Editorial

Hagan juego

 

Rubén A. Arribas
revistateina@yahoo.es

 

Los que juegan guiados por generalizaciones nunca pasarán de ser mediocres jugadores, y a ti y a mí nos gustaría jugar nuestra partida en la vida en la condición más noble y sagrada.

(Moral Laica
, Robert Louis Stevenson)

Cuando Jung decidió tratar de descubrir el mito por el cual estaba viviendo, se preguntó: «¿Cuál era el juego que me gustaba de niño?» Su respuesta fue: construir pequeñas ciudades y rutas con piedritas. Así que se compró un terreno y, a modo de juego, empezó a construir una casa. Era mucho trabajo, por lo demás totalmente innecesario pues él ya tenía una casa, pero fue un modo apropiado de crear un espacio sagrado. Era puro juego.

(Reflexiones sobre la vida
, Joseph Campbell)


       
Tras recortar estas dos citas, se me ocurre que el trabajo y el juego resultan dos conceptos antitéticos. Encontrar una oportunidad para sufrir a cambio de unas monedas sigue siendo para muchos el gran sueño, o mejor dicho: la pesadilla que les provoca insomnio. Dado el primer paso —encontrar patíbulo—, muchos siguen desvelados por dar el segundo, esto es, conseguir una remuneración generosa que justifique moralmente las hemorroides, el azúcar alto y el colesterol espeso, también las primeras canas; y a eso lo llaman felicidad. Sin embargo, pocos, realmente muy pocos, consiguen un trabajo que les guste y cuyo salario consideren satisfactorio. De hecho, la gran mayoría vive encabronada con su trabajo, el jefe, los compañeros, hacienda, el banco, la aseguradora y demás parafernalia del bienestar. Qué maravilla el trabajo, cuánto placer proporciona. Orgásmico, sí.

       En la obra de teatro Panorama desde el puente, de Arthur Miller, ambientada en EEUU a principios del siglo XX, dos inmigrantes departen sobre cuánto extrañan Italia, del hambre que allí se pasa y de qué pueden esperar de un país rico como el que les acoge. El veterano le indica al novato que la gran diferencia entre Italia y EEUU reside en el trabajo, que éste podía considerarse como el gran milagro de esa tierra de los sueños, pues los dólares alimentan más y mejor a la familia que las liras. Por supuesto, este personaje obviaba la pregunta implícita en esa afirmación: ¿a cambio de qué, tanta felicidad? Pues de vivir hacinados y de trabajar como estibadores portuarios, actividad reservada a la robusta espalda de los extranjeros, ilegales o no, pero siempre más fornidos que los esqueletos autóctonos. Retomando la cita inicial de Campbell, me digo que quizá un levantador de piedras tipo Iñaki Perurena encontraría placer cargando buques a jornada completa; pero que, en general, ese tipo de trabajos terminan por deslomar y volver tarambana a quienes los frecuentan.

       En Los lunes al sol, película dirigida por Fernando León de Aranoa, aparece una mujer que trabaja en una cadena de limpieza de pescado. Ella, además de mortificada por sacarse a diario tan penetrante olor del cuerpo a fuerza de agua, jabón y desodorante a granel, debe permanecer ocho horas de pie, clavada a su puesto de trabajo como una farola al suelo, y vigilada por el subnormal de turno disfrazado con bata blanca y armado de megáfono para amonestarla si va demasiado al baño o charla con alguien. A consecuencia de esta fantástica oportunidad para pagar el piso, la chica tiene las rodillas listas para concederse pronto una jubilación artrítica. Y todo, como explica ella, «por un sueldo de mierda», que le deja sin ganas de tener hijos porque, con el marido en paro —afectado por el cierre del astillero—, no tiene ya de dónde quitarse. Entonces: la vida, noble y sagrada, como señala Stevenson, sí; pero hay que ver cómo nos la joden unos cuantos disfrazados de políticos, empresarios ricachones y demás farándula carroñera de nuestra felicidad.

       Disfrutar y trabajar: dos deseos difícilmente conciliables; de ahí la gran neurosis y la ansiedad que gobierna con mano dura el mundo. Escribía Antonio Álamo en el prólogo de su libro ¿Quién se ha meado en mi cama? que «un trabajo que sea un verdadero trabajo sólo tiene una motivación: el dinero, o más exactamente, la falta de dinero. (...) para que sea trabajo, te tiene que causar angustia, tedio, fastidio, sudores fríos y tembleques». He ahí una definición exacta sobre el modelo de felicidad que nos ofrece este radiante siglo XXI. El trabajo dignifica al hombre: ¡y una mierda! Sostiene Álamo que el trabajo «dignifica al que no trabaja y parece que trabaja». Como cantaba Julio Bustamante: «Por ahí vamos bien, por ahí vamos bien.» Basta observar la vida cotidiana de la ciudad para darse cuenta de cuán dignificados nos sentimos la mayoría: reina la felicidad por doquier, el entusiasmo nos desborda. «El trabajo empieza cuando a uno no le gusta lo que está haciendo», sentencia el sabio Campbell, esto es, el humano medio se regala entre diez y doce horas diarias de sufrimiento, si tenemos en cuenta a qué hora suena el despertador, la distancia a recorrer entre la casa y el trabajo, los maravillosos atascos, la salida a comer en apenas una hora y el camino inverso para regresar baldado a casa. Trabajar y jugar parecen obstinarse en su contraposición.

       Para los niños, vivir significar jugar, lisa y llanamente. Por lo dicho hasta hora, jugar puede considerarse un cuestionamiento de la vida adulta; los chicos ponen en duda los resortes más íntimos de nuestra organización social. Por desgracia, los adultos como instigadores de la inteligencia, como bien en desuso no tenemos parangón: tan modernos somos que les hemos quitado toda responsabilidad a los chavales, incluso la de jugar y la de aprender, a cambio de entretenerlos con un televisor a modo de gran chupete catódico, o les hemos eximido de las tareas domésticas para que no molesten demasiado (o que no se cansen, etcétera). Pasen por la puerta de cualquier instituto y deléitense con las generaciones que vienen: si ellos se encargarán de asegurar las pensiones de los treintañeros y cuarentones de hoy, apaga y vámonos. Invita a la melancolía saber que quienes comienzan ahora la educación primaria llegarán todavía en peor estado. Pero, claro, resulta previsible su contestación a la pregunta de Jung: ¿cuál era el juego que os gustaba de niños y que os permitía evadiros? Ver durante horas y horas la tele, jugar a la Play,...

        ¿Y a qué jugamos nosotros, teína? Una buena pregunta a la que tratamos de contestar número a número. Cada cual podría expresar sus razones. Como grupo jugamos a ser mayores, a disfrutar en este espacio virtual de cuanto todavía no podemos en la vida cotidiana. Mientras aquí soñamos que escribimos para que alguien nos lea y se entretenga, en la vida real estamos sin trabajo o escalando las cimas de la desesperación gracias a él. Ante la irrealidad en que vivimos, sólo nos queda oponer este espacio mínimo, donde Shiva pueda danzar y hacernos creer que estamos cuerdos porque intentamos crecer y divertirnos con este proyecto. Con todas sus imperfecciones, teína representa para nosotros un lugar donde darnos un baño de atemporalidad, ajenos a la corrosión de lo mundano. Los niños que no juegan no tienen infancia, aseguran los psicoanalistas. Nosotros diríamos más: quienes se privan del derecho de aprender jugando se condenan a la infelicidad.

 

Referencias

Moral laica, Robert Louis Stevenson
Traducción de Miguel Ángel Bernat
Acuarela libros, 2002

Reflexiones sobre la vida, Joseph Campbell
Traducción de César Aira
Emecé, 1995

Panorama desde el puente, Arthur Miller
Marzo de 2004, Teatro San Martín
Buenos Aires

Los lunes al sol, Fernando León de Aranoa
España, 2003

¿Quién se ha meado en mi cama?, Antonio Álamo
Lengua de Trapo, 1999

 

Arriba

 

 

 

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