Invitación a la lectura

Lengua e identidad, por Ignacio Echevarría

Lecturas

Mario Levrero: un raro en la corte de los letraheridos


La balumba

Fernando Díaz, Rafael Courtoisie, Roxana Popelka, Pedro Lemebel, Pablo Silva, Alejandro González, Cristina Cerrada, Jon Bilbao, Constantino Bértolo y una antología de relato breve

Tintalabios

Constantino Bértolo:
«Busco autores que hablen de la precariedad como una manera de estar en el mundo»

Rodrigo Fresán:
«Contar buenas historias de la mejor manera posible: allí empieza y termina todo»

Pote Huerta: «Queremos intervenir en la cultura de nuestro país, queremos intervenir en la realidad»

Sergio Chejfec:
«La literatura, si sirve para algo, es para complejizar lo existente»



Pote Huerta exprés

Almansa (Albacete), 1962. Aunque pintor y músico vocacional, fundó en 1995 Lengua de Trapo. Desde entonces la editorial ha publicado casi 300 títulos de narrativa y ensayo, repartidos en cuatro colecciones.

Como profesor, ha participado en los másteres de edición que organizan el grupo Santillana y la Universidad Autónoma de Madrid, también ha dado clases en la Escuela de Letras de Madrid.

Asimismo, ha sido profesor invitado en la Universidad Pompeu i Fabra de Barcelona y en los cursos de edición de la Universidad de Educación a Distancia (UNED) en Valencia.

Lengua de Trapo

 

 

 

POTE HUERTA, EDITOR DE LENGUA DE TRAPO

«Queremos intervenir
en la cultura de nuestro país,
queremos intervenir
en la realidad»

 

Desde 1995 Lengua de Trapo ha desempeñado un papel clave como descubridora de talentos. Autores hoy consolidados, como Antonio Orejudo, Rafael Reig o Antonio Álamo, se hicieron un hueco en el panorama español gracias a este sello independiente. Tras ver durante años cómo editoriales grandes le fichaban a golpe de talonario a sus mejores valores, Huerta se plantea hoy retenerlos y crecer a la par de ellos.

 

 

—Yo pensaba que editar era un oficio muy bonito; pero nunca fui consciente de la envergadura de los obstáculos que había que vencer. Esa ignorancia me permitió lanzarme cuando ya era demasiado tarde para detenerme. Si hubiera sabido lo que se sufre, a lo mejor no me hubiera atrevido.

Pote Huerta, editor de Lengua de Trapo, habla con nostalgia de aquella ingenuidad con que se embarcó en la temeraria empresa de publicar libros. En 1995, cuando ni siquiera soñaba que en 2008 ya habría construido un catálogo de casi 300 títulos, este entonces pintor pensaba que podía dedicar las mañanas a editar libros y las tardes a pintar cuadros, y aunar así sus dos grandes pasiones. Sin embargo, enseguida descubrió que su ocupación matutina era esclavizante y que la idea resultaba utópica.

Tras más de una década en el negocio, mientras habla se le nota que conserva el romanticismo del editor independiente. Con todo, deja entrever que este ha hecho mella en él, y varias veces, cuando quiere contextualizar en qué clase de mundillo debe gobernar su empresa, dejar caer que «esta es una selva donde nunca acaban los peligros». Los agentes literarios sin escrúpulos, los autores con una vanidad a prueba de misiles o la voracidad económica de los industriales del libro son fieras con las que resulta complicado enfrentarse.

Pese a todo, Huerta abrió un sendero que muy pocos se animan a transitar: el de las llamadas «editoriales de riesgo», es decir, aquellas editoriales que apuestan por publicar las primeras y segundas novelas. Y es que cribar manuscritos para lanzar nuevas voces al mercado conlleva un riesgo económico mucho mayor que poner en circulación alguna novela perdida o aún no traducida de Stendhal, Stanislav Lemm o de cualquier escritor consagrado. Huerta fue —y es— de los pocos editores españoles que persevera en el quimérico intento de dar oportunidades a los noveles en lengua española.

Al principio, quería combinar lo que se llamaba la Nueva Narrativa Española —los Vila-Matas, Jesús Ferrero, Pedro Zarraluki, etcétera— con los autores de mi generación, la del 60. Con la Nueva Narrativa Española hice poca cosa, sobre todo porque el mercado de  los derechos de autor estaba muy saturado; así que tuve que buscar otro nicho donde estos fueran más baratos... Eso se conseguía cribando textos de autores que empezaban. Así que antes de publicar el primer libro, había convocado ya el primer Premio Lengua de Trapo de Novela: quería que me bombardeasen con manuscritos; pensaba que a fuerza de trabajo daría con autores interesantes.


UN MERCADO POLARIZADO

—¿Qué empezaste a publicar?
Trece historias breves fue lo primero. Luego vino Borja Delclaux, primer premio Lengua de Trapo, y quien por desgracia murió hace un par de años. Más tarde vinieron Juan Madrid; Hipnos, de Javier Azpeitia; La asesina ilustrada, de Vila-Matas; Isidoro Blaisten; Fernando Royuela; Pedro Zarraluki; José Carlos Llop. Y después, Fabulosas narraciones por historias, de Antonio Orejudo , en mi opinión el libro más importante de la década del 90 en la literatura española y con el que ganamos nuestro primer Premio Tigre Juan a la mejor primera novela en español.

Huerta cita de memoria, sin mirar papel o web alguna, sin equivocar siquiera el orden en que publicó los libros,  y da la impresión de que podría seguir así, hasta dar veinte o treinta títulos más. Entre los escritores que cita durante la charla como ejemplo de la cantera con que ha nutrido a la literatura española, sobresalen dos: Rafael Reig y Antonio Álamo, quienes encontraron en el sello el trampolín necesario para asentarse con los años en el panorama nacional. Entre todos inyectaron una impagable dosis de frescura en una escena literaria más bien amojamada.

—¿Ha cambiado mucho esa imagen de Lengua de Trapo como una editorial dedicada a publicar a escritores emergentes?
—Tenemos vocación por descubrir talentos, y esa es una tarea que hacemos muy bien y que podemos hacer mejor que los grandes grupos porque estamos más pegados a tierra. Desde fuera se ha visto mucho nuestro trabajo con los jóvenes, pero no es lo único que hacemos: Askildsen tiene 78 años, Paco Nieva más o menos y Carlo Frabetti está en los sesenta... No debemos abandonar ese perfil; pero, desde luego, también queremos hacer política de autor. Ya no tengo 30 años y tenemos gente a la que le hemos publicado siete libros, que está traducida a varios idiomas y con la que queremos seguir trabajando. También quiero que nos asocien a una editorial de calidad más que a una editorial de jóvenes o no jóvenes. Me gustaría que Rafael Reig, Carlos Eugenio López o Manolo García Rubio se queden con nosotros y conseguirles cada vez más lectores. También que los talentos más jóvenes, como Alberto Olmos o Juan Aparicio-Belmonte, continúen creciendo con nosotros. Eso sí, para eso hay que poner mucho énfasis en la parte comercial, porque con la que está cayendo...

—¿Te refieres a la crisis económica global o a una situación particular del mercado del libro?
—Sobre todo a cosas específicas del mercado. Por ejemplo, la demanda se ha polarizado mucho: hay unos pocos libros que venden uno o dos millones de ejemplares frente a una gran mayoría que apenas venden unos miles. Además, esos pocos libros que venden mucho se ofertan para un lector que quizá lee uno o dos libros al año... ¿Cuáles? Los que dice la lista de lo más vendidos. Esto ha provocado que los autores que antes vendían 20 mil ejemplares ahora vendan 8 mil, por decir una cifra, y que las tiradas se hayan acortado.

Es el fenómeno Ken Follett y Ruiz Zafón, ¿no?
—Sí. Y lo interesante es que, en paralelo, sucede otro fenómeno: el lector avezado —ese que cuenta con más referencias literarias, que está más preparado intelectualmente y que por ello resulta minoritario— dispone de una oferta inabarcable, quizá de 10 mil novelas entre las que elegir... Eso también lleva a que las tiradas se reduzcan.

—¿Por qué esa sobreabundancia de títulos?
—Es pecado de todos y afecta a grandes y pequeños. Aunque parezca paradójico, hay muchos títulos en el mercado porque se vende poco. Hay una razón técnica; pero también hay una razón táctica, que ahora se va abandonando y que se llama «la mancha». Es una técnica comercial que consiste en ocupar con tus portadas una mancha —la mayor posible— sobre la mesa de novedades. Es algo que hace sobre todo el industrial del libro: publica sólo para mantener su espacio en la mesa de novedades, y lo hace aun sin la expectativa de vender mucho o poco, tan sólo como una táctica publicitaria.

Mientras explica todo esto, Pote Huerta saca una hoja y anota conceptos como gastos de producción, gastos de edición, que si punto X, cuenta de contribución, cuenta de beneficios... Hace gráficos y explica con números en qué consiste la huida hacia delante que lleva a las editoriales a publicar muchísimos más libros de los que el conjunto de lectores puede absorber. A efectos de esta entrevista resulta imposible entrar en detalle al respecto, pero baste subrayar que además de romanticismo y vocación, cualquiera que piense entrar en el negocio editorial aprenderá enseguida cómo los parámetros económicos condicionan qué, cuánto y cómo publica cada cual. También qué lleva a que una editorial como Lengua de Trapo, donde trabajan seis personas, a manejar un catálogo de 32 títulos anuales mientras que otros sellos con menos estructuras publican entre 40 y 60. En fin, que sin matemáticas no se llega a ningún lado en el mundo de las letras.


PUBLICAR PARA CAMBIAR LA REALIDAD

—Una curiosidad: fuiste el primero en publicar a Ricardo Piglia en España, ¿no?
—Sí. El que más me llamó la atención sobre Ricardo Piglia fue Eduardo Becerra, que es profesor de Literatura Hispanoamericana en la Universidad Autónoma de Madrid y quien se encargó de realizar para nosotros la antología Líneas aéreas , que reunía a 78 autores hispanoamericanos. Yo estaba obsesionado con Respiración artificial, que me parecía buenísima; pero su agente nos acabó cediendo Prisión perpetua... Empezó a sonar mucho, era un autor de primer orden, y al final fue Anagrama quien contrató toda la obra. Frente a eso no puedo hacer nada. Ojalá yo le pudiera ofrecer el doble.

—¿Son eso los momentos más duros como editor?
—Claro. Siempre es difícil cuando los autores llaman la atención, tienen buenas críticas y unas mínimas ventas, y entonces otra editorial, a golpe de talonario, les contrata la siguiente obra. También es duro consagrarse a la creatividad de los demás; a veces echas en falta tener más tiempo para tus cosas. Y luego los agentes, la falta de caballerosidad de los agentes o la vanidad de los autores también provocan situaciones desagradables. Pero eso no quita para que este oficio sea hermoso.

—¿Y los mejores momentos?
—Cuando nos han dado premios; por ejemplo, las tres veces que hemos ganado el Tigre Juan. He llorado de alegría con la editorial. Nos han dicho cosas muy bonitas y hemos hecho muchos amigos, en general gente muy inteligente. También me quedo con que en la posición de editor aprendes mucho: tienes que leer sin parar de todos los géneros, tienes que discutir las obras con los autores... Es decir: siempre encuentras interlocutores válidos a los que hacerles preguntas, con quienes discutir tu idea de literatura y que te abren la cancha de juego.

—Por cierto, ¿de dónde viene el nombre de la editorial?
—De una exposición que hice en Madrid en 1992. Me pareció un nombre efectivo y sonoro, y que provocaba una doble mirada, una pequeña ambigüedad y que encerraba una idea importante: lo esencial del arte es innombrable; el arte es un lenguaje que habla de las cosas sin nombrarlas. En ese sentido, además, me parecía que el nombre imponía modestia a un proyecto que era ambicioso: si lo esencial del arte es innombrable, todos somos lengua de trapo frente a él, hasta Vargas Llosa.

—¿Cómo te gustaría que los lectores viesen Lengua de Trapo?
—Como una editorial pequeña, independiente, móvil, ágil, inteligente, divertida, amable y como una empresa bondadosa.

—¿Bondadosa?
—Sí, que el lector note que no perseguimos el afán de lucro, sino que estamos aquí por vocación, porque queremos intervenir en la cultura de nuestro país, porque queremos intervenir en la realidad.

 

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