria de un trato fiscal un poco más favorable, es casi sospechosa de pertenecer al Opus Dei. Así de paupérrima es nuestra tasa de natalidad. Resulta interesante cómo el concepto de familia numerosa cambió en las últimas décadas: hoy, salvo pocas y religiosas excepciones, sólo las familias de barrios marginales tienen cuatro hijos o más. Mientras tanto, en los residenciales burgueses, las camas chirrían a la búsqueda del unigénito que herede el patrimonio familiar.

En España, cada vez hay más ancianos y menos niños. Esto en vez de resultar alarmante por el deterioro humano que supone, preocupa a los economistas porque hace peligrar el futuro de las pensiones. El latiguillo que excusa la renuencia procreadora del español medio, una vez más, subraya lo cara que está la vida y exige del Estado políticas sociales que favorezcan la maternidad y la paternidad —sí, ésta también existe—. Tampoco faltan quienes opinan que el mundo es un incestuoso prostíbulo de vínculos familiares mal resueltos, y que traer un hijo aquí es hacerle una putada; de ahí que prefieran no tenerlos. Otros quieren un hijo si pueden pagarle un colegio trilingüe, universidad privada, ropa de importación y turbomotorizarlo con un VW Golf de 87 válvulas y asientos de piel de lince, es decir, si compran un hijo en el centro comercial más cercano, lo quieren con todos los opcionales. Con estas pretensiones, desde luego, resulta complicado dejar los preservativos en el cajón de la cómoda y penetrar en el misterio de la vida.

Paradójicamente los inmigrantes, a quienes les hacemos guardar cola incluso de noche para pedirles más papeles y no legalizarlos nunca, no se muestran tan existencialistas a la hora de procrear y, polvito a polvito, están renovando la sangre de la estéril y adocenada sociedad española. ¡Qué sería de nosotros sin ellos y sus hijos encadenados a nuestra Seguridad Social! Su insistencia resulta admirable y digna del premio Príncipe de Asturias de la Concordia y la Fertilidad. De momento, los autóctonos de la piel de toro y cercanías, como si fuera un requisito de Maastricht, trabajamos duro para que la tasa de natalidad vaya a la par de la de inflacción y así Europa no pueda excomulgarnos de su unidad monetaria.

Con estos problemas sin resolver, se acerca a toda máquina el siguiente tren que nos aplastará: las familias del futuro. A pesar del medievalismo inquisitorial de los célibes de siempre, por fin reconocemos a los homosexuales como seres humanos y personas dignas de formar una familia. Afortunadamente esto es irreversible: las técnicas biomoleculares y los laboratorios ya están sustituyendo a las cigüeñas y a los intempestivos viajes a París que emprendían nuestros padres entre las sábanas. De todos modos, me intriga menos saber si la rabia católica terminará en violencia a lo Torquemada que cómo serán las familias formadas por gays o lesbianas: ¿encajarán bien la posible heterosexualidad de sus hijos?, ¿éstos deberán matar dos veces al padre?, ¿el edipo será doble? No quiero que se entienda mal, pero rebelarse contra dos padres debe de ser una tarea titánica, tener dos madres en una misma casa puede destrozar los nervios de cualquiera... El futuro viene interesante, en especial porque aún quedará por aceptar la transexualidad y conversar sobre el hermafroditismo. Casi nada.

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