Invitación a la lectura

Si sólo muevo los labios, ¿quién habla?, por Rafael Reig

Lecturas

El libro de Judith y Apuntes/Luces que a lo lejos, de Alberto Spunzberg

Poesía completa, de Manuel Vázquez Montalbán

La balumba

Mario Levrero, Alberto Olmos, Mercedes Cebrián, Natalia Carrero y Carlos Labbé

Tintalabios

Yuri Herrera:
«Si uno va a intervenir la página en blanco, debe saber para qué»

Vicente Luis Mora: «Muchos autores ya no escriben sus novelas, sino que las diseñan; y su único límite son las cubiertas del libro»

Luis Valenzuela:
«El mundo no da mucho lugar para el optimismo, pero la literatura salva»





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CRÍTICA LITERARIA: ESA INSULSA Y PREDECIBLE VOZ EN OFF

Si sólo muevo los labios,
¿quién habla?


Caballo de Troya ha reunido en Visto para sentencia las polémicas y afiladas reseñas que publicó Rafael Reig en El Cultural. El libro, además, contiene algunas entradas del blog de este novelista, profesor de escritura y crítico. Con él Arturo Pérez Reverte, Javier Marías, Fernando Vallejo o Carlos Fuentes dejaron de ser tan incriticables como parecían. A continuación, el prólogo con que el autor saluda a sus lectores y explica desde dónde escribe sus críticas.

 

Rafael Reig

Ilustración: Collaterages.

 

Hace tiempo me llamó Blanca Berasategui, directora de El Cultural (suplemento que se distribuye con el diario El Mundo) para proponerme que escribiera en sus páginas. Nos fuimos a tomar unos vinos, junto con Nuria Azancot, a ver qué se nos ocurría.

¿Podía hacer yo crítica literaria? Ésa fue la primera pregunta. Y hasta de lencería, si pagaban algo, le dije, envalentonado por el tercer vino y por la convicción de que, como decía Flaubert, “basta con poner la suficiente atención para encontrar cualquier cosa interesante”.

Me confesó Blanca que le resultaba difícil, si no imposible, encontrar escritores españoles que hicieran crítica de literatura española: todos preferían escribir sobre literatura extranjera.

La confesión de Blanca me hizo preguntarme, en primer lugar, por qué necesitaba novelistas para escribir crítica literaria. ¿No es más bien tarea de críticos?

Si la teología (según Borges) es una rama de la literatura fantástica, sin duda la crítica será otro género literario. Un problema de la crítica es que en general está mal escrita. Deliberada o inevitablemente mal escrita. Por eso resulta aburrida. Parece razonable pensar que un novelista quizá pueda al menos escribir algo más atractivo. Escribir una novela también es una forma de leer la tradición literaria y, por lo tanto, un escritor siempre es también un crítico.

¿Por qué es tan aburrida la crítica? ¿Escriben mal los críticos? Me consta que no: está mal escrita porque no tienen más remedio. Es premeditado. A mi modo de ver utilizan dos narcóticos infalibles: la previsibilidad y la pretensión de (digamos) objetividad.

La mayor parte de las críticas son previsibles, desde la elección del libro a comentar, hasta la argumentación y las conclusiones a las que llegan. Esto obedece en parte a que la mayoría de las novelas españolas contemporáneas son previsibles, es verdad. Los críticos, a su vez, también escriben lo que está previsto: lo que se espera de ellos. Cuando no lo hacen, pierden el empleo (véase el famoso “caso Echevarría”).

La mayor parte de las críticas pretender ser objetivas, es decir, se proponen ocultar desde dónde están escritas, borrar las huellas, ser escuchadas como esa voz en off de las películas, que no se sabe de dónde viene ni quién es el que nos está hablando.

En realidad, un crítico no es un interlocutor, sino que utiliza una voz en off, desde un lugar a salvo, bien protegido y situado muy por encima del lector.

Son objetivos, es decir: no tienen gustos personales, manías, caprichos, prejuicios, ideología, concepciones estéticas… en otras palabras, no opinan: dictaminan.

Con la severidad de inspectores de la Guía Michelin, visitan editoriales y se enfrentan por igual a unos macarrones con tomate que a una tortilla “desestructurada” por Ferrán Adrià: impertérritos, con la misma frialdad exenta de todo entusiasmo, sine ira et studio y sub specie aeternitatis

La lectura de un crítico, frente a la de un novelista, sería como el veredicto de un catador de vinos frente al de un borrachín de barra de bar. El catador es campanudo, esotérico y condescendiente. El buen bebedor es atrabiliario y coloquial, pero apasionado. Es decir, no es que los críticos escriban mal: es que no tienen más remedio que hacerlo, si quieren ser previsibles y objetivos.

Y, sin embargo, al parecer, los suplementos literarios necesitan menos enólogos y más tipos capaces de beber por placer.

No me sorprende. Basta con comprobar la diferencia entre las noticias de la sección de Cultura en un periódico y su suplemento cultural. Provoca asombro, porque es todo lo contrario de lo que en principio debería ser. Es la sección “informativa” la que está llena de opiniones contundentes: “Fulanito describe en una novela genial y cautivadora la esencia de nuestro tiempo”. En cambio, el suplemento pretende ser aséptico, técnico, ecuánime, y sólo se permite expresar juicios razonables (es decir, previsibles).

Con respecto a la pretensión de objetividad, poco hay que decir. Cualquiera puede probar uno de esos experimentos del laboratorio de Ferrán Adrià y exclamar: ¡Menuda porquería! ¡Están mucho mejor los macarrones de mi abuela! Si el tipo de la Guía Michelin sólo pudiera responder: no fastidies, a mí me gustan mucho estos macarrones al aire de frambuesa sobre lecho de hojaldre sublimado, ¿adónde iría a parar su autoridad?

Como es obvio, una voz en off no habla en su propio nombre. Habla en nombre del criterio, del gusto literario, del conocimiento, etc.

Por eso mismo resulta tan previsible. La literatura también es un mercado y por tanto todas esas categorías (criterio, gusto, conocimiento) obedecen a intereses mercantiles.

Por eso es indispensable borrar las huellas. Si la voz en off fuera la del director de la editorial o del periódico, o la del propio crítico, perdería autoridad. Una auténtica voz en off que se respete tiene que hablar en nombre de algo incontestable, desde un lugar inaccesible y libre de impurezas. La voz en off anonada al que la escucha, le deja sin respuesta: en realidad procede (o quizá emana) de una instancia superior; su contenido son verdades reveladas, no materia de discusión. Por eso la crítica es una rama de la teología: literatura fantástica. 

No es que a Fulano le guste más la tortilla que el huevo frito; es que a través de Fulano se nos ofrece la revelación de que la tortilla es mejor que el huevo frito. Y no podemos poner en duda a Fulano, porque no se trata de Fulano y su gusto personal: Fulano mueve los labios, pero la voz viene de un sitio al que no tenemos acceso.

Si se viera el micrófono, el encantamiento de la voz en off desaparecería de inmediato. Si dejaran claro desde qué prejuicios, presuposiciones, estética, ideología y hasta caprichos escriben, ¿cómo iban a pontificar los críticos? Y sobre todo, ¿servirían así a los intereses de quien les contrata? ¿Podrían ofrecer lo que está previsto, lo que se espera de ellos?

Lo objetivo y lo previsible son, pues, a mi modo de ver, dos caras de la misma moneda; y la causa de que los críticos escriban mal deliberadamente.

¿Qué se puede esperar, en cambio, de los novelistas?

Tampoco gran cosa, me parece a mí: más de lo mismo (o incluso dos tazas). Somos muñecos distintos en el cajón del mismo ventrílocuo. Escritura remunerada y, como tal, ni mala ni buena: eficaz, que sirve o no a su propósito.

La primera señal de alarma es sin duda la negativa a escribir sobre autores españoles contemporáneos, sobre los colegas. ¿Qué sucede? ¿Está mal visto opinar sobre colegas? ¿Y entonces por qué en cambio sobre colegas extranjero no? ¿Por qué no lo van a leer los interesados?¿O quizá porque eso pone al que opina a salvo de las posibles represalias? ¿Es que hay represalias? ¿No se puede decir lo que se piensa sin más?

Por supuesto que no, ya lo sabemos todos. O se puede, pero tiene un precio.

En esta misma editorial se debe consultar, por ejemplo, Los mercaderes en el templo de la literatura, de Germán Gullón, que analiza el mercado literario, los grupos de presión, los intereses, las camarillas, las sociedades secretas de socorros mutuos, los entramados editoriales y mediáticos, etc.

A mi modo de ver, el libro de Gullón es impecable, salvo por un pequeño inconveniente: no entra en demasiados detalles, no da demasiados nombres. Debe de estar muy mal visto señalar con el dedo.

Como ante la Comisión McCarthy, la consigna parece ser: ¡No daré nombres!

Es posible denunciar procedimientos mafiosos, malos libros ensalzados, novelas banales y comerciales, etc. Sí, pero a condición de no dar nombres. ¿Quién quiere convertirse en un delator?

Los escritores, a intervalos regulares, montan en cólera, se rasgan las vestiduras y denuncian el tinglado con más o menos gracia: desde las insufribles jeremiadas de Juan Goytisolo (que afirma que, bajo tierra, hay alhóndigas invisibles) hasta las elípticas y elegantes censuras abstractas de Enrique Vila-Matas. El lector se acalora con el autor, se indigna, se lleva las manos a la cabeza, afirma que hay que poner fin a todo esto… pero ¿logra acaso enterarse de qué, de quién, se está hablando?

Yo creo que no. Estas diatribas son como un sudoku o un jeroglífico, pueden tener cierta gracia para los iniciados, pero resultan por completo ineficaces. Uno afirma que detesta, pongamos por caso, esos novelones con una saga familiar y mensajes secretos en códigos indescifrables. Vale, pero ¿está hablando, por ejemplo, de Cien años de soledad, de García Márquez?

Se obedece la regla de los colegios de monjas: se dice el pecado, pero no el pecador.

¿Es esto sólo elegancia, savoir-faire, benevolencia y formación religiosa?

Sinceramente, creo que no. La prueba del nueve: sí que se pueden dar nombres extranjeros. De cualquier novelista norteamericano, Juan Manuel de Prada, Diego Doncel, Guelbenzu, Muñoz Molina, etc. dirán con desenfado y franqueza lo que les parezca: aquello que no consideran oportuno decir en voz alta y en público de sus colegas españoles.

Es decir, siempre que uno esté fuera del alcance del nombrado.

La vida del escritor no es fácil: necesita ayuda. Como Blanche DuBois, los novelistas, en su escena final, sollozarán con coquetería dramática: “I have always depended on the kindness of strangers”: he dependido siempre de la amabilidad de los desconocidos.

¿Cómo va a dar un nombre español un novelista y poner en peligro un premio, una reseña, un bolo, un artículo de promoción? ¿Y si resulta que ese nombre es mañana el desconocido del que depende que uno llegue a fin de mes?

Y sin embargo, así no vamos a ninguna parte.  

En mayo de 2006 Ángel Zapata comenzaba una aportación en el blog de Vicente Luis Mora con una de esas acartonadas arengas tan repetidas:

En las circunstancias actuales no hay nada que esperar de la literatura. La literatura es una mercancía como cualquier otra, sujeta al modo de producción, distribución y consumo impuesto por la industria capitalista, y dotada —desde los dispositivos de la Institución literaria— con ese “aura” de excelencia que tiene la función de un valor añadido dentro de los circuitos de intercambio…

Y así durante renglones y renglones de lo que Girón de Velasco o Fraga llamarían soflama tabernaria.

Y, por supuesto, sin señalar a nadie con el dedo, sin dar ni un solo nombre. Entre las respuestas que recibió quiero citar (para adular a mi editor, ¿alguien lo duda?) la de Constantino Bértolo:

Entiendo que si en lugar de la queja utilizáramos la denuncia, es decir, obras con nombres y títulos concretos, quizá dejaríamos de avalar con nuestra queja, queriendo o sin querer, la impostura general. Por eso entiendo que suscribir tu texto no me compromete, o lo que es lo mismo, creo que tu texto no es un texto comprometido. Porque mi pregunta es ¿porque no se dicen en tu artículo los nombres de esos buenos chicos que escriben literatura insulsa? ¿Por qué no citar la nómina de los imbéciles y de los canallas? ¿Por qué no desenmascarar dando sus nombres a esos escritores “de éxito” que hablan contra la mercantilización de la literatura, o a esos escritores que se reclaman “de izquierdas” y "firman contratos —sin que se les mueva un músculo de la cara— con los más reputados “padrinos” del medio, o con las más voraces y destructoras multinacionales de la edición.? Hablabas antes del silencio y en efecto tú mismo puedes comprobar cómo funciona ese silencio, esa carencia de nombres concretos que es un rasgo llamativo en tu artículo.

Estoy de acuerdo: si la queja no denuncia, contribuye a mantener aquello mismo de lo que se queja: lo avala.

Nos quejamos de lo que no tiene arreglo: el tiempo, por lo general. Denunciamos cuando se pueden exigir responsabilidades, cuando tiene solución. Nos quejamos de la lluvia, pero denunciamos la falta de recogida de pluviales que provoca inundaciones. Si nos quejamos, en lugar de denunciar, estamos afirmando que no tiene arreglo. El mercado literario es así: es su naturaleza. Como la lluvia. Podemos quejarnos, pero ¿para qué denunciar? Basta con buscar resguardo, para no mojarnos, y seguir quejándonos con los pies secos.

El (muy paciente o resignado) lector que me haya seguido hasta aquí sentirá ya (o hace mucho rato) la tentación de tirarme una piedra a la cabeza. Se preguntará, imagino: pero este tío ¿qué se ha creído? ¿El guerrero del antifaz? ¿Un justiciero del Oeste? ¿Los Incorruptibles de Eliot Ness contra Al Capone y la mafia literaria? ¿Juan Sin Miedo? ¿Un héroe de la Resistencia con boina y las solapas de la gabardina subidas? ¿Ahora va a venir este individuo como un kamikaze de opereta a salvar la literatura, a despertarla del marasmo en el que se halla sumida y a abrirnos a todos los ojos?  ¡Pues menuda pedrada tiene!

Si alguna vez me hubiera propuesto algo parecido, merecería que me descalabraran.

Contestaré primero a esta pregunta: ¿qué se ha creído este tío? ¿Es el único valiente entre tantos que callan por miedo o interés?

En primer lugar: no, no soy ni mucho menos el único. Y además, no hay ninguna valentía, porque escribo desde una posición muy protegida: la del bufón. Lo que diga uno como yo puede ser neutralizado en seguida: sólo busca darse a conocer, promocionarse, hacerse el enfant terrible (¡a su edad! ¡Qué patético!). Y, a fin de cuentas, la envidia y el resentimiento hablan por su boca. Asunto concluido.

En segundo lugar: estoy diciendo lo que me gustaría hacer, no afirmo que lo haya hecho. Como mucho, algún tímido intento. Cuando hablo de los novelistas, me incluyo. Entre mis buenos propósitos (y poco más que eso) incluyo también aquel que enunciaba Cervantes: hay que escribir como si uno fuera libre. Sabemos que no lo somos, pero hagamos como si lo fuéramos. ¿Para qué? Porque creo que, al que tiene el poder, hay que forzarle a que lo ejerza. Si tenemos que obedecer, que sea a la fuerza, no por nuestra propia voluntad. La servidumbre voluntaria (eso que llaman autocensura) es, a mi modo de ver, la esclavitud más profunda y la más sutil estrategia de dominación: acabamos haciendo lo que quieren (lo que está previsto) sin que nadie nos obligue.  

En fin, simplemente me propuse ejercer mi derecho a opinar con mi propia voz.

Creo que, cuando uno utiliza la voz en off, tiene más autoridad (por supuesto), pero también corre el riesgo de no hacer otra cosa que mover los labios, como un muñeco de ventrílocuo. Así se acaba haciendo crítica en play-back. Ahora bien, si uno sólo mueve los labios, ¿quién pone las palabras?

Pues el que manda, como diría Humpty Dumpty. Las editoriales, las capillas, los archimandritas consagrados, los periódicos…

Mi única pretensión era actuar en vivo  y en directo, sin play-back. Escribir desde mi posición específica, con mis prejuicios, mi ideología, mis ideas sobre estética y poética, mis gustos personales. Es decir: correr el riesgo de no tener razón.

Para mí, eso es opinar: aceptar la posibilidad de equivocarse.

Una opinión es, según el diccionario académico, el “dictamen, juicio o parecer que se forma de una cosa cuestionable”.  No parece de recibo opinar que el agua moja, ya que no es cosa cuestionable. Siempre he pensado que decir algo con lo que no se puede estar en desacuerdo es un ademán totalitario. Los puñetazos duelen, las bombas matan, la libertad es buena… ¿para qué se dicen estas cosas, si no hay más remedio que asentir? Siempre me he preguntado si es posible opinar para provocar una discusión, en lugar de impedirla; para dar que pensar, en lugar de evitar el pensamiento y solicitar la aquiescencia; para buscar interlocutores, en lugar de reclutar acólitos.

Hablar para decir algo con lo que hay que estar de acuerdo equivale a evitar el pensamiento. Para pensar y dialogar hay que arriesgarse a no tener razón, a mear fuera de tiesto, a meter la pata y resultar inconveniente.

Hay que dejar de mover los labios en play-back y hablar en directo, aunque uno desafine: opinar con una voz reconocible, que se sepa de dónde viene, a la que se pueda contradecir.

La crítica no opina, porque su voz en off le exige ser objetiva y previsible: tener razón.

Así las cosas, con esa pretensión modesta, le propuse a Blanca iniciar una sección de sentencias judiciales.

El antecedente es obvio: la Cárcel de papel que escribía (con mucha más gracia, sí; ya me lo han dicho) Evaristo Acevedo en La Codorniz.

La forma de la sentencia me pareció adecuada para poner de manifiesto lo que la voz en off a menudo encubre: se trata de enjuiciar. Y el juicio siempre lo lleva a cabo una persona y desde una posición determinada, es una opinión razonada y una evaluación con criterios lo más explícitos posible y que pueden o no ser compartidos.

Para subrayar todo esto, la sección contaba con un espacio en internet abierto a la participación, una Segunda Instancia, y me comprometí a contestar a todas las alegaciones presentadas.

Encontré objeciones que me parecieron convincentes y también se desarrollaron debates que me resultaron interesantes. Junto a ello, hubo alegaciones que me parecieron más previsibles: te metes con (pongamos) Javier Marías porque le tienes envidia y eres un resentido, etc.

No puedo responder nada a esto. A mí no me gustan las novelas de Javier Marías e intento explicar por qué no me gustan. A otros (muchísimos más, jamás lo he puesto en duda) sí les gustan y espero que me expliquen por qué. Yo no (siempre) pienso que si alguien dice que le gusta una novela de Javier Marías lo dice en realidad para congraciarse con el autor, porque espera un favor o porque le debe dinero. Reclamo también para mí el beneficio de la duda: ¿y si de verdad no me gustan? Espero al menos que me dejen explicar por qué.

Como no soy una voz en off, no pretendo decir en ningún momento que tal novela es mala: sólo que a mí no me interesa y los motivos.

Sea como fuere, durante un año, más o menos, escribí cada semana sobre literatura en El Cultural.

Casi todos los conocidos me hacían las mismas preguntas: ¿te han partido ya las piernas? ¿Vas con escolta? ¿Necesitas padrinos para algún duelo?

Aunque me halagaba, sabía que era falso. Como ya he dicho: no hacía falta valor. Escribía (y escribo, me temo) desde una posición protegida: a mí, a cualquiera como yo (un novelista sin éxito y ya no joven) se le neutraliza en dos patadas; bien como bufón en busca de publicidad, bien como resentido que suelta bilis y, si se muerde la lengua, se envenena.

Debo decir que todos los aludidos se lo tomaron con excelente humor y sin ningún problema. Entendieron perfectamente que no pretendía ofender, sino opinar. Bueno, casi todos: uno de ellos respondió con fanfarronadas cuarteleras.

Exacto: Pérez-Reverte.

Dejé de escribir esta colaboración porque acepté otra oferta laboral incompatible.

Constantino Bértolo es amigo mío, así que siempre pensé que en realidad me propuso recopilar estas sentencias por generosidad amistosa. Para intentar convencerme a mí mismo de lo contrario, las he leído todas seguidas con el firme propósito de encontrar una “unidad profunda”, “una ampliación de sentido”, “una coherencia interna”, “una propuesta global”, etc.

Como cabía esperar, lo he conseguido. Faltaría más: todo es proponérselo, ¿no?

Creo que, en general, la materia de estas sentencias no son tanto obras literarias concretas o ni siquiera la literatura, cuanto el sistema literario en general. Lo que intentaba poner en tela de juicio, me doy cuenta ahora, no es a determinados autores u obras, sino al mercado literario como tal, la apreciación admirativa y banal de los consagrados, la promoción desvergonzada del chopped como jamón ibérico, la inanidad de la crítica, la sumisión a las consignas, etc.

Estos eran mis propósitos. Si lo he logrado o no, no me corresponde a mí juzgarlo. Mi trabajo está ya visto para sentencia.

He añadido aquí algunas sentencias que, por diversas razones, no llegué a publicar.

También me ha parecido oportuno añadir algunas muestras de crítica literaria que he ido publicando en mi blog y en otros sitios de internet. Creo que son un buen complemento práctico a la modestísima teoría (de andar por casa) con la que ya me he extendido demasiado.

Vale.

*

Visto para sentencia, Rafael Reig.
Editorial Caballo de Troya, Madrid 2008.
Prólogo reproducido con permiso del autor y de la editorial.

 

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