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Todos somos un poquito neoyorquinos





 

 

NEW YORK, NEW YORK: ¿QUÉ DECIR DE TI?

Todos somos
un poquito neoyorquinos

 

Es la capital del mundo porque en ella parecen estar contenidos todos los países y culturas de este planeta. De hecho, es tan cosmopolita que resulta difícil sentirse un turista. A la vez, tanta disgregación funciona como metáfora de un país heterogéneo y cuya razón para mantenerse unido hay que buscarla en el significado de la bandera.


Alberto Torres Blandina
albertukituk[arroba]yahoo.es

 

No sé muy bien qué decir de New York. Que no existe. Que hay tantos New Yorks que al final no hay ninguno. Como los inmortales de Borges. Que a fuerza de ser todo se convirtieron en nadie. No se puede decir nada de New York. Si digo que el domingo es el día de fiesta me contradice el sabbath judío y las tiendas de los chinos. Si digo que se come a las 13 h me contradicen los que comen a las 1,2,3,4,5,6,7,8,9,10,11,12,14,15,16,17,18,19,20,21,22,23 y 24 h. y si digo que el inglés es la lengua oficial me contradicen carteles, periódicos y conversaciones a cada minuto.

No hay New York. Hay gente. Gente que comparte un espacio sin crear una ciudad. El neoyorkino típico es de piel blancanegramarillaroja, de ojos claroscurosachinadosalmendrados y antepasados australopitecus (por encontrar un antepasado común) Pero todos, eso sí, se sienten orgullosísimos de pertenecer a New York. Y lo muestran en sus camisetas, gorras y pegatinas.  Las mismas que llevan los turistas. Porque en New York no hay turistas. O tal vez todos son un poco turistas.


NEW YORK  FETICHISTA

Me hace gracia que últimamente los críticos se quejen de la «americanización» de la nueva literatura española (entre otras artes como el cine o la música). Se ponen las manos en la cabeza y dicen que los jóvenes escritores sitúan sus historias en Estados Unidos, copian a los escritores norteamericanos y hacen referencias pop al celuloide y a los productos americanos. ¿Acaso no hemos crecido un poquito en Estados Unidos? ¿Acaso no ha sido nuestra segunda residencia durante años?

Como decía el escritor Sergio Velasco en una entrevista a Radio3: «Mi ciudad favorita es New York. Crecí con los tebeos de Superman y después con los libros de Paul Auster y las películas de Woody Allen». Y a estos referentes podemos sumar cientos. New York está en nuestro pasado. Nos pertenece a todos un poco. Paseas por el Museo de Ciencia Natural y piensas en la primera vez que Rachel y Ross se acostaron juntos, cruzas el puente de Brooklyn y piensas en Annie Hall, la estatua de la libertad te recuerda el final de El planeta de los simios y las escaleras de incendios te incitan a cantar «María, María...». Cada cual tendrá sus propios lugares fetiche: el escaparate de Tiffany's recordando a Truman Capote o Audrey Hepburn, según el caso; el parque de atracciones freak de Connie Island; las zapaterías de Manolo Blahnik o el mítico CBGB donde solían tocar The Ramones.

New York nos pertenece. Nos guste o no. Forma parte de nuestro pasado. Todos hemos vivido un poco en New York, aun a miles de kilómetros. Aun sin haber pisado sus calles.


NEW YORK DEMODÉ

Visitar New York me hace pensar en la decadencia del Imperio romano, me comentó un amigo mientras esperábamos el metro en el Lower East Side. Lo dijo por una rata enorme que se paseaba junto a nosotros. El metro se ha quedado viejo. Hasta los rascacielos —el hito de lo moderno— se han quedado viejos. No son de metal o cristal. Son de caravista, con gárgolas, columnas y nidos de gorriones. Espectaculares y preciosos aún, pero que recuerdan demasiado lo que debieron ser y significar hace un siglo. Mala señal que te hagan pensar en el pasado y no en el futuro. También por los bárbaros, acabó mi amigo cuando nos sentamos en el metro y miró a su alrededor. Lo decía sin malicia, claro. La palabra «bárbaro» significa «extranjero» y tiene su raíz en el sonido que para los griegos hacían todos aquellos que no hablaban su lengua: bar, bar, bar. Bárbaros o extranjeros son todos en New York. O, como ya dije, todos somos de New York, aunque sea un poquito (tal vez por eso, desde el primer día, sentí que pertenecía a aquel lugar y nadie me trató como a un turista).


NEW YORK, METÁFORA DE ESTADOS UNIDOS

Debo decir que iba dispuesto a que los estadounidenses me cayeran mal. Llevaba en la mochila mi cámara de fotos, algo de ropa y todos los prejuicios antiyanquis del mundo. No pude conseguirlo, lo de que me cayeran mal. Me encontré con gente amabilísima, dispuesta a ayudar en todo momento y que siempre te sonreía. Pero sobre todo me encontré con un país inabarcable del que New York es sólo una metáfora. Si New York es la suma de barrios judíos, orientales, latinos, europeos, indios o afroamericanos que apenas tienen nada que ver entre sí —sólo hay que darse una vuelta un domingo por Harlem, la Quinta Avenida, Soho o Williamsburg para comprobar cuántos New Yorks diferentes esconde New York— Estados Unidos apenas es diferente a este collage.

Pensé en Alaska, en California, en Texas, en Hawai y en Florida, y me di cuenta de que, como el propio nombre indica, es una inmensa nación formada por pequeños estados, algunos de ellos muy diferentes entre sí. ¿Qué tienen que ver los pequeños pueblos de la costa de Maine —muy similares a los escandinavos y escoceses— con las polvorientas carreteras de Nevada? ¿Y los cocoteros hawaianos con las grandes ciudades como New York o San Francisco? ¿Y el culto al cuerpo de las playas de Florida con los pescadores de los lagos helados de Alaska?


PLÁSTICO Y BANDERAS

Improvisé una respuesta: el plástico y la comida rápida. En Estados Unidos he comido langosta en un plato de plástico y he brindado con un buen vino en una copa de plástico, como si estuviese en un McDonalds y no en un caro restaurante. Para un europeo, esta falta de protocolo es realmente inquietante, al igual que la presencia ubicua en cualquier estado de las mismas cadenas de comida basura para futuros gordos: hamburguesas, perritos, rosquillas... Y las banderas. Se me olvidaban las banderas. En cualquier rincón hay una bandera americana.

Por suerte uno de mis acompañantes en este viaje era un norteamericano de Chicago. Le pregunté por todo esto, por las orgullosas banderas ondeando por todo el país a pesar de las grandes diferencias entre los estados. Me chocaba que la amable mujer que arreglaba su jardín en los bosques de Vermont se sintiese parte de la misma nación que un ranchero de Texas, un vigilante de la playa de Florida o un banquero de Wall Street. Mi acompañante me dio la respuesta. Una respuesta cuya teoría era digna de admiración, pero cuya práctica deja bastante que desear (y esto me lo dijo él mismo, muy crítico con su cultura).


UN PAÍS UNIDO POR EL FUTURO

Casi todos los países se sienten unidos por su tradición, por su pasado común. En Estados Unidos, nación joven, la cosa sucede al contrario. Los une el futuro, el destino común. Los unen dos grandes palabras: democracia y libertad. Les une el propósito colectivo de convertir esas dos palabras en los fundamentos de la sociedad futura. A los extranjeros que visitan este país, como a mí, les parece ridículo ver tantas banderas americanas (más a los españoles, claro, que por culpa de la Guerra Civil parece que nos acompleje nuestra bandera). En cada jardín, coche, ventana tienen ellos una. Y la explicación es bien simple. No es la bandera de un país, sino la bandera de una aspiración, de un sentimiento fraternal. Se sienten orgullosos de exhibir los colores blanco, rojo y azul. Los colores de la Revolución Francesa y de sus ideales: libertad, igualdad y fraternidad. Por eso su defensa de un país que es país y es utopía forjándose.

Y por eso —llegando más allá— la hipocresía y las mentiras de sus gobiernos. La hipocresía y las mentiras de sus medios de comunicación. Con el beneplácito de gran parte de la sociedad. Porque si Estados Unidos no es el país de la libertad y la democracia, entonces no tiene ninguna razón para mantener sus estados unidos. Nada más los ata. Sin esas dos palabras no hay aspiración común. Sin aspiración común no hay país. Y cuando falla la libertad y la democracia es deber de todo gobierno y de todo ciudadano concienciado ocultarlo para seguir unidos por los ideales que han fallado. Por eso tanta bandera y tanta sonrisa. Porque si no, apenas hay nada.

 

 

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