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UN DÍA DE FURIA, PELÍCULA DE JOEL SCHUMACHER

Ah pero, ¿yo soy el malo?

 

Bill Foster dice no a las obras del ayuntamiento de Los Ángeles. También a la subida de precios y a la delincuencia. Incluso le dice no a la orden de alejamiento que tiene de su ex mujer y de su hija. Cansado de todo ya, Foster, además de ver a su hija, se ha propuesto poner orden en la ciudad. Michael Douglas y Robert Duvall protagonizan esta película de Joel Schumacher.

 

Óscar Soler P.
oscar_teina[arroba]yahoo.es

 

Se suele decir que un día malo lo tiene cualquiera. Esto es un tópico, pero si hay gente que también lo lleva mal, sirve de consuelo. Un día de furia (Joel Schumacher, 1992) retrata muy bien esos ratos que dan ganas de matar, de convertirse en un fascista incontrolable y dejar de reciclar el plástico, o no tirar más de la cadena en los baños públicos, o peor aún: ocupar dos plazas enteras cuando aparcas.

Michael Douglas interpreta a Bill Foster, un tipo que le tiene ganas al quiosquero que vende los refrescos a precio de oro, un señor que quiere vengarse por dignidad, un auténtico héroe del desahogo, de vapulear a inmigrantes malintencionados, de dinamitar obras públicas con las gruas de por medio. En definitiva, Bill es un hombre que no tiene nada que perder. Quiere ver a su hija, que vive con su madre, de quien tiene una orden de alejamiento. Tan sólo eso: quiere ir a casa de su ex mujer el día del cumpleaños de su hija.

Sin embargo, el día resulta poco propicio para tartas y el protagonista pierde la paciencia: abandona el coche en un atasco infranqueable y se larga a pie en una cruzada hasta la casa de su ex mujer. En su camino se cruza con un policía, el señor Prendergast (Robert Duvall), que justo el día de su jubilación decide convertirse en el héroe que nunca fue y trata de pararle los pies al supuesto psicópata.

 

LA CIUDAD
ES DEMASIADO GRANDE PARA AMBOS

Prendergast está casado con una señora paranoica que le necesita; posesiva, culpabilizadora y reprochante, esta mujer ha condicionado brutalmente la vida del policía. Temerosa de quedarse sola, de que le suceda algo a su marido, le convierte en una rata de despacho, en un tipo que apenas ha patrullado los pasillos de la comisaría por si muere a causa de un esguince o por el humo del tabaco de los compañeros. Un personaje, su mujer, que le llama continuamente para saber si sigue vivo, si vendrá pronto para cenar, si no ha muerto en el tiroteo de la 65 con West Street. Así es normal que Prendergast esté quemado y quiera desfogarse en su último caso.

De este modo, mientras Bill va directo a violar la orden judicial que le mantiene lejos de su familia, Prendergast le sigue la pista a través de Los Ángeles; una ciudad que arde de calor, con un tráfico colapsado y una gente que pierde los buenos modales si no tiene aire acondicionado. La totalidad de la película se desarrolla en sus calles, donde los protagonistas tropiezan con delincuentes, funcionarios y heladerías ambulantes. Así todo el rato, hasta el duelo final.

El argumento es simple, pero es que Joel Schumacher hace cine para todos los públicos. Y esto no es porque sus películas sean más o menos tórridas o violentas, sino porque este director igual estrena Batman y Robin (un fracaso comercial) que El número 23 (suspense farragoso) o que Última llamada (historia breve pero intensa). Schumacher tiene en el bolsillo a la crítica y a los espectadores: a quien no le gusta una, le gusta otra. Tiene películas para todos los gustos. En el fondo, se trata de taquillazos con historias sencillas y efectistas a modo de videoclip, pero con un público fiel.

En este caso, Un día de furia atrapa al espectador con la historia de Bill: el personaje se pone tonto con el calor y se lía a tiros por la calle y a denunciar cuatro situaciones típicas de las grandes ciudades. Cuatro cosas que molestan a cualquier ciudadano: las obras del metro, los precios, etc. Ahí es donde el cinéfilo se enamora del protagonista. De este modo, Schumacher consigue una película de acción para perder el estrés un día de esos que vale la pena no levantarse de la cama.

 

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