Invitación a la lectura

Si sólo muevo los labios, ¿quién habla?, por Rafael Reig

Lecturas

El libro de Judith y Apuntes/Luces que a lo lejos, de Alberto Spunzberg

Poesía completa, de Manuel Vázquez Montalbán

La balumba

Mario Levrero, Alberto Olmos, Mercedes Cebrián, Natalia Carrero y Carlos Labbé

Tintalabios

Yuri Herrera:
«Si uno va a intervenir la página en blanco, debe saber para qué»

Vicente Luis Mora: «Muchos autores ya no escriben sus novelas, sino que las diseñan; y su único límite son las cubiertas del libro»

Luis Valenzuela:
«El mundo no da mucho lugar para el optimismo, pero la literatura salva»




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CINCO BREVES PARA CINCO NOVELAS

La balumba

 

Autoanálisis, sanación y zen a la uruguaya, con el singular Mario Levrero. Alberto Olmos: de nuevo hacia Tokio (pero esta vez en avión). Mercedes Cebrián y el primer libro de la posmodernidad en España. Clarice, Clarice y más Clarice Lispector, según Natalia Carrero. Y, por último, Carlos Labbé: el chileno que confundió la literatura con una canción salida de un theremin.

 

Rubén A. Arribas
revisateina[arroba]yahoo.es

Ilustración: Collaterages

 

El discurso vacío, Mario Levrero. El narrador de esta novela se impone a sí mismo una  «autoterapia grafológica». Esta consiste en escribir —lápiz mediante— una serie de ejercicios caligráficos con los que mejorar la letra y comprobar si esos cambios le permitirán introducir otros en su conducta. En paralelo con esos ejercicios, intercalará la redacción de un texto de «intención más literaria», El discurso vacío. Y, con todo el material, compondrá un diario íntimo.

Ese punto de partida le sirve a Levrero para investigar la escritura como herramienta de autoanálisis y curación, y sus relaciones con el zen. Para este singular autor uruguayo, la literatura nace del inconsciente y escribir, entre otras cosas, consiste en un ejercicio de exploración de sus recovecos. Allí duerme un rico material psíquico en forma de imágenes que espera ser despertado y alumbrado a través del paciente ejercicio de la escritura. Para ello, el escritor debe aprender a conectarse con su ser interior: este es el único capaz de invocar esa clase de sueños.

Novela sutil, arriesgada, de prosa intencionalmente sencilla y que aborda de manera genuina los procesos creativos del  escritor, con un delicioso juego de contenido y forma. ¿Alguna gran conclusión sobre la escritura o sobre la vida? La misma de Gianni Rodari sobre la fantasía y su gramática: «Las cosas no maduran en estaciones fijas, como los duraznos». Amén.

Más sobre Levrero: aquí y aquí > Editorial Caballo Troya


Tatami,
Alberto Olmos.
¿De qué hablarían en un avión hacia Tokio una jovencita filóloga, virgen y gorda con un ex profesor de 39 años que no para de mirarle las tetas? ¿De cómo enseñar español a los japoneses? En esta novela hablan de sexo. Y durante bastante rato. Más que nada porque él se empeña en contarle a ella sus hazañas y fantasías como voyeur de las colegialas niponas; y ella, aunque opina que su compañero de vuelo es un depravado, termina por escucharlo. Olga, que así se llama la chica, tiene una inteligencia medible en forma de buenas notas universitarias; sin embargo, su cabeza le pide datos con que redimirse de su inmaculada biografía sexual. Dicho de otro modo: quiere saber; y Luis es fuente de conocimiento.

Desenfadada y con mucho erotismo implícito, Tatami es ideal para leérsela en... un avión, claro. Como en la obra anterior de Olmos, prima la experimentación; en este caso, el autor de Trenes hacia Tokio o El talento de los demás explora un género donde todavía no había incursionado: la novela breve en forma de historia dialogada. De ahí que sus lectores habituales encontrarán menos fulguraciones líricas y más exposición de ideas que otras veces (casi parece una novela de tesis, de hecho). No es su gran novela ni pretende serlo. Eso sí, su lectura no deja indiferente y da juego para tomarse unas cervezas y preguntarse entre los colegas —amigos y amigas, se entiende— cuánto tiene cada cual de Olga y cuánto de Luis.

Más sobre Tatami > Editorial Lengua de Trapo > Entrevista a Alberto Olmos en Teína


El malestar al alcance de todos,
Mercedes Cebrián.
En 2004 la crítica etiquetó este libro como «posmoderno». Es más: como el primero con pedigrí del bueno en ese ramo en España, según Antonio Jiménez Morato. ¿Será cierto? Ni idea de cronologías. En cualquier caso, la propuesta estética resulta muy contemporánea: el texto lo conforman una mezcla de once poemas y catorce cuentos, hilvanados entre sí por un mismo sentimiento: el malestar (sentimiento moderno y baudeleriano donde los haya, por cierto). Y, como subraya la solapa, el material en su conjunto «construye un único tablero narrativo».

Con una prosa rica en matices, y sin concederse una sola línea gratuita, Cebrián ironiza de manera sutil sobre temas cotidianos. Así, sus cuentos contienen cosméticos, hipotecas, yonquis de la cultura, madres separadas que cometen excesos decorativos o simuladores de sentimientos para el último hombre y la última mujer sobre la faz de la Tierra. Y los narradores de sus cuentos son gente propensa al monólogo sobre las incomodidades de la vida moderna; esa que usa tarjetas de visitas falsas en los cursos de inglés empresarial, te pone a un resentido que sabe ser encantador por pareja o te escribe PUTA bajo la ventana de casa.

Segunda edición de un libro exquisito que apreciarán todos esos treintañeros y cuarentones que filosofan a golpe de cerveza, café o batido de chocolate sobre esa cotidiana sensación que a veces es la infelicidad. En serio: puro bienestar leer este libro.

Más sobre Mercedes Cebrián: aquí y aquí > Editorial Caballo de Troya


Soy una caja, Natalia Carrero. Clarice Lispector por un tubo: eso es lo que tiene este libro. Tanta que puede considerarse casi una sobredosis. Para ello, la autora se vale de un personaje, Nadila, que es una jovencita que está escribiendo su primera novela, pero que no sabe cómo terminarla. Aunque ha ido a talleres de escritura incluso con Roberto Bolaño, no sabe cómo tirar para delante. Tampoco tiene muy claro qué hacer con su vida. Así que se encomienda a Clarice Lispector.

La escritora ucranio-brasileña le tiende la mano a través de sus libros y, hala, Nadila se pone a escribir. Básicamente lo que ella necesita —ella no lo dice, claro; lo dice quien esto escribe— es que un autor consagrado la autorice a pasarse por el arco del triunfo los conceptos clásicos de escena, atmósfera, presentar personajes o contar una historia, y que la habilite a escribir en plan discursivo sobre ella, sus problemas para escribir la novela o la pasión que siente por Lispector. Y es que, como Nadila señala, al fin y al cabo más que una novela pretende escribir «un texto a secas, o un libro cualquiera».

Citas más o menos extensas de los libros de su amada Clarice. Dibujos propios para volver concretas las ideas que antes expresó de manera abstracta. Una entrevista inventada con el fantasma de la brasileña. Todo le sirve a Nadila para intentar que el libro evolucione en un único sentido: contarse a sí misma, construir la voz de una mujer, convertirse «en una conciencia largando».

Ideal para quienes sean capaces de entrar en éxtasis con frases lispectorianas como «Escribo con el cuerpo» o «Soy esta frase». O sea, para seguidores de Alejandra Pizarnik, Sylvia Plath, los diarios de Katherine Mansfield y la escritura de la intimidad, en general. También para quienes profesen esa angustia de los diarios de Kafka, que escribía que no podía escribir... mientras escribía, claro.

Más sobre Soy una caja > Blog de la autora > Editorial Caballo de Troya


Navidad y Matanza, Carlos Labbé. Una novela juego; así habría que calificar a este experimental y lúdico artefacto literario. El punto de partida parece ser una suerte de policial donde nadie resuelve nada, sino donde todo siempre encaja a medias y no hay manera de establecer una cronología de los hechos. Además, las historias paralelas, en vez de resolverse, forman bucles infinitos y la novela se cierra constantemente sobre sí misma, como si fuera una cinta de Moebius.

De hecho, la historia importa poco. Es más: no hay; o si la hay resulta tan confusa, y contada en tantos niveles de significación, que resultaría complicado intentar una sinopsis. Los cruces de la realidad con la ficción llegan a tal extremo que, por ejemplo, no hay manera de saber si Boris Real y Patrice Dounn son o no un solo personaje. Ambos aparecen, desaparecen, cambian de nombre, mutan incluso en otros compañeros de reparto... A eso hay que sumarle irrupciones oníricas, alegorías o una buena dosis de metaliteratura. El efecto conjunto es que la lectura avanza hacia la desintegración del texto, en vez de hacia la unidad.

Y es que acá, más que los hechos, importa la prestidigitación. Con esta atrevida apuesta formal, Labbé pone sobre la mesa que toda ficción es una mentira construida con palabras y que la literatura consiste en la ejecución de un encantamiento frente a los ojos del lector; el reto reside en mantener su atención y engañarlo sin que se dé cuenta. De ahí que la gran alegoría de este libro aparezca en la foto de tapa: el lenguaje es un theremin wittgensteniano. ¿Y la literatura? Su melodiosa mentira. Novela no apta para integristas decimonónicos.

(Consejo: escuche y mire a Clara Rockmore acá).

Más Navidad y Matanza > Blog del autor > Editorial Periférica

 

 

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