Condenados a seducir a través de la pantalla

Marketing + Política = Un matrimonio fatal

Colaboraciones

Juegos de poder tras una media de rejilla, por José Beltrán

El seductor a la caza del brillo fugaz de un objeto bello, por Paloma Martínez


Entrevistas

Florencio Jiménez Burillo: «El poder inteligente no gasta mucho más de lo que necesita para ser eficaz»





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Notas

1) Las diversas plasmaciones literarias en que ha cobrado forma la figura del seductor dibujan una serie de rasgos que podrían constituir su modelo prototípico. Aun cuando la historia de la literatura ha asociado este modelo primordialmente al varón, cabe afirmar que la seducción carece en esencia de género, pues refleja más bien una actitud del individuo frente a sus semejantes, por lo general los del sexo opuesto, perfectamente aplicable, al menos en la sociedad de hoy en día, tanto a hombres como a mujeres. No obstante, debe tenerse en cuenta que las estrategias atribuidas históricamente a cada uno de los sexos en el arte de la seducción habrían diferido en función de los distintos atractivos asignados a ellos. En relación con esta cuestión y sobre el tema de la seducción en general puede consultarse la interesante obra de Jean Baudrillard De la seducción, en la que se apoya parcialmente este texto. 

Enlaces para ampliar el tema

Marketing político en Wikipedia

Ciberpolítica

Revista Chasqui, comunicación y política

RED para el Poder

Manual de Marketing Politico

MarketingPolitico

Sitio web de la AAMP

Portal Político Iberoamericano

Sitio web de la OCPLA: Organización de Consultores Políticos Latinoamericanos

Medios y Política

Desafectación política, medios y comunicación

 

 

CUANDO LA SEDUCCIÓN PERSIGUE COSIFICAR

El seductor a la caza
del brillo fugaz de un objeto bello

 

¿Qué busca una persona que intenta conquistar a otra? En muchos casos, el placer reside, más que en el favor sexual, en el desafío de la seducción: doblegar la voluntad del seducido, pero sin que éste sea consciente del juego impuesto. Es decir: establecer una relación de poder. Kierkegaard la describió en Diario de un seductor a través de un personaje inolvidable, Johannes.

 

Paloma Martínez

Ilustración: Collaterages

 

Sí, es cierto: habitualmente se atribuye al seductor (1) la aspiración a obtener los favores sexuales de otro individuo por medio de alguna suerte de engaño. Sin embargo, no es el sexo en cuanto tal lo que lo mueve. Su placer proviene ante todo del proceso mismo de la conquista , del periplo excitante de la caza, convertido para él en un desafío tanto más gozoso cuanto más difícil de alcanzar se le aparezca su presa. El acto sexual sólo representa, entonces, la culminación de un conjunto de estrategias cuyo cuidadoso cálculo y puesta en práctica configuran el verdadero atractivo de la empresa de la seducción. De ahí que tal culminación dé paso al inmediato abandono del seducido, carente ya de todo interés para el seductor una vez conquistado y poseído.

Dada la resistencia o franco rechazo a la entrega erótica que de antemano se presupone en el seducido, el objetivo fundamental del seductor estribará en doblegar su voluntad. Pero la voluntad de la víctima debe ser sometida y apartada de su propia verdad sin que ésta sea consciente del juego impuesto por el seductor. Bajo sus redes, el seducido sufre una suerte de hechizo, de embrujamiento: en todo momento sentirá estar actuando por iniciativa propia, libre de la sospecha de que el deseo de rendición ante el seductor que finalmente le embargará sólo es fruto de su estrategia e ingenio. Por ello, el engaño constituye el factor clave del arte de la seducción: con el fin de lograr sus propósitos, el seductor deberá hacer creer al seducido que sus intenciones son muy distintas de las que realmente le animan .

En rigor, el principal instrumento de la seducción reside no tanto en la mentira como en la ambigüedad, en las medias palabras, en el juego de apariencias que induzcan al seducido a creencias erróneas y susciten en él un vivo deseo amoroso hacia el seductor. Entre ellas, la más común será la de que éste le profese un amor verdadero, un amor tan puro que no temerá, al término del proceso, saltar las barreras socialmente establecidas para entregarse de forma absoluta.

EL JOHANNES DE KIERKEGAARD

De los muchos seductores que han poblado la historia de la literatura, resulta especialmente inquietante la figura que Kierkegaard creara en su obra Diario de un seductor. Probablemente, porque su complejidad y sutileza psicológicas hacen de su protagonista un personaje tan ambiguo como tenebroso. El texto de Kierkegaard se presenta como la trascripción del diario personal de Johannes, realizada por un personaje anónimo que da casualmente con el cuadernillo y juzga a su autor como un ser corrompido y abocado a la desgracia.

El diario comienza con la primera ocasión en que Johannes ve a una muchacha de la que dice haberse enamorado apasionadamente. Nuevos encuentros azarosos le descubrirán que aquélla se llama Cordelia. Encandilado por su gracia y su candor, Johannes pondrá en marcha un minucioso plan estratégico para introducirse en su vida y despertarle su amor hacia él. Sin embargo, conforme avanza el cuaderno, se va haciendo cada vez más evidente que los sentimientos de Johannes, por más que él los describa como amorosos, son de una naturaleza un tanto peculiar. Johannes piensa que «la mujer existe esencialmente para otro ser», de manera que la única tarea femenina digna, aquella que podría llevarla al máximo de sus posibilidades, consiste en el completo abandono a su amado, en el sacrificio incondicional por él. Es ahí cuando la mujer adquiere su mayor brillo y belleza, y cabrá obtener de ella los más «grandes y verdaderos placeres». Guiado por esta idea, Johannes se propondrá que su víctima, en quien intuye una feminidad auténtica, termine por pertenecerle con todo el ardor y pasión que sea capaz desarrollar hacia él: será entonces cuando habrá alcanzado el punto más elevado de su condición de mujer .

Descrito en estos términos, y dejando al margen el prejuicio histórico machista inherente a la actitud de Johannes, nada reprobable parece haber en sus intenciones. Él está, además, firmemente convencido de brindar a Cordelia el acceso a un mundo de emociones y sentimientos que ningún otro hombre de su provinciana ciudad podría ofrecerle. No obstante, las palabras finales que cierran el diario, escritas a la mañana siguiente de su primer y último encuentro erótico con la muchacha, pondrán de manifiesto el carácter profundamente inmoral de su juego de seducción:

¿Por qué no había de durar infinitamente una noche como ésta?

Ahora, ya ha pasado todo; no deseo volverla a ver nunca más...

Una mujer es un ser débil; cuando se ha dado totalmente lo ha perdido todo: si la inocencia es algo negativo en el hombre, en la mujer es la esencia vital...

Ya nada tiene que negarme. El amor es hermoso, sólo mientras duran el contraste y el deseo; después, todo es debilidad y costumbre.

Y ahora ni siquiera deseo el recuerdo de mis amores con Cordelia. Se ha desvanecido todo el aroma. Ya ha pasado la época en que una muchacha podía transformarse en heliotropo a causa del gran dolor de que la abandonasen...

Ni siquiera deseo despedirme; me fastidian las lágrimas, y las súplicas de las mujeres, me revuelven el alma sin necesidad.

En un tiempo la amé, pero de ahora en adelante ya no puede pertenecerle mi alma... De ser un dios, haría con ella lo que hizo Neptuno con una ninfa: la iba a transformar en hombre...

LA COSIFICACIÓN DEL SEDUCIDO

En el momento en que sucumbe a las estratagemas de Johannes, Cordelia ha perdido definitivamente para él todo su atractivo: la misma entrega que la ha elevado al máximo de su esplendor la ha destruido a sus ojos. Desaparecida su inocencia, su feminidad ha quedado intrínsecamente dañada. Johannes sólo ha pretendido hacer brillar a Cordelia en la exaltación de su pasión de mujer para gozar él mismo de ese brillo. El brillo fugaz de un bello objeto que ahora, ya inservible, puede ser despreciado y rechazado sin remordimientos.

La figura del seductor perfilada por Kierkegaard evidencia así la relación de poder, establecida sobre las bases de la cosificación del sujeto seducido, que anima en su fundamento el juego de la seducción. El seductor contempla al seducido como un mero instrumento al servicio de su placer. Pero ese placer implica un sometimiento de la voluntad de su víctima que habrá de conducir, necesaria y premeditadamente, a su aniquilación. El triunfo de la estrategia del Johannes exige la destrucción de la natural e inconsciente fuerza seductora de la gracia juvenil de Cordelia. De su sacrificio depende la afirmación del poder del cálculo y el ingenio del bello arte de la seducción. Un arte que el planteamiento kierkegaardiano descubre en su más profunda inmoralidad. Ajeno a cualquier reconocimiento o identificación con el dolor que sus acciones hayan infligido a su víctima, el seductor es ciego para aquella capacidad cuya ausencia invariablemente desemboca en la deshumanización del otro: la capacidad de ponerse en su lugar.

 

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