Colectivo Ma colère
«La vergüenza y el odio hacia una misma existen en el cuerpo de todas las mujeres»

Imágenes del libro Mi cuerpo es un campo de batalla




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Entrevista al colectivo francés ma colère

«La vergüenza y el odio hacia una misma existen en el cuerpo de todas las mujeres»

 

Transformar la relación con el cuerpo. Eso es lo que pretende el colectivo ma colère, autor de Mi cuerpo es un campo de batalla, un libro donde palabras y fotografías se dan la mano para reflexionar sobre asuntos como la anorexia, la bulimia o el sexismo, y de paso romper con los cánones vigentes sobre qué es tener un cuerpo perfecto. Menos frivolidad y más aceptación del cuerpo propio es lo que reclaman.

 

Lirios Mayans y Anna Albadalejo
redaccion@revistateina.es


Mi cuerpo es un campo de batalla representa mucho más que un libro colectivo. Es, sobre todo, la parte más visible de un largo proceso de reflexión grupal sobre el cuerpo femenino que enfrentaron cuatro mujeres francesas, y que en 2004 y 2005 se animaron a mostrar con imágenes y palabras sus conclusiones sobre asuntos tan candentes como la anorexia, la bulimia o el sexismo. Las protagonistas fueron Myriam, Sabine, Lucile y Fabienne, quienes integran el colectivo artístico ma colère, radicado en Lyon.

En esta entrevista de finales de 2006, el grupo habla con Lirios Mayans y Anna Albaladejo, de Ediciones la burbuja, la editorial que publicó el libro en España. Teína reproduce fragmentos de aquel diálogo y algunas fotografías que incluye el proyecto. Como música de fondo, recomendamos escuchar a Françoiz Breut, cuya canción Ma colère da nombre al colectivo (clic acá).

¿Cómo surge y en qué consiste exactamente mi cuerpo es un campo de batalla?

Fabienne: El proyecto nace de un primer fanzine que se llamó Tu cuerpo es un campo de batalla. El objetivo era traducir un artículo de Carla Rice que para mí era muy importante y que quería difundir en el ámbito feminista, y así impulsar la discusión sobre temas como la alimentación o la privación de alimentos. Me motivó ver a chicas muy jóvenes, como mis sobrinas, que tenían entonces seis u ocho años, muy preocupadas con su apariencia y metidas ya en problemas de peso. Por ejemplo, una de mis sobrinas había decidido saltarse el desayuno para no engordar... Me asustó comprobar que el malestar y la inquietud respecto a las normas de ultradelgadez comenzaban a vivirse a edades cada vez más tempranas. Yo recuerdo haber empezado a obsesionarme con estas cuestiones hacia los doce o trece años, pero no a los seis... Me pareció que el fenómeno denunciado por Carla Rice atacaba de manera cada vez más masiva y cada vez más a las mujeres. Y me dije que era urgente quitarle frivolidad a este fenómeno y convertirlo en un eje indispensable de lucha feminista. O al menos suscitar el debate.

Entonces, surgió el proyecto...

Fabienne: A partir de ahí, varias mujeres se pusieron en contacto conmigo para trabajar juntas sobre la relación con el cuerpo y elaborar un libro a partir de ese tema. Formamos un colectivo, y tras un periodo de dos años de reflexión y debates sobre qué forma darle a la obra, en qué dirección trabajar, etcétera, llegamos a un resultado. Y cada una ocupó un lugar en las diferentes etapas de creación del libro.

Además de palabras, el libro resulta muy visual, ¿no?

Fabienne: Al principio teníamos los textos; pero en el colectivo existía también una práctica casi general del dibujo y de la pintura. Así que, pensando en la representación del cuerpo, nos pareció tan importante trabajar sobre la imagen como sobre la palabra. Por otra parte, pretendíamos llegar a un público más amplio: si bien en el ámbito militante estamos acostumbradas y acostumbrados a este tipo de documentos, la imagen te permite llegar de manera diferente a la gente, y además cuestionar de forma gráfica la representación del cuerpo. Podemos criticar las normas e intentar deconstruirlas de forma privada; sin embargo, la imagen vuelve ineludible reflexionar sobre esa representación. Por eso aquí el trabajo gráfico fue tan importante como la escritura.

¿Qué lugar ocupa la palabra y cuál la imagen?

Fabienne: Yo pinto muchos cuadros de mujeres. En general suelo representar  mi cuerpo; y al hacerlo, lo exteriorizo. Con el texto, al contrario, elaboro una reflexión con la que intento  saber qué es el cuerpo, definir una relación con él, descubrir cómo lo percibo en mi propia historia, encontrar momentos de mi vida que me resultan elocuentes... Y escribo sobre ello sabiendo que después, por cuestiones lógicas de espacio, tendré que reducir esas reflexiones. La escritura implica un trabajo en el que se ensaya al tiempo que se crea, sin saber bien hacia dónde te llevará. El trabajo con las fotografías significa una representación más concreta. Si la pintura permite disimular un poco el aspecto —igual que los textos—, la foto es directa. En mi caso, no llegué con facilidad al trabajo de representación porque tenía muchos complejos... Pero gracias a que creamos un ambiente de confianza y de valorización física fue posible. De hecho, hemos desarrollado un trabajo de aceptación del propio cuerpo: ponerlo en imágenes, y además en imágenes que son bellas.

Lucile: La relación con mi cuerpo está en evolución permanente, y sobre todo desde hace algunos años; así que la mirada exterior sobre lo que he escrito ya no la asumo tan bien, porque he ido avanzando en otros aspectos y ya no estoy en ese momento. Esto puede resultar contradictorio, pero bueno. Al revés que para Fabienne, para mí el texto resultó más arduo. En cuanto a las fotos..., bueno, sé más o menos que la gente me encuentra dentro de las normas, no temo tanto la mirada exterior. Pero si explico lo que me ronda la cabeza sobre mi cuerpo, entonces sé que diré cosas que quizá impresionen o trastornen a alguien. Para mí el riesgo estuvo en el texto.

En todo caso, ¿escribir o fotografiarse simbolizan quitar un candado que encierra la propia imagen?

Sabine: El trabajo fotográfico fue muy importante para mí. Al mismo tiempo, se hizo sin reflexión alguna... Con Lucile, ya hacíamos fotos para valorizar las imágenes de partes del cuerpo que suelen calificarse como vergonzosas o feas. La fotografía ayuda a verse tal y como es una en verdad. Me sorprendo a menudo cuando me observo en el espejo, o cuando me veo reflejada en un espejo que no es el mío. Con frecuencia siento la necesidad de verme. Mi cuerpo va cambiando: engorda, adelgaza..., y necesito esas referencias. Si bien es algo difícil de asimilar, me resulta importante acostumbrarme a verme bajo otros ángulos, bajo otras perspectivas... Es como un trabajo permanente. Con frecuencia vuelvo a mirar esas fotos para verme, y a veces ya no tengo ganas. Otras me digo a mí misma que tengo que hacerlo: el cuerpo evoluciona, igual que mi relación con él. Algunas cosas parece que están resueltas y asumidas, y sin embargo me las vuelvo a cuestionar. Por otra parte, usar la imagen de mi cuerpo implicó también participar en la muestra de la gran diversidad física que existe.

Myriam: El trabajo fotográfico también fue algo fuerte para mí. Nunca me habían fotografiado desnuda... Es algo muy distinto verse en un espejo. Me costó tiempo darle una forma concreta a esa idea. Al principio surgió como una broma. Seis meses después nos dijimos: «Bueno ya está bien de tanto hablar, ahora lo hacemos de verdad». Por un lado, me sentía capaz de intentar tal experiencia, como un desafío; pero, por otro, me daba muchísima aprensión, temía el eco de mi mirada sobre mí misma. Ni siquiera había llegado a pensar en mostrar esas imágenes a los demás. No me encuentro fotogénica, no me suele gustar mi cara en las fotos, y suponía que sentiría lo mismo al ver mi cuerpo. Al final me di cuenta de hasta qué punto tenía una imagen distorsionada de mi físico. Fíjate que, tras un par de años de aquello, me fui de fin de semana con una amiga, nos bañamos en un lago y nos hicimos fotos desnudas; y me sorprendió muchísimo ver después esas imágenes y decirme que mi cuerpo es más bien bonito. Sin embargo, resulta curioso que no tenga, por lo general, esa imagen de mí. Por eso digo que se trata de un trabajo permanente. Además, no es lo mismo los pequeños formatos de imágenes para el libro que montar los grandes para las exposiciones.

Una estrategia comprendida en el proyecto.

Myriam: Sí. La primera que organizamos fue en una librería, en Lyon, y realmente tomó la forma de una exposición artística porque no había ningún comentario que acompañara a las imágenes. Nos preocupaba que el mensaje subyacente no apareciera, era importante resituar la exposición en el contexto del trabajo sobre el cuerpo, de crítica de las normas. Así que las primeras veces las acompañamos con textos. Por otra parte, ya en la exposición inicial surgió el tema de la compra-venta de las imágenes, y yo no estaba preparada para eso: me bloqueaba imaginar a un hombre comprar una foto mía y ponerla en su salón. Ahora podría discutir sobre ello. Eso me descubrió que había una dimensión estética y artística en este trabajo que no había previsto.

¿Una dimensión que no formaba parte de la idea primaria?

Fabienne: El libro quiere demostrar que la vergüenza y el odio hacia una misma existen en el cuerpo de todas las mujeres, y que por tanto también está en la propia historia de uno. Yo quería hablar de ello, quería romper el cerco de silencio a mi alrededor. Y lanzar tal mensaje es un riesgo que había que tomar a sabiendas de las repercusiones. Pero a la vez, sabíamos que el proyecto también nos permitiría sufrir menos con las presiones y con los silencios sobre aspectos sobre los cuales parece imposible hablar. La idea principal de este proyecto pasa por representar el cuerpo, reapropiarse de él. Un proceso necesario para salir de esa forma de opresión.

En este sentido, el proyecto implicaba un desafío personal evidente.

Fabienne: ¡Claro! Y a mí, por ejemplo, me ha permitido crecer como persona. Cada día  surgen nuevas preguntas, y estas me lanzan hacia nuevos encuentros, nuevos proyectos. También he ganado confianza y serenidad en la relación con mi cuerpo. Me hace particularmente feliz saber que otras mujeres se reapropian de este libro y que este actúa para ellas como un disparador.

¿Y qué repercusiones han obtenido?

Myriam: Más de las que imaginábamos... Por ejemplo, hemos generado nuevos proyectos, como las exposiciones. Dos años después de la primera edición —en 2004— seguimos recibiendo comentarios, nos llaman para presentaciones, debates... Eso estaba lejos de nuestras expectativas iniciales.

Fabienne: El boca a boca ha resultado muy positivo para nosotras. Esa difusión en paralelo ha complementado muy bien la que hacíamos enviando nuestro trabajo a la prensa el trabajo de prensa o a los circuitos en los que podía interesar el libro. Paradójicamente, en estos últimos la reacción fue más bien mitigada. Algunas personas se entusiasmaron; otras manifestaron incomprensión. Nos han dicho que el libro es atípico y que a algunas personas podrían chocarles ciertas imágenes de mujeres desnudas. Sorprende ver la reacción de algunas mujeres que hojean el libro, lo compran, lo leen y nos dicen: «Pues sí, es muy duro...», es decir, es un trabajo que provoca testimonios.

Myriam: Depende de las personas. Pero, en general, hay siempre una reacción, entre ellas la de rechazo. Es un libro que afecta y que les habla a todas las mujeres. Mi madre, por ejemplo, me dijo que se sentía incómoda ante algunas imágenes. Y es que, seguramente, el libro ha despertado algo en ella.

Lucile. Hemos dado un poco de miedo con este libro. Por ejemplo, se lo regalé a alguien que, al verlo, gritó «¡Aaagh!», y lo soltó, porque era muy violento. Y luego está el nombre del colectivo: «mi cólera», mi enfado... No sé muy bien qué decir al respecto: ¿está bien? ¿no lo está? A veces el libro ha levantado una especie de barrera con algunas personas. Algunas chicas se sienten agredidas al ver todos esos michelines. Pero eso es positivo en la medida en que reaccionan.

 

 

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