Reseñas

Ah pero, ¿yo soy el malo?
Un día de furia, de J. Schumacher

Cuando la tentación se revela ante la mirada
Una chica cortada en dos y La edad de la ignorancia

Sólo tengo mi palabra y mis cojones
El precio del poder, de Brian de Palma

El poder de vender información: titulares incendiarios en una sociedad plural
Documental de la ONG Rescate


Textos cinéfilos

El cine: ¿comunicación social o séptimo arte?
Historia(s) del cine, de Jean Luc Godard

Entrevistas

Miguel Machalski:
«El guión es la piedra angular de un proyecto cinematográfico, pero no es la película»





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EL PRECIO DEL PODER, DE BRIAN DE PALMA

Sólo tengo mi palabra
y mis cojones

 

Brian de Palma y Al Pacino contaron en esta película la historia de un delincuente cubano: Toni Montana, quien primero busca hacerse hueco en el hampa de Miami y luego ascender hasta la cúspide del mundo delictivo. Como buen aspirante a magnate, Montana quiere poder, lo quiere ya y cueste lo que cueste.

 

Óscar Soler P.
oscar_teina[arroba]yahoo.es

 

En 1983, Brian de Palma rehizo un clásico del cine norteamericano y lo tiñó de sangre. O más bien, lo ahogó en sangre. El precio del poder (1983) es una película violenta y llena de excesos. Por una vez, un remake dejó de ser un mero producto para recaudar dinero y se convirtió en otro clásico, ochentero, hortera y con una banda sonora acorde a la trama.

La película cuenta la historia de Toni Montana, un emigrante cubano que viaja a EE.UU para conseguir dinero fácil en el mundo del hampa. Toni se instala en Miami junto a su amigo Manny Rivera, y juntos tratan de meterse en el tinglado de la droga. Allí ambos se ponen al servicio de un narcotraficante (Robert Loggia) aficionado al mal gusto —véase la decoración de sus propiedades— y a las mujeres bonitas —Michelle Pfeiffer encarna a su novia—. Sin embargo, lo que destaca del capo son sus negocios y el dinero que maneja. Toni y Manny quieren meter el hocico ahí porque desean pasar algún día de simples verdugos a magnates de la coca. Y cuanto antes mejor.

Al Pacino interpreta al protagonista —Toni—, un tipo que se quiere comer el mundo, que vendería su alma por mandar, por tener el poder, por llevar las riendas. Un personaje que desembarca en Miami para coger lo que según él le pertenece. Porque el protagonista no se conforma con el sueño americano; no quiere uno, los quiere todos. Y los quiere inmediatamente y sin rechistar. No llega a EEUU para que le manden, para ser el chico de los recados. No. Toni llega para recoger cada porción de tarta, y de paso para cargarse a los que no estén conformes con sus intenciones.

TENERLO TODO
PARA LUEGO TIRARLO POR LA LETRINA

Por esta razón el peso de la obra recae completamente en Al Pacino. El actor borda un personaje frío, excesivo, bronceado para dar el pego como cubano. El doblaje español le hace un flaco favor porque el acento cubano del actor y la jerga que utiliza en la versión original no tienen pérdida. Por no hablar de su modo de expresarse: «Aclaremos esto. Sólo tengo mis pelotas y mi palabra. Y no me las rompo por nadie». Está visto que el personaje pasa por encima de quien sea para conseguir sus objetivos.

Hay una escena que lo deja bien claro: atrapan a Toni y a unos compinches suyos. Cogen a uno de ellos y lo torturan con una motosierra hasta matarlo. Toni es el siguiente, pero no pide clemencia; su orgullo está muy por encima de su pellejo. Por suerte, llega su amigo Manny con refuerzos y le ayudan a escapar. Estalla un tiroteo en el piso donde ocurre el escarmiento. A continuación, el jefe de los que se enfrentan a Toni baja cojeando por las escaleras y sale del edificio con el protagonista detrás. Pues bien: Toni le adelanta, se planta en medio de la calzada, delante de decenas de testigos —le da lo mismo—, se pone ante el tipo en cuestión, le grita para que le mire a la cara y le mete un tiro entre ceja y ceja, a bocajarro, con la policía detrás de la esquina.

Así se pasa la tarde con El precio del poder. Además, la ambientación tiene un cariz cutre que falta mucho en este género cinematográfico: la acción sucede en la zona sur de Florida, entre palmeras, camisas hawaianas, jacuzzis, alcohol, mesitas de noche llenas de polvo blanco, y por supuesto delincuentes de poca monta, cutres en el vestir y en su quehacer. Sus tres horas de metraje ofrecen un rato largo de vacaciones entre maleantes, gente de palabra (Toni y sólo Toni) y canallas que regalarían a su madre por un alijo que vender.

Con todo, Brian de Palma (Vestida para matar, El fantasma del paraíso, Atrapado por su pasado) dirige la típica historia del ascenso y la caída del magnate de turno; un hombre que no sabe ponerse límites y que fastidia el asunto debido a su pasión por esnifar, su falta de autocontrol y por sacar a relucir sus sentimientos en el momento más inoportuno. Una película que tiene moraleja —el dinero, el poder y la ambición son malos y no dan la felicidad—, pero que demuestra lo contrario, sólo que hay que saberse moderar y no salpicarse demasiado con la sangre del prójimo.

 

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