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Si sólo muevo los labios, ¿quién habla?, por Rafael Reig

Lecturas

El libro de Judith y Apuntes/Luces que a lo lejos, de Alberto Spunzberg

Poesía completa, de Manuel Vázquez Montalbán

La balumba

Mario Levrero, Alberto Olmos, Mercedes Cebrián, Natalia Carrero y Carlos Labbé

Tintalabios

Yuri Herrera:
«Si uno va a intervenir la página en blanco, debe saber para qué»

Vicente Luis Mora: «Muchos autores ya no escriben sus novelas, sino que las diseñan; y su único límite son las cubiertas del libro»

Luis Valenzuela:
«El mundo no da mucho lugar para el optimismo, pero la literatura salva»



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Yuri Herrera exprés

Actopan (México), 1970. Estudió la Licenciatura en Ciencias Políticas en la UNAM y la Maestría en Creación Literaria en la Universidad de Texas, en El Paso. Es candidato a Doctor en Lengua y Literatura Hispánicas en la Universidad de California, en Berkeley. Es el editor de la revista literaria el perro.

Por ahora, sólo ha publicado Trabajos del reino (Editorial Periférica, 2008) con el que obtuvo el Premio Binacional de Novela Border of words/Frontera de palabras (Estados Unidos-México) en 2003.

En la web

Editorial Periférica
Revista el perro
Blog el perro
Reseña de Trabajos del reino
La crítica sobre Trabajos del reino

Descarga dos capítulos del libro.

 

 

YURI HERRERA, AUTOR DE TRABAJOS DEL REINO

«Si uno va a intervenir la página en blanco, debe saber para qué»

 

Parte de la crítica ha etiquetado Trabajos del reino —Premio Binacional de Novela Border of Words / Frontera de palabras (México - EEUU)— como una novela sobre el narcotráfico. Es decir: ha privilegiado la lectura política sobre la literaria. Aquí, el escritor mexicano cuenta por qué su novela es una fábula sobre el arte y el poder. También explica su estética literaria y avanza cómo van sus nuevos proyectos.

 

 

En Trabajos del reino, la acción parece transcurrir en la frontera entre México y EEUU, hay algunos ajustes de cuentas entre narcotraficantes y el protagonista de la novela es un cantor de narcocorridos. Si a eso se le suma que, desde hace meses los medios hablan sobre los tiroteos entre la policía mexicana y los carteles de la droga, resulta comprensible por qué muchos críticos leyeron este libro como una extensión de lo que sale por la tele o los periódicos. Sin embargo, no es tan periodístico el asunto.

Si bien Yuri Herrera (Actopan, 1970), reconoce que el lector es soberano de su lectura y que era previsible el enfoque político, explica que su novela es una fábula sobre las relaciones entre el poder y el arte. De ahí, por ejemplo, que recurra a los arquetipos como personajes. O que privilegie los silencios literarios y omita palabras como droga, narcotráfico, EEUU o México. O que intente recuperar el lenguaje oral del norte del país, y hasta le conceda un plano metaliterario a Lobo, el protagonista. En fin, que muchos lectores convirtieron la ambientación en el eje principal y no llegaron a ver el bosque; aunque, como señala el autor, conciliador con esas otras lecturas: «Todo es política».

Con Teína, Herrera repasó su estética literaria, su preocupación por contar historias o cómo marcha la investigación sobre la muerte de unos cien mineros en Pachuca durante un incendio de 1920; unas indagaciones que, primero terminarán en doctorado, y posteriormente puede que en novela.

Empecemos por una curiosidad: leí que hiciste un taller literario con Elena Poniatowska. ¿Qué te aportó trabajar con ella?
Estuve un año en el taller que Elena Poniatowska dirigía en San Ángel, en casa de Alicia Trueba, entre 1988 y 1989. Fue una experiencia formativa fundamental, básicamente por la crítica a la que los textos eran sometidos semana a semana. Los asistentes oscilaban entre 10 y 15, y eran gente que leía en detalle los cuentos que se llevaban, no dejaban pasar un lugar común o una anécdota mal contada. Pero también tuve la oportunidad de conocer a varios escritores excepcionales, que acudían como invitados; Juan Villoro y Sergio Pitol, entre otros.

Trabajos del reino es una fábula que aborda las relaciones entre el poder y el arte. Sin embargo, gran parte de la crítica —incluida Elena Poniatowska— ha hecho una lectura política del libro y sobre todo se refiere al asunto del narcotráfico. ¿Te sientes representado con esa lectura que otros han hecho de tu libro?
Bueno, la lectura política de la novela era esperable porque la relación con el poder es una relación política: cómo nos situamos frente a él, cómo nos resistimos o colaboramos con él, cómo lo nombramos. Todo eso es política. Tal vez no política partidista, pero en cada una de estas actitudes definimos nuestra posición política. Y respecto a su lectura como una representación de la tragedia del narcotráfico, aunque es natural que sea leída así porque el tema parece ser omnipresente estos días en México, el asunto es sólo la materia anecdótica para plantear conflictos que trascienden las anécdotas del momento. Una vez que pase toda esta locura, y pasará, habrá nuevas historias a través de las cuales intentaremos seguir contando nuestras pasiones. Por otro lado, a estas alturas, con el libro en los estantes o ya en las manos del lector, creo que lo de menos es cómo se sienta el autor acerca de sus interpretaciones: el libro está ya fuera de su alcance, y cada lector tiene el derecho soberano de entenderlo como su cultura y su sensibilidad se lo permitan.

Aunque la novela está ambientada en las aventuras y desventuras de un cantante de narcocorridos que canta para el jefe de un cartel, en el texto están ausentes palabras como narcotráfico, droga, México o EEUU. ¿Qué buscabas conseguir con esas elipsis tan llamativas?
Esas omisiones fueron una decisión consciente previa al inicio de la escritura. Aunque la frontera y el narcotráfico fueron materia prima del libro, no quería recurrir a un léxico que, a fuerza de ser manoseado hasta el cansancio, ya sólo remite a clichés, a discursos estructurados desde el poder o los medios masivos. Aunque mentara las drogas, no quería hacer una «novela sobre las drogas»; aunque el lenguaje fronterizo es un insumo del texto, no quería hacer un «relato fronterizo». Éstos son tópicos que sólo alertan al lector en vez de invitarlo a enfrentar el texto sin prejuicios.

¿Por qué te interesaba hablar sobre arte y poder?
Vengo de una familia en la que, a veces desde el gobierno, casi siempre desde la oposición, se ha hecho política; también, el arte ha estado presente en mi casa desde que era pequeño. Son dos presencias constantes en mi vida y he querido reflexionar sobre la tensión entre ellas, contar una historia sobre esa tensión. Por otro lado, desde hace tiempo estaba fascinado por la figura del artista de la corte, que aunque tenía que trabajar para la gloria de su gobernante, a veces conseguía hacer una obra que trascendía la memoria de esos hombres poderosos.

—Señor, yo pensé...
—¿De dónde sacaste que podías pensar? ¿De dónde? Tú eres un soplido, una puta caja de música, una cosa que se rompe y ya, pendejo.

Así le dice el Rey —jefe de los narcos— al Artista, cuando descubre que este ha compuesto un corrido donde revela un punto débil de Su Majestad. En una sociedad como la mexicana, ¿qué posibilidades de independencia tiene un escritor, si aspira a tener una casa, salir a cenar de vez en cuando por ahí, tomarse vacaciones y llevar a los chicos a la escuela?
No puedo hacer una generalización, pero ésta es mi impresión. Hay una gran variedad de experiencias entre la gente que escribe en México: la gente que vive del periodismo y roba tiempo al trabajo para poder hacer otro tipo de escritura; los escritores indígenas que escriben con todo en contra, sin apoyo de los medios ni de las instituciones educativas; los que gozan de becas estatales para poder dedicarse por entero al oficio (yo obtuve una cuando comencé a escribir la novela, no me la renovaron; mandé una carta protestando pero ahí quedó todo, me dediqué a terminarla y les di crédito por ese apoyo inicial). En todos estos ámbitos pueden encontrarse intelectuales críticos, que construyen su obra con independencia creativa, y que expresan en voz alta su opinión sobre la vida política del país. Del mismo modo, los hay que ponen sus aptitudes al servicio de algunos políticos o que escriben fundamentalmente para el mercado. En suma, creo que sí es posible ser un escritor independiente en México, tanto para hacer una obra original como para afirmar las propias opiniones frente al poder político o económico. No digo que sea sencillo, pero hay múltiples ejemplos de gente que lo hace cotidianamente.


EL NARCOTRÁFICO COMO FÁBULA
SOBRE EL ARTE Y EL PODER

Por su austeridad estilística y brevedad, casi podría decirse que Trabajos del reino se trata de una nouvelle. ¿Tú qué sientes que escribiste?
Una novela. Me salió breve involuntariamente, y austera porque creí que así debía ser contada esta historia, pero siempre la pensé como una novela. Las denominaciones que reciba después ya están fuera de mi control.

Volvamos a la crítica; esta también ha querido ver una reescritura de Shakespeare en la trama, por aquello de las intrigas palaciegas. ¿Fue intencional o fue una de esas influencias que afloran sin darse uno cuenta?
Esto no fue intencional. Sí he leído a Shakespeare y he visto muchas representaciones de sus obras, pero no lo tenía en mente cuando escribía la novela. Sin embargo, visto en retrospectiva, es indudable que tenía presentes ciertos arquetipos desarrollados en su obra.

¿Por qué contar la historia en clave de fábula y apelar a arquetipos como el Rey, el Artista, la Bruja, etcétera?
Esta es una novela que está hablando de la realidad pero no en el sentido en que sea un reflejo o una representación fiel de ella, el asunto del narcotráfico es el medio por el cual se habla de temas que no se limitan a una época o un lugar específico. Para mucha gente, se ha ido creando últimamente una mitología en torno a los capos del narcotráfico; pero las historias de narcotraficantes son una actualización de los códigos por medio de los cuales seguimos reproduciendo los mitos. De ahí la fuerza que llegan a cobrar algunas figuras y la facilidad con que se repiten sus hazañas, por más disparatadas que puedan sonar. En una era en la que las instituciones generan tantos conflictos como los que resuelven, o que sólo atinan a administrar los conflictos en función de otras prioridades en la agenda de los poderosos, existe la tendencia a atribuir facultades extraordinarias a aquellos sujetos que se labran un camino por fuera de las normas, y esto se aplica no sólo al crimen organizado. Así, estos arquetipos actualizados sirven para discurrir sobre el funcionamiento de las elites. Acudir a ellos, paradójicamente, me permitió conectar problemas actuales con pulsiones ancestrales.

¿Y lo de usar un cantor de narcocorridos como protagonista?
Como decía antes, yo estaba interesado en la figura del artista de la corte, en cómo estos personajes se las arreglaban para hacer una obra singular mientras cantaban las alabanzas de quien les daba de comer. Retomar la figura del escritor-cantor de corridos, además, me permitía elaborar ciertas ideas acerca del oficio de la escritura, más allá de la mera anécdota. Por último, quería también escribir acerca de la cualidad de los corridos como un género que aspira a contar la verdad, aún cuando a veces tenga que disfrazarla —y esa es la definición del arte—.

Raymond Chandler entrevistó a Lucky Luciano (aunque no para sus novelas, creo). ¿Hasta dónde o hasta quién llegó Yuri Herrera documentándote para conocer el mundo del narcotráfico mexicano y ambientar así su obra?
Trabajos del reino es una ficción, no se habla en el libro de ningún capo específico ni es el retrato de una ciudad precisa, es una novela, no un trabajo periodístico ni una crónica; sin embargo, sí tomé a Ciudad Juárez como la materia a partir de la cual elaboré la historia. Pasé mucho tiempo, muchas noches, en Ciudad Juárez, escuchando música, hablando con gente, y, por supuesto, también leí mucho sobre los narcotraficantes, pero no, no conocí en persona a ninguno de los grandes capos. Traficantes menores, sí, guaruras (guardaespaldas), policías, sí, pero no a los jefes de jefes.


CONTROL TOTAL SOBRE LA PÁGINA

Hay varios capítulos donde detienes la narración y que podrían considerarse, de algún modo, independientes de los capítulos que hacen avanzar el argumento. ¿Qué función desempeñan esas digresiones o interrupciones de la narración lineal?
Cada cual puede leerlas como quiera, pero yo las concebí como un espacio en el que se filtraban las revelaciones que el protagonista iba teniendo a lo largo de la historia, cómo iba cambiando su concepción del oficio y del lugar que él ocupa en el mundo. No es que estas fueran, literalmente, las palabras en las que articulaba estas revelaciones, más bien es la manera en que la voz narrativa hace inteligibles esas epifanías.

¿Construyes linealmente tus novelas desde el primer párrafo al último o escribes escenas sueltas y las reordenas hasta que encuentras la historia que quieres contar?
Creo que cada proyecto exige sus propios ritmos y ofrece ciertas certezas y ciertos espacios en blanco desde el principio. En el caso de Trabajos del reino lo primero que tuve fue la idea del «artista de la corte», y con esta idea el conflicto básico de la novela. Luego, al decidir el universo en el que iba a desarrollar este conflicto, los personajes fueron surgiendo naturalmente junto con los detalles de la anécdota —o quizá más que naturalmente: necesariamente—; y aunque esbocé la trama desde un principio, conforme avanzaba en la construcción de este universo, iban surgiendo escenas que luego incorporaba al argumento.

El texto muestra una constante búsqueda de la concisión pero a la vez ofrece un tenso lirismo. ¿La idea era: si tengo un cantor de narcocorridos, debo dotar a la prosa de musicalidad?
Éste es un lenguaje que yo llevaba años puliendo Soy originario del Valle del Mezquital, una zona semidesértica del Estado de Hidalgo, uno de los más pobres del país, con una de las clases políticas más arcaicas también, y ya había intentado escribir la belleza de lo árido, y había intentado representar las tragedias cotidianas. Pero, sin duda, esta novela me exigió ser mucho más consciente de la musicalidad tanto de la voz narrativa como de los diálogos. Nunca me lo planteé tan explícitamente como lo mencionas, pero sí hubo la intención deliberada de cuidar cómo sonaba el relato.

El otro aspecto llamativo del lenguaje es el registro oral, que contrasta fuertemente con las zonas donde el narrador se vuelve más lírico. ¿Hiciste algún trabajo de campo para captarlo?
Bueno, viví tres años en la frontera, escuché incontables corridos, hablé con muchísima gente, intenté apropiarme del lenguaje fronterizo y, en un segundo momento, anotarlo, malearlo, convertirlo en materia literaria. Por otro lado, claro, leí mucha literatura del norte de México, aprendí del modo en que otros han recuperado la oralidad. A Jesús Gardea (muy poco leído, a pesar de ser un gran escritor), a Elmer Mendoza, entre otros.

En uno de los capítulos que interrumpen la narración lineal, hay un poema que dice: «Escuchar la suma de todos los silencios. / Nombrar la holgura que promete. Y luego callar». ¿Deben existir silencios o zonas oscuras en una novela? ¿O esta debe de ser un perfecto micromundo causa-efecto donde todo debe entenderse y quedar claro?
Para mí es fundamental aprender a jugar con los silencios, cargarlos de intención, dotarlos de sonoridad, si se me permite la expresión: generar expectativas y dejar que el lector sea quien decida si lo que se ha venido prometiendo es la única manera de llenar los vacíos. Pero creo que el escritor debe tener claro qué pretende con las elipsis, aunque éstas sean interpretadas de otro modo por el lector, pues esta claridad le da consistencia a la narración.

La novela tiene un plano metaliterario bastante evidente. Por ejemplo, en la página 94, el capítulo comienza así «A ver, cuénteme cómo arma un corrido». ¿Qué  buscabas aportar al lector con ese plano?
Es un elemento clave para definir a un personaje, cuáles son sus obsesiones, las cosas que lo ocupan y lo vuelven virtuoso o vulnerable. En este caso, se trata de que el lector entienda que este personaje escuálido, solitario, casi sin educación, es un ser humano fuerte gracias a que tiene claridad sobre su oficio, aunque no lo hubiera puesto antes en palabras: es un artista porque conoce el valor de lo que hace y tiene dominio sobre los secretos de la poesía.

La novela transmite la sensación de ser una máquina hecha de palabras diseñada y calculada hasta su último adjetivo. ¿Eres de los autores que tienen plena conciencia del texto?
Sí, claro, sin lugar a dudas. No digo que tenga control sobre todos los sentidos generados en la novela, pero sí creo que es una obligación del oficio hacerse responsable de cada signo que uno le ofrece al lector; si uno va a intervenir la página en blanco, debe saber para qué.


UN BUSCADOR DE HISTORIAS

«Las parejas se entallaron», «mochar el pulgar con unas pinzas», «balconear una intriga», «a mí que me esculquen» o «los corridos reclaman bragarse y figurar la historia». ¿Eres un maniático de los verbos exactos y orales?
No sé si sea una manía. Creo que es importante llegar a un momento en el proceso de escritura en el que uno está tan compenetrado con la historia y con cómo quiere decir la historia, y con el ritmo al que uno está contando la historia, que este cuidado en la elección de las palabras responde menos a una neurosis que al placer de decir las cosas exactamente como se las quiere decir.

Por cierto, ¿qué le reenchila a Yuri Herrera en una novela, tanto que le mocharía los pulgares con unas pinzas al autor?
Ja. Creo que nunca llego a odiar tanto una novela. Si de plano me molesta mucho, prefiero dejarlo en vez de perder el tiempo insultando al autor. Eso llega a suceder cuando me parece que el escritor está tan enamorado de su propia voz que se olvida de que el lector espera que cuente una historia. Hay voces que no necesitan contar una anécdota, que sostienen el texto con su propio ritmo y acumulando sensaciones (pienso en Severo Sarduy), pero no es esa la clase de literatura que más me gusta.

Tu novela se publicó en 2004 en México y en 2008 en España. ¿Cómo miras ahora un texto del que te debes de sentir algo alejado y que recién llega a otro país?
Aunque he estado concentrado en terminar mi doctorado en Berkeley, he seguido escribiendo literatura: cuentos para la revista que publicamos en México, el perro, y una novela inédita, aún en proceso de corrección, que no tiene nada que ver, ni estilísticamente ni en el tema, con Trabajos del reino. Así es que, sí, ha sido un tanto extraño volver a presentar esta novela, hablar de ella, discutirla a la luz de la absurda y sanguinaria «guerra contra las drogas» que nuestro gobierno ha emprendido con ineptitud ejemplar. Pero más allá de estas lecturas coyunturales (hay gente que ha llamado cada vez que matan a un cantante de corridos para preguntarme cómo sabía que eso iba a suceder, o si no me da miedo hablar de estas cosas), ha sido muy satisfactorio ver cómo la novela está gozando de una segunda vida, que ha sido apreciada en sus términos, como arte, y que haya sido publicada ahora por una editorial como Periférica, cuyos editores han producido un volumen hermoso y lo han promovido como una causa personal.

Según he leído, cursas el doctorado en Lengua y Literatura Hispánica en la Universidad de California, y como tesis doctoral investigas un proceso judicial que se hizo en México sobre la muerte de unos cien mineros en Pachuca en 1920 debido a un incendio. Por lo visto, quieres confrontar el expediente judicial con una novela que escribió treinta años después sobre esto el escritor mexicano Rodolfo Benavides. Desde el punto de vista literario, ¿hacia dónde apuntas con este trabajo?
Bueno, la idea de la tesis es tratar al expediente judicial como literatura, como una representación de la realidad que, aunque se asume como la versión final, indiscutible, y aunque de esta versión se desprenden consecuencias concretas, sigue siendo un texto que echa mano de herramientas retóricas, de técnicas literarias, para tratar de convencer de que eso que cuenta es como en realidad sucedieron las cosas; un segundo paso es confrontar este texto con otros textos que pretenden también decir la verdad desde la ficción (la novela de Benavides y un cuento del ex minero Félix Castillo) o desde el periodismo. Es, entre otras cosas, una reflexión sobre la responsabilidad de escribir y sobre cómo utilizamos los textos para producir memoria. Sí, es muy posible que esta investigación se convierta en una novela, pero no quiero adelantarlo. Primero deseo comprometerme con este trabajo específico.

 

 

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