Introducción

Tres minipiezas sobre el poder

Piezas breves

Entredientes.
I monólogo para artistas circenses:
el acróbata aéreo
Escena de Carlos Be

Habitación en medio de ciudad en oscuro completo
Escena de Juan Claudio Burgos

«Animala» o «Nada más que una mujer que espera»
Escena de Lucía
de la Maza


Entrevista

Marco Antonio de la Parra: «El teatro tiene un nivel de riesgo y de vida que no tienen las otras artes de la repetición»




Carlos Be exprés

Carlos Be, Vilanova i la Geltrú, 1974. Beletrista. Dirige la compañía teatral The Zombie Company. Sus obras pueden encontrarse en castellano, catalán y gallego.

Algunos textos teatrales publicados

Achicorias
Origami
La extraordinaria muerte de Ulrike M.
Enemigos
Noel Road 25: a genius like us

Novela

Tantos nombres olvidados

Premios

—Premio Borne de Teatro 2006, por Origami

—Premio Caja España 2001, por Noel Road 25: a genius like us

—Finalista del Premio Casa de América - Escena Contemporánea de Dramaturgia Innovadora 2005, por La extraordi-naria muerte de Ulrike M.


En la web

Página de Carlos Be


 

 

ESCENA DE CARLOS BE, DRAMATURGO ESPAÑOL

Entredientes
I monólogo para artistas circenses: el acróbata aéreo

 

Carlos Be
hola[arroba]carlosbe.net

Ilustraciones: Paloma Gómez

 

«Todo lo que soñamos, es decir, todo lo que deseamos, es verdadero»

Note şi contranote, Eugen Iònescu.


Theodoros Giallopoulides, el maestro de ceremonias,
anuncia el número siguiente:

Theodoros Giallopoulides. ¡Commedio!

A pesar que Commedio, el acróbata aéreo, se caracterice por su actitud apocada, en esta ocasión sale a la arena especialmente excitado. Su mejore amigo, Blesk Kulový, el hombre-bala, le observa desde detrás de un bastidor. Como Blesk, Commedio sólo se siente seguro en el aire. Commedio, sonriente, saluda al público con insistencia y espera a que le devuelvan el gesto. De repente, se tensa y atiende a una presencia que intuye a su espalda:

Commedio. Me saludan, no sé por qué. Me inquietan. Están ahí abajo y no dejan de saludarme, no se cansan, agitan sus manos y, aunque la mayoría de sus rostros no me gusten, les correspondo. Soy su gobernador. Les sonrío y les correspondo. Y me pregunto: cuando cierro la ventana, ¿qué sucede con ellos?, ¿siguen ahí o se van?, y si se van, ¿adónde pueden ir?, ¿a qué hacer? Se dice que afuera existen leyes. Qué patéticos. No entiendo cómo nadie puede vivir en semejantes condiciones. A veces me siento tentado de abrir la ventana en una hora imprevista, asomarme y descubrir... A veces.

Adelante, entra. He escondido un espejo. Quiero verte. Por favor, no te enfades, tómalo como una pequeña diablura. Lo he colocado en varios sitios hasta que he dado con el ángulo apropiado. Si descubres el espejo, verás mis ojos bajos. No me atrevo a mirarte. Todavía no. No te miro. Aún. No debería habértelo dicho. Simplemente quiero verte. Mis noches contigo son como un cuento y, como en todos los cuentos, existen lugares que deben permanecer inexplorados, en silencio. Sabes que me gusta asomarme a ellos y descubrirlos: la manera en qué te desabrochas la camisa, tu pecho en mi espalda, el adentro. Ve con cuidado.

¡Ve con cuidado! Me agarro a las cortinas para ofrecerme mejor. Y cuéntamelo todo. No me tapes la boca, ningún animal puede vivir sin aire, voy a morderte los dedos. Cuéntame todo lo que nunca nos contaron en los cuentos. Todo. Las anillas de las cortinas repican y mis manos prendidas de la tela como garras. Un día demolerás los muros con tus aullidos.

Dirijo la mirada hacia el espejo y no creo lo que lo veo. Me posee un lobo blanco. Su lengua cuelga sobre mi nuca. El cráneo de la bestia se gira. En sus ojos, restallidos. Mi piel pierde todo el color, como un pétalo arrasado en alcohol, y me encuentro vacío. Cómo logras llevarte todos mis sentimientos y dejarme sólo en placer.

Esta noche dormimos juntos. No puedo conciliar el sueño. Es la primera vez que te quedas a dormir. No encuentro tu ombligo bajo el tupido vello blanco de tu vientre. Te he despertado sin querer. Observas mi erección. Quiero arrancármela: no debo mostrarte mi lujuria, disminuiría la tuya. No lo consigo, fracaso, y duele. Te consuela que me duela. Sales de la cama, coges un huevo de la cesta que siempre traes contigo y perforas la cáscara con la uña larga del dedo meñique. Sorbes el huevo con los ojos en blanco.

Lobo Blanco. «Words and eggs must be handled with care. Once broken they are imposible things to repair».

Commedio. Cuánta razón. ¿De quién es?

Lobo Blanco. Anne Sexton.

Commedio. ¿Súbdita?

Lobo Blanco. Sí.

Commedio. ¿De dónde?

Lobo Blanco. De Newton, Massachussets.

Commedio. Eso está aquí al lado, ordenaré que me la traigan mañana para almorzar juntos.

Lobo Blanco. Está muerta.

Commedio. ¿La maté?

Lobo Blanco. Se suicidó. Monóxido de carbono.

Commedio. La rabia me consume. Es algo que no soporto: que mueran cuando les venga en gana, ¡sin mi consentimiento! ¡Mandaría ejecutarla si pudiera! ¡Qué impotencia! Me dirijo al invernadero: la mayor colección de orquídeas aéreas del mundo. Las decapito. Los cristales tremolan y los reflejos huyen para no mirar. Quién se atreve a detenerme.

Lo poseo todo y aún así, quiero más… porque me falta algo. Todo lo que poseo nunca será mayor que mi imaginación. «Si alguna vez me echas de menos», me dijiste, «imagíname. En la imaginación no se conciben las distancias. Todo queda al alcance de la mano. Todo es posible». Hace siglos que te echo de menos. Hace siglos que imagino que al punto de la medianoche apareces tras de mí, pero esta noche es la primera vez que imagino verte a través de un espejo. Y no te ha gustado. Todo es posible y no te ha gustado. Después has querido quedarte a dormir en mi cama como si celebraras un ritual de despedida, un funeral, y lo que debía convertirse en el amanecer más bello, se conjura salpicado de orquídeas mutiladas. Con las manos ensangrentadas te pido que te quedes, te digo que te quiero, que te amo. Las palabras son tan reales que nada pueden: no te retienen, y las últimas orquídeas mueren.

Te has olvidado la cesta de huevos.
Esta noche no te la acepto.
Caen y se rompen.
Uno,
dos,
tres…

La noche siguiente, a punto de la medianoche, te imagino y no acudes. Mi imaginación no la puedo capturar. ¿Se habrá ido allí donde no la puedo alcanzar? ¿Se habrá muerto…? Abro la ventana, me asomo y… Me saludan, no sé por qué. Me inquietan. Les sonrío y les correspondo. Están ahí abajo y no dejan de saludarme y de repente entre la multitud te veo tras uno de ellos. Le alimentas con tu sexo y sus manos se prenden como garras de tu pecho. Cojo las tijeras de podar y salgo a decapitar. Se abre la puerta y me encuentro una orgía. Todos beben de tu sexo y me sonríen, tal como tú me enseñaste: entredientes.

Commedio cae.
Detrás del bastidor ya no hay nadie.

 

 

 

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