Invitación a la lectura

Si sólo muevo los labios, ¿quién habla?, por Rafael Reig

Lecturas

El libro de Judith y Apuntes/Luces que a lo lejos, de Alberto Spunzberg

Poesía completa, de Manuel Vázquez Montalbán

La balumba

Mario Levrero, Alberto Olmos, Mercedes Cebrián, Natalia Carrero y Carlos Labbé

Tintalabios

Yuri Herrera:
«Si uno va a intervenir la página en blanco, debe saber para qué»

Vicente Luis Mora: «Muchos autores ya no escriben sus novelas, sino que las diseñan; y su único límite son las cubiertas del libro»

Luis Valenzuela:
«El mundo no da mucho lugar para el optimismo, pero la literatura salva»




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Alberto Szpunberg exprés

Buenos Aires, 1940. Licenciado en Letras. En 1973 se desempeñó en la Universidad de Buenos Aires como director de la carrera de Lenguas y Literaturas Clásicas y como profesor de la materias Literatura Argentina, y Medios de Comunicación y Literatura. Como periodista fue redactor del diario La Opinión de Buenos Aires, donde dirigió el suplemento cultural de 1975 a 1976, año del golpe de estado. En  1977 se exilió a Barcelona.

Desde 2001 es profesor de Literatura y Política en la Universidad Popular de las Madres de Plaza de Mayo.

Participó en varias antologías, como Los Nuevos (1968) y Poesía social del siglo XX (Centro Editor de América Latina, 1971).

Obra

Poemas de la mano mayor
Juego limpio
El che amor
El paso atrás
Su fuego en la tibieza
Apuntes
Luces que a lo lejos
La encendida calma
Notas al pie de nada ni de nadie

Premios

—Mención en Premio Casa de las Américas, por El che amor
—Alcalá de Henares de Poesía, 1983, por Su fuego en la tibieza
—Internacional de Poesía Antonio Machado 1993/94, por Luces a lo lejos

Descarga unos poemas del autor

 

 

DOS LIBROS DE ALBERTO SZPUNBERG

Un vaivén
lleno de paradojas vibrantes

 

El poeta argentino regresa a las mesas de poesía con El libro de Judith (Editorial el suri porfiado) y con Apuntes / Luces que a lo lejos (Editorial Colihue). Su escritura, deudora del exilio y el desarraigo, explora con palabras sencillas pero musicales si la búsqueda de la belleza es una carrera contra la muerte.


María Malusardi
mariamalu66@yahoo.com.ar

 

Hacía tiempo que las mesas de poesía no exponían material del argentino Alberto Szpunberg. Y aunque no es precisamente un autor prolífico, persiste: su poesía, en tanto efecto de lectura, no se interrumpe, más bien se prolonga y se asienta.

Este año, la editorial Colihue reunió dos títulos en un mismo volumen: una reedición de Apuntes —publicado por primera vez en Libros de Tierra Firme en 1987— y el inédito Luces que a lo lejos, una suerte de continuación del anterior. Mientras que el suri porfiado iluminó su delicada y variada colección con El libro de Judith.

El exilio y el desarraigo constituyen la materia trágica desde donde se origina gran parte de la obra de Szpunberg. Desde allí, su poesía remite a aquello lejano que se avizora y se pierde en un vaivén —sugestivo el título Luces que a lo lejos—, y se asume en la paradoja del estar y el no estar al mismo tiempo. Finalmente, la posibilidad única de permanencia recae en el poema:  

yo sé que este poema,
—delicadeza de la tenacidad infinita—
no sólo a mí me pasa.

(Fragmento de El libro de Judith.)

El poema, entonces, es un lugar, «el mundo en su mejor lugar», en palabras de René Char.

Sólo ella puede transformar la hoja en palabra
en este poema que sostenido por ella sólo existe,
esta hoja de roble a trasluz de las llamas
hasta que sus nervaduras ardan junto a su rostro pensativo:
demasiado fuego para que no crepite entre sus manos
como breve ceniza que se suma a la ceniza,
humo fugaz que sube hacia la niebla
donde el roble sostiene la tristeza del mundo
para que exista este poema donde ella, sólo ella
transforma la palabra en hoja para que siga ardiendo.

(Fragmento de Luces que a lo lejos.)

Se habita, cuando se lee, el filo de lo ausente: allí, donde hiere el devenir de los que no quedan, de lo que no fue, está el poema. De ese nudo de ausencias amordazadas y secas surge la fertilidad, ese humo de gloria que no es más que el lenguaje cayendo zigzagueante como un río de montaña: así la escritura se empuja a sí misma, avanza, se renueva. Los poemas de Szpunberg se constituyen en piezas inquietas que narran evitando, por encima de todo, lo narrativo. Es decir: se narra desde la imposibilidad de narrar; se narra, en definitiva, desde los bordes obligados de la poesía.

VIII

Yo sé que mis pasos ya trazan la ausencia
y nada ni nadie ni nunca,
ni siquiera ella,
colmará el infinito asombro
En qué mar, vaya a saber, será el reencuentro,
en qué mar arrojado contra qué rocas,
en el embate de qué tiempo
contra el trabajo sucio,
imperceptible,
del olvido.

(Fragmento de El libro de Judith.)

Los poemas van recolectando y uniendo —en el vacío del aire, en la ubicuidad de la arena, en la incontinencia del agua— aquellos retazos de memoria doliente. La reconstrucción de la memoria hecha con apuntes, imágenes, emociones dispersas, amortigua el dolor, contrarresta la despedida generando, desde el lenguaje, encuentros en fuga. Las paradojas vibran, en la poesía de Szpunberg, como las cuerdas del laúd en una pieza triste de música antigua.

La escritura fluye; no se ve interrumpida por quiebres sintácticos ni propone una fragmentación como figura representativa de lo roto en la página, de lo irrecuperable en la vida. Lejos de este recurso insistente de la modernidad, Szpunberg salva sus añicos desperdigados engarzándolos en un texto compacto que se abre y se cierra como un fuelle, como una respiración, creando bellísimos cuadros de naturalezas vivas —despojadas escenas con pájaros, alas, huellas, ráfagas, lluvias, caballos—, aun cuando la angustia ante la pérdida —los vaivenes de la pérdida— urde la música esencial del poema.

El mar, yo sólo dije el mar, pero igual tiemblo:
todos estos bosques también pudieron haber sido o serán
barcos crujientes que con las velas hinchadas dejan
estelas, jarcias, banderas, gallardetes, esloras, grumetes,
medusas y brújulas inquietantes sobre el mar (...)

(Fragmento de Luces que a lo lejos.)

Es posible que la búsqueda de la belleza proponga siempre una carrera contra la muerte. Y Szpunberg no esquiva el desafío: «Solamente tenemos un recurso frente a la muerte —ironizó Char—: hacer arte antes que ella».

 

 

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