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Florencio Jiménez Burillo: «El poder inteligente no gasta mucho más de lo que necesita para ser eficaz»





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FLORENCIO JIMÉNEZ BURILLO, COORDINADOR DE PSICOLOGÍA DE LAS RELACIONES DE AUTORIDAD Y DE PODER

«El poder inteligente
no gasta mucho más
de lo que necesita para ser eficaz»

 

Florencio Jiménez Burillo es catedrático de Psicología Social de la Universidad Complutense de Madrid y coordinador del libro Psicología de las relaciones de autoridad que ha publicado la Universitat Oberta de Catalunya. Según él, más que hablar de «objeto de poder» hay que hacerlo de «relaciones de poder». Las teorías de Maquiavelo, Foucault o Chomsky, los medios de comunicación y las democracias relativas son algunos de los temas de la charla.

 

Martín Garrido
licmartingarrido[arroba]yahoo.es

Ilustración: Collaterages.

 

Maquiavelo vive, resucita una y otra vez, se encarna en la piel de cada político. Más o menos así lo ve Florencio Jiménez Burillo, catedrático de Psicología Social de la Universidad Complutense de Madrid y coordinador del libro Psicología de las relaciones de autoridad y de poder (Editorial UOC). Para este profesor, el legado teórico del florentino nutre la base ideológica de la mayoría de los dirigentes de las sociedades contemporáneas. Aquí, la estrategia aparece como elemento indispensable para sobrevivir en un escenario cambiante donde los principios éticos parecen constituir un recurso del candidato o el gobernante antes que una condición esencial al ejercicio del cargo. Y, quizá por esto, el juego táctico tiende muchas veces a transformarse, en la práctica, en un accionar donde la creatividad traspasa los límites admitidos. Se trata, al cabo, de desplegar todas las artimañas necesarias para satisfacer los intereses personales o sectoriales.

Maquiavelo se interesó por lo que el poder hace y no por lo que es. Esto significa, cómo funciona, cómo actúa, y cómo puede conservarse, antes que de intentar encapsularlo en un concepto preciso, de definirlo. Tal vez por eso haya devenido en un autor de culto para la mayoría de los dirigentes que habitaron los siglos que posteriores a su obra; sin duda para los actuales. Según sugiere Jiménez Burillo en esta entrevista con Teína, eso se evidencia en la forma de actuar, de gobernar, de quienes ostentan cargos electivos y partidarios.

En la antesala a esta conversación, el catedrático se mostró insistente en aclarar, aunque fuera a grandes rasgos, por dónde irían las preguntas. La razón era simple, explicó: el poder es un tema amplio y complejo que con facilidad puede conducir a simplismos y titulares grandilocuentes pero pobres de contenido. Es más, de resultar este el caso, no sería la primera vez que se encontrara con un periodista que pretendiera sacarle un análisis acabado de lo que es el poder en diez frases. Es decir, que el tema ha dado para muchos libros a lo largo de la historia de las ciencias políticas, por citar sólo una disciplina. Claro que, eso no le quita al periodismo la capacidad de otorgarle al entrevistado la posibilidad de acercar al lector los grandes temas y despertar su curiosidad.

¿Cómo introducir a un lector no especializado en lo que es o implica el poder?
De las decenas de definiciones que existen, quizás para una persona sin bagaje académico la más valiosa es la que lo enfoca desde un aspecto sustantivo individual. Esto significa, que el poder constituye una relación, como la paternidad: si no tienes un hijo no eres padre. La relación de poder también implica una correspondencia de A sobre B. La fórmula más comprensible es la de Max Weber, que define el poder como la probabilidad de imponer los propios valores sobre otra u otras personas bajo su consentimiento. Ocurre que, hurgando en la semántica de esta definición, el poder representa una fórmula muy descarnada que se identifica prácticamente con la fuerza; así que habría que distinguir los medios que se usan para lograr ese consentimiento. Porque, por ejemplo, si alguien le apunta a usted con una pistola, seguramente logrará imponerle sus deseos, pero no porque usted los quiera aceptar de buen grado. Esta sería, sí, una de las tantas formas de poder, que incluye fuerza, pero que no coincidiría con la enunciación mencionada. Y es que, definir el poder es muy complejo, porque además de las intenciones del poderoso ha de comprender los recursos que emplea para imponerlos y, por tanto, la respuesta del sujeto sobre los que se ejerce. Así, si damos una orden y el otro no obedece, es difícil decir, técnicamente, que exista poder.

Da la impresión de que las sociedades actuales son más complejas que las de tiempos pasados, que han surgido nuevos actores de poder y nuevas herramientas para ejercerlo.
Sin duda: la complejidad de las sociedades contemporáneas es un dato irrefutable. En la ciencia política existen dos grandes paradigmas, dos modelos teóricos sobre el poder. El de Hobbes, quizá el más grande politólogo, basado en un esquema newtoniano, donde A tiene poder sobre B de una forma unilateral, y no hay más complicaciones. Hobbes, por ejemplo, desarrolló este modelo bajo un estado absoluto propio de su tiempo. Pero es evidente que en las sociedades actuales las instituciones como la iglesia, el Estado, la familia,  han tenido un proceso de erosión muy sustantivo, y donde se ha gestado una relativa democratización política y de género, que funciona de diferente forma según la sociedad. Ello se traduce, primero, en que las fórmulas de poder son mucho menos lineales de lo que se piensa, aunque sea menos verticales que en los tiempos de Hobbes. Después, debemos considerar las relaciones de poder más complejas que el modelo donde arriba está el poderoso y abajo el oprimido, como rezaba el lenguaje marxista; también debemos contemplar el poder horizontal. Y, a mi juicio, quien expresó esto de una manera perspicaz fue Michele Foucault, quien bebió de Nicolás Maquiavelo, el otro gran maestro en la materia.

¿Qué dijo Foucault?
Él ejemplificó las complejas sociedades actuales como si fuesen redes, donde los individuos y grupos están ligados por medio de nudos; de modo que las relaciones de poder no se calificarían por la verticalidad del que está arriba respecto del que está debajo. Foucault extrajo el concepto del estricto campo del Estado y de la Ciencia Política para posicionarlo dentro de la vida cotidiana. En este sentido, todo nuestro entorno (alumnos, hijos, amantes, padres, etc.) pueden enmarcarse en relaciones de poder.

RELACIONES MÁS IGUALITARIA

¿Cómo han cambiado las relaciones de poder en los últimos 200 años, por marcar alguna distancia? ¿Qué actores y formas de poder novedosos podemos encontrar en estas sociedades contemporáneas más complejas?
En el ámbito educativo se evidencian relaciones de poder que antes no existían o seguían otros códigos. Éstas involucran bases técnicas y acciones bien distintas, han evolucionado. Así, la relación entre el amo y el esclavo es, en principio, diferente desde un enfoque sustantivo: se emplean medios de coerción diferentes de las empleadas en las relaciones más igualitarias de los modelos pedagógicos de, por ejemplo, la universidad. Así, la relación que hoy tiene el decano, el rector o el catedrático con respecto a sus subordinados, y esto se lo digo por experiencia, dista mucho de las que estas mismas figuras ejercían hace años. De hecho, cuando yo ingresé como estudiante a la universidad, el catedrático era la suma autoridad: hacía y deshacía a su antojo. Hoy es el consejo de departamentos quien decide y traza las líneas fundamentales de su dinámica, y el profesor es uno más.

En el libro usted cita un pasaje de un discurso de Chomsky que dice: «Los arquitectos del poder deben crear una fuerza que pueda ser sentida, pero no vista. El poder se mantiene fuerte cuando está en la oscuridad; si se expone a la luz comienza a evaporarse». ¿Cómo se demuestra esto en el día a día?
El poder inteligente no gasta mucho más de lo que necesita para ser eficaz. Lo contrario sería matar moscas a cañonazos, malgastar sus recursos y su acción y que resulten inútiles. Y lo que dice Chomsky, en este sentido, resulta coherente con lo que hablando sobre la democratización relativa de las sociedades actuales. Ahora mismo las vías de convencimiento, de manipulación incluso, se están mostrando como las bases para conseguir lo que el Poder — con mayúscula— desea. Incluso en el ámbito de las relaciones internacionales, quien recurre a la fuerza bruta lo tiene muy difícil. Mucho más inteligentes resultan las formas sutiles para inyectar en el subordinado la ilusión de que lo dominan bajo su consentimiento. Y una de la tareas de las ciencias sociales, que a mi juicio éstas han dejado de atender, pasa por analizar de forma crítica, desvelar, la relación de poder bajo el velo engañoso de otro tipo de relaciones, las que yacen ocultas y disimuladas bajo técnicas manipuladoras. Ésta debería ser su función primaria.

¿Cree que los movimientos antisistema o antiglobalización que surgieron en la década de los 90 han logrado someter a juicio público las esferas de poder económico y político?
No lo sé. Sinceramente, no sé hasta qué punto las grandes instituciones mundiales y el Capital —con mayúscula— se sienten o no afectados o preocupados por este tipo de manifestaciones. En principio creo que no, pero no tengo datos para afirmarlo con rotundidad.

¿Es posible trazar el perfil psicológico de un dictador o, al menos, señalar algunos rasgos característicos?
Los dictadores no son personajes accesibles a la pesquisa psicológica. Quizá Hitler constituya el personaje sobre el que más biografías se han escrito y, pese a ello, existe mucha especulación acerca de su infancia, pensamiento y objetivos. Claro, no conozco a ningún psicólogo, psiquiatra o sociólogo que haya tenido una entrevista con Hitler, nadie pudo someterlo a un interrogatorio o a un test. Y es que, los políticos y los poderosos en general, cuanto más poder acaparan se vuelven más inaccesibles. Por tanto, no existe una teoría psicológica general sobre los dictadores, y, si existiese, resultaría muy problemática e inexacta.

ANARQUISMO INFANTIL CONTRA DEL PODER

Las figuras de Fidel Castro o Bush, para citar dos casos bien distintos, tienen en común que han justificado acciones de poder controvertidas sobre objetivos ideológicos que ellos consideran esenciales. ¿Esto demuestra que el poder, per se, se encuentra exento de todo fundamento ético, que responde, más bien, a una naturaleza animal?
No puede igualarse el mecanismo de dominancia-sumisión del resto de los animales con el del poder-obediencia de los humanos. El poder es un instrumento, se puede utilizar en beneficio o en perjuicio de alguien. Como dice Foucault, es productivo: el político que lo tiene puede hacer cosas buenas gracias a eso. Existe una especie de anarquismo muy infantil que ataca a todo lo que signifique poder. Pues, mire usted, hay actos del poder que aportan beneficios a una gran parte de la sociedad, y otros, que resultan perjudiciales. Por tanto, las decisiones deben evaluarse en el contexto en que fueron tomadas, según a quién han beneficiado: si a poderosos, a dictadores y sus camarillas o a gran parte de la población. Y ello es una tarea empírica, concreta, y no teórica.

¿Qué cambios ha producido en la configuración de los polos de poder en las sociedades occidentales la aparición de los medios de comunicación?
Montesquieu no lo pudo adivinar en su origen, pero ahora sabemos que junto al Ejecutivo, Legislativo y Judicial, los medios constituyen el cuarto poder. En muchas ocasiones determinan las decisiones de los políticos; de hecho, condicionan la percepción que tiene los ciudadanos de los asuntos públicos. Nos enteramos de las acciones políticas y económicas a través de ellos. En este sentido tienen una importancia extraordinaria. Además, la diversidad de canales informativos, de empresas mediáticas, implica que sobre una misma cuestión puede apreciarse diferencias sustanciales de enfoques. Y las creencias y actitudes en torno a esa cuestión dependerán de la información y conocimiento previos que posea el receptor del medio de comunicación que la transmite y que puede ser el que habitualmente esa persona consume.

 

 

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