La utopía de la copia, de Mercedes Bunz

Clic, la música que amansa al internauta



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Mercedes Bunz
exprés


Magdeburg, Alemania, 1971. Crítica cultural y periodista, doctora en filosofía.

Inédita en castellano hasta la publicación de La utopía de la copia en Interzona (2007). Dirige la revista de música electrónica DE:BUG y es jefa de redacción de la revista Zitty.

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LA UTOPÍA DE LA COPIA, DE MERCEDES BUNZ

Desordenar el presente

 

¿Se desdibujan la «autenticidad» y la «identidad» de una obra musical en el pantano de la copia digital? Desde Gilgamesh a Gutenberg y de Gutenberg a Google, las técnicas de copia han transformado la cultura y han revolucionado la sociedad. Según Mercedes Bunz —crítica cultural alemana—, quizá con la copia digital haya regresado la utopía, un valor que se había convertido en un fantasma huidizo tras la Caída del Muro de Berlín.

 

Pablo Contursi
pablocontursi@hotmail.com

Ilustraciones: Mercedes Villalba.


Una ficción del futuro esboza lo que podría pasar. La utopía, por el contrario, no apunta al futuro. La utopía existe exclusivamente para mantener en jaque al presente, para desordenarlo.

Mercedes Bunz

Mercedes Bunz es una crítica cultural alemana. En La utopía de la copia (Interzona, 2007) ha reunido artículos publicados en diversos medios de comunicación entre 2001 y 2006, que abordan asuntos como las descargas de música en internet, los clubes de fans adolescentes, las mutaciones del pop en la edad de sus aficionados, la construcción del sujeto en el ciberespacio, y una teoría de los medios técnicos a partir de algunas características (no musicales, por cierto) de Kraftwerk y de Missy Elliot. Todo ello apuntalado por citas de Derrida y Deleuze. Como Rafael Cippolini en Contagiosa paranoia, Bunz mezcla en su escritura la academia con el pop, lo culto con lo popular, la crítica de arte con los fenómenos sociales masivos, la filosofía con las corrientes de la moda.

“El pop como irritación” es una de las dos partes en que se divide La utopía de la copia. Allí Bunz trata, por ejemplo, las nuevas maneras en que moda, arte, trabajo y poder se trenzan en la sociedad contemporánea, las diferencias entre las juventudes de hoy y ayer o la nueva masculinidad berlinesa (una especie de metrosexualidad). Ensaya también una construcción teórica de los medios técnicos a partir del manejo de la imagen pública por parte de artistas de música electrónica y pop como Missy Elliot. Y se anima incluso con el desconcertante éxito de las bandas jóvenes desideologizadas que fusionan sin ton ni son «símbolos y signos que alguna vez connotaron cultura y rebelión», en particular los alemanes Tokio Hotel (en la Argentina, sus hermanos de imagen se llaman Airbag).

La otra parte, que da título al libro, es el objeto principal de esta reseña.


EL FANTASMA QUE HUYÓ
SIN QUE NADIE LO VIERA

En el ensayo “La utopía de la copia” Bunz se pregunta, casi veinte años después de la caída del Muro de Berlín, por la silenciosa retirada de la utopía de los espacios del arte y de la política. Para investigar este misterio, repasa notables proyectos del siglo pasado (las vanguardias, el comunismo), consulta a pensadores como Ernst Bloch y Michel Foucault, y logra dar con un fantasma que (a través de una alusión a una famosa frase de Marx y Engels) aparece hoy arrastrando sus cadenas no ya únicamente por Europa, sino por el mundo entero... Se trata de la utopía.

En la actualidad, ni el arte ni la política se abocan a concretar utopías o a expresarlas; estas se han convertido en un fantasma. Y no en cualquiera, por cierto, sino en uno que se desvaneció sin dejar rastros: «Nadie notó su partida, no hizo ruido al soltarse de sus cadenas ya oxidadas», dice Bunz. «Sólo cuando el fantasma ya no estaba, hablaron de él».

Cuando cayó el comunismo, ya se sabe, las opciones de rebelión, políticas o retóricas, se redujeron casi a cero. «Lo que se observa», agrega Bunz, «es que las ideas utópicas en el sentido de la tradición comunista reaparecen hoy en un lugar completamente distinto, como es el discurso en torno a lo digital». Y más específicamente, un «resplandor utópico» se detecta en esa herramienta tecnológica, o ese proceso, que es la copia digital, la copia idéntica.


A COPIAR, QUE SE ACABA EL MUNDO
Las posibilidades de una cultura, dice Bunz, están determinadas por las técnicas de la copia. Tiene razón: de Gilgamesh a Gutenberg y de Gutenberg a Google, las técnicas de la copia han dejado constancia de la existencia de objetos culturales de los que de otro modo nada sabríamos, pero también han promovidointercambios que, luego de rebotes y multiplicaciones, han retroalimentado a la propia cultura. (Costaría concebir una cultura que no funcionase con ese motor, con ese corazón duplicador de signos y símbolos a partir de cuyos planos maestros se construyeron la imprenta, el libro e internet). A medida que se avanza en el tiempo, con todo, la copia pierde libertad y gana sujeciones a normas: Napster, que no era más que una gran copiadora de bits (como la misma internet), chocó con el copyright con un ruido que los fundadores de la escritura (los que transferían la epopeya de Gilgamesh desde la tradición oral a esas tablas hendidas por marcas cuneiformes) jamás hubiesen podido entender.

La humanidad tiene una historia inolvidable de romances con el concepto (cambiante, diversificado) de «identidad»: además de ser un arquetipo cosmogónico y filosófico, y una obsesión de la matemática y de la lógica, en las sociedades modernas da origen a un elemento que, fundado en un sistema semiótico y semántico del valor, sirve para tramar una superficie de igualdades forzosas para que transiten por ella objetos diferentes: el dinero.

En ese capítulo de la Era Técnica que es la Era Digital, por primera vez en la historia de la humanidad se producen copias idénticas de objetos (virtuales, se entiende). Esto pasa en el momento en que el capitalismo y su feroz control de la propiedad consolidan el sistema económico más fuerte y de mayor alcance que ha existido. Cualquier persona que tenga acceso a una computadora puede conectarse con otras, descargar archivos de música; y ello sin pagarles nada a los músicos ni a las empresas discográficas que editan esos álbumes. En la red, millones de personas comparten millones de archivos que son copiados a través de miles de kilómetros sin pérdida de información. Además, todas esas copias son idénticas al original, e idénticas entre sí. (¿Lo son?). Algo se nos perdió en la puerta de entrada a la Era Digital.

Explica Bunz, en una línea de ideas que se prolonga desde un imprescindible texto de Benjamin (La obra de arte en la época de la reproductibilidad técnica, 1936):

La copia clásica en tanto reproducción estaba orientada siempre hacia un punto de partida, hacia el original; su forma moderna consistió en la producción de una serie que, aunque ponía el acento en la sucesión, partía siempre, en negativo, de un patrón o, en positivo, de un prototipo. Con la copia idéntica se modifica la calidad de las relaciones establecidas entre original, copia y serie.


UN SUSTO EN NINGÚN LUGAR
La irrupción desestabilizadora de este proceso que fabrica igualdad (objetos idénticos) y que sucede en un lugar virtual (en ningún lugar, si se quiere) es un resquicio utópico en el macizo castillo del orden establecido, o bien como dice Bunz «un asedio o un susto». No es una «alternativa» real, sin embargo, pues parece saberse de antemano, como la autora deja traslucir en su texto, que la estructura mundial impuesta por el capitalismo es invencible. Con Deleuze en mente, y modificando un célebre diagnóstico de Benjamin, dice Bunz:

La autenticidad ya no está reñida con la reproductibilidad técnica. Todo rasgo representacional asociado a una relación entre original y copia se suprime. El ajuste a un origen, el ajuste a un centro, es reemplazado por una progresión sin centro.

Dicha falta de centro se observa también, cuenta Bunz, en la arquitectura de internet, en el nivel de lo macroestructural, y puede rastrearse históricamente en los aportes teóricos que el ingeniero eléctrico Paul Baran realizó en los años sesenta en sus investigaciones para la corporación estadounidense RAND de desarrollo tecnológico–militar. Baran (a quien Bunz menciona en una nota al pie) inventó un método de transferencia de datos llamado «conmutación de paquetes» (packet switching) y delineó un formato de red «distribuida».

Pero, ¿es verdad que la copia idéntica hace desaparecer el «ajuste a un origen», la referencia al objeto auténtico, producido por el artista? ¿Se puede afirmar que ya no hay «oposición entre original y copia»? ¿Es cierto que, como cree Bunz, con las tecnologías de reproducción digital la «autenticidad» y la «identidad» originales de los objetos de arte (la música, en particular) se separan de su relación con las copias?


EN BUSCA DEL AURA PERDIDA
De acuerdo con Mercedes Bunz y con los párrafos precedentes, las respuestas tendrían que ser afirmativas. A diferencia de lo que sucede con la copia analógica, en un proceso de copia digital no hay pérdida de información: una vez iniciado en serie, en teoría puede continuar ad infinitum, con Dios y su mirada eterna como únicos testigos. Pero en la copia analógica (litografías, fotografías, películas y cintas) la información se degrada en cada paso: si C es copia de B, y B es copia de A, entonces C es siempre distinto de A. (En ese sentido, podríamos apuntar que lo analógico es afectado por la entropía, mientras que no lo digital).

Sea cierto que, como dice Bunz, en el entorno digital la «relación jerárquica entre las copias» se confunde, no se puede afirmar que la obra de arte haya roto aún completamente sus lazos con eso que se nos extravió en la puerta de entrada a la Era Digital. No ha perdido sus lazos con eso que Benjamin denominaba el «aura». No del todo, al menos: piénsese que la mayor parte de la música que circula en internet lo hace en formato MP3, un tipo de compresión de datos que, aunque no conserva la exacta calidad de sonido de la fuente, sí regenera una imitación bastante aproximada, suficiente como para engañar al oído del oyente. Los archivos compartidos por los usuarios raramente son idénticos al objeto original, al disco de audio de alta calidad, de calidad original. La duplicación de datos en formato digital garantiza, si se realiza con éxito, la identidad entre la copia y una fuente: ¡sólo si ambas son digitales!

La mágica conservación de la identidad de datos en la copia digital, o en una cadena de copias digitales, se rompe si es interferida por un eslabón no digital, ya sea que el mismo esté situado en el medio, al final o al principio de la serie.

¿Se desdibujan, entonces, la «autenticidad» y la «identidad» de una obra musical en el pantano de la copia digital? La respuesta es que, por más desdibujadas que estén en la red, si se las busca donde hay que buscarlas, se las hallará: en el exterior, afuera de la red. Es allí donde hay, para cada disco que se edite, un original: lo que se llama un «máster» (el disco maestro del que se obtendrán todas las copias a comercializar).


¿A QUIÉNES LES PERTENECE EL FUTURO?
Desde el punto de vista etimológico, la utopía (ou topos) remite a la ausencia de un objeto, o mejor: a la falta absoluta de lugar para un eventual objeto.

Es posible que la fuga de la utopía al ciberespacio sea un indicio de fuerza y de vigencia, una señal de que la utopía no ha perdido el famoso tren del progreso tecnológico. Son pocos los órdenes de la vida humana que permanecen aún intactos por la informática: cualquier disciplina que se asocie a ella gana en rapidez, en capacidad y en precisión; por no hablar de la obvia significación social de las redes de computadoras (gracias a las que, sin ir más lejos, esta reseña tiene lectores). Dice Bunz:

La copia idéntica puede ser leída como un signo utópico: las reglas no seguirán siendo iguales porque hay un lugar, un lugar u-tópico, un lugar sin localización, que interrumpe esas reglas.

Si, por el contrario, se piensa en dicha fuga no como en el signo de vigencia de un empuje subversivo, sino como en una simple desaparición, entonces lo que se observa es el triste espectáculo de la metamorfosis de un fantasma político (capaz de desordenar el presente, para volver a la cita del epígrafe) en un fantasma esnob y acomodaticio. Un fantasma que se conecta a la red para conseguir gratis la música que escuchan sus amigos y que los medios de comunicación aprueban (y para conseguir amigos que aprueben estos gustos), y no para discutir las reglas establecidas ni destapar los puntos débiles del totalitarismo actual. Una degradación, en suma, que consiste en la transformación de una entidad que estaba figuradamente en ningún lugar en otra que existe en ningún lugar de manera literal.

Buena parte de las consideraciones de Bunz en este ensayo es de una lucidez poco común, al mismo tiempo aguda y diversa. Y si se pueden establecer reparos sobre varios de los detalles de este ejercicio de comparación entre filosofía, sociedad y tecnología, ello no obsta para que La utopía de la copia sea un libro que convenga releer cada tanto, aunque más no sea para comparar realidad y letra, y examinar qué clase de orden rige en el mundo, y con qué clase de desorden convenga entonces desarmar las reglas que ninguna solución política y ninguna revolución artística podrán ni querrán cambiar.

 

 

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