Se buscan palabras que nazcan del movimiento
Texto y presentación

Teatro contemporáneo para degustar con los ojos

Tántalo
Escena de Luis Barrales, dramaturgo chileno


La bolsa de la compra
Escena de Gabriel Ochoa, dramaturgo español


Son palabras encontradas al azar
Escena de Pedro Montalbán Kroebel, dramaturgo brasileño


De mayor a menor
Escena de Rafael Casañ, dramaturgo español



 

 

TEXTO Y REPRESENTACIÓN:
VIEJAS DISPUTAS, NUEVOS LENGUAJES

Se buscan palabras
que nazcan del movimiento

La disputa entre texto y representación viene de lejos; sin embargo, la tecnología y el deconstructivismo del teatro moderno acentuó el conflicto. La palabra necesita reinventarse para esta nueva escena donde el poder del cuerpo y los elementos escénicos la igualan en protagonismo. En este nuevo panorama surgen autores como Rodrigo García o Angélica Liddell que asumen todos —o casi todos— los papeles y ejecutan integralmente sus obras, desde la escritura a la puesta en escena.

 

Alejandra Garrido Buzeta
alejandramelfi@yahoo.com

Ilustraciones: Paloma Gómez

 

Querido dramaturgo:

Compañero de exiguas certezas, ambiguas intuiciones, crecientes desasosiegos y contradicciones permanentes, solidarizo con tu precaria condición de bígamo del computador y el escenario, siendo infiel a ambos, perdedor siempre de esa lucha imposible entre el lenguaje y el espacio.

Así empieza el discurso conque el prestigioso dramaturgo Jorge Díaz, fallecido en marzo del año pasado, inauguró la XII muestra de Dramaturgia Nacional de Chile de 2006. Sus palabras estaban cargadas de emoción y de sentimientos encontrados, emociones y sentimientos que, por otro lado, los teatristas se han cuestionado durante siglos, sobre todo hoy que las nuevas tecnologías se insertan con fuerza en la representación y que el protagonismo creciente del cuerpo del actor revive la disputa entre la palabra escrita (el texto) y la palabra hablada (representación).


LA CONTRADICCIÓN QUE TRAJO LA TECNOLOGÍA
Se define como teatro contemporáneo aquel que se hace eco de la época en que vive, que se preocupa de contar lo que ve a su alrededor, que explora nuevos lenguajes. Aclarado esto, es evidente que resulta inseparable lo contemporáneo de lo innovador. Lo contemporáneo busca formas nuevas y para ello rebate los discursos añejos, lo cual suele ser violento. Justamente la esencia de ese teatro, la contemporaneidad, complica su definición objetiva; sin embargo, sí puede hablarse de una investigación en nuevos lenguajes que incluyen todos los elementos tecnológicos actuales: creaciones audiovisuales, sonidos hechos por ordenador, vídeos descargados de Internet... Esta tendencia insoslayable se ha gestado durante el siglo XX y ha supuesto una de las contradicciones más fuertes de la historia del teatro en cuanto a cómo relacionar texto y puesta en escena.


CUÁNTO ACOTAR...
Hoy cuesta más que nunca hablar de textos y de puestas en escena como si se hablara de lo mismo. En aquella muestra teatral que inauguró Jorge Díaz, por ejemplo, el gran debate se dio por la disconformidad de los autores ganadores con el montaje que realizaron las compañías que seleccionó el jurado del concurso. Eso puso de relieve que la escena es el verdadero territorio donde sucede el teatro, y que director, actores, escenógrafos o músicos también son creadores. Si el texto se subiera al escenario tal cual está escrito, daría a entender que autor y director —mejor dicho: el grupo de trabajo entero— se entienden perfectamente, o bien todo lo contrario: que carece de imaginación.

En la actualidad este conflicto se ve acentuado por la tendencia hacia la deconstrucción. La nueva dramaturgia ofrece textos sin acotaciones, otros con más acotaciones que texto e incluso algunos donde el acotador es un personaje más. Las historias —en el caso de que las haya— se cuentan fragmentadas, a retales, y requieren que las imágenes escénicas, el cuerpo del actor o la imaginación del espectador las completen durante la representación.

Esta tendencia, que busca mostrar el pensamiento de una manera más cercana a cómo este se produce en la realidad, también es una necesidad reclamada desde la escena actual, donde el uso de imágenes y el cuerpo del actor han desplazado de su protagonismo al texto. A pesar de que autores, directores y grupos coincidan en la búsqueda de nuevas maneras de contar, eso no garantiza que el resultado en el escenario logre una comunión entre esta nueva palabra y la escena. Es más, este tipo de dramaturgia mucho más libre permite cualquier cosa, y eso hace que la idea original del autor pueda transformarse incluso en lo contrario de lo que él pretendía. Por eso, muchos autores contemporáneos que no trabajan directamente en la escena aún se empeñan en delimitar muy bien las acotaciones acerca de cómo debe ser representado su texto.


QUE LA PALABRA NAZCA DEL MOVIMIENTO
Para reconciliar palabra y escena, algunos creadores han optado por asumir la responsabilidad integral del espectáculo, bien en solitario, bien con un grupo de personas. Esta dramaturgia en la que se suscriben creadores como Rodrigo García o Angélica Liddell en España  tiene la particularidad de que autor, dramaturgo y director —incluso actriz, en el caso de Liddell— son una misma persona. Esta fusión posibilita una obra coherente donde todo comulga con aquello que se desea contar. Y eso resulta fundamental porque ya no se montan historias hiladas de principio a fin, bajo el esquema clásico de presentación, nudo y desenlace. El viaje para el espectador existe, sigue existiendo, pero es un viaje visual, emocional, rítmico.

En este tipo de creaciones la figura del director parece presentarse como omnipotente y podría pensarse que esto va contra el espíritu colectivo del teatro; sin embargo, es justamente al revés. Detrás de estos nombres —Liddell, García— hay un equipo de trabajo que se implica personalmente con lo que está contando. Así, el actor recupera su sentido de creador políticamente posicionado.

El libro Políticas de la palabra presenta un análisis revelador sobre este asunto. Allí, cuatro creadores españoles —Angélica Liddell, Carlos Marquerie, Sara Molina y Esteve Graset— reflexionan acerca de la postura de la palabra en el teatro contemporáneo y muestran algunos de sus textos. Estos cuatro autores presentan la rara condición de ser creadores integrales de sus propios espectáculos. Todos piensan sus obras desde sus respectivas poéticas teatrales, que son tan específicas como sus textos, es decir, las piensan desde la inmediatez material y física del acontecimiento escénico, que es también acontecimiento de la palabra.

La lectura del libro deja claro algo sabido desde siempre, pero que hoy cobra más vigencia que nunca: el poder de la palabra escrita no es el mismo que el de la palabra representada. Y de ahí deriva la potencia que adquiere la palabra escrita cuando es representada por quien la crea, porque es una palabra que nace en la escena al mismo tiempo que los movimientos, que el sudor del cuerpo del actor.


EL TEXTO COMO PUENTE
Con todo, por mucha crisis moderna que haya no se le puede quitar al texto su vital importancia en la transmisión del teatro. Ese acto efímero y único que supone cada representación —tildado incluso de inútil muchas veces— se vería reducido sólo a una pequeña sala si no fuera por la velocidad conque viajan los textos. Es gracias a ellos que se producen los mayores intercambios, que se universalizan las propuestas y que se dan a conocer las distintas realidades.

Y es que, pese a que los autores se muestren disconformes con las puestas de sus obras, se produce algo rico y propio del teatro: en el paso de ese texto a la realidad de cada lugar y de las personas que lo representan, se produce un acto de creación genuino. De todas maneras, y como señalaba Jorge Díaz en su discurso, el dramaturgo está dividido y quiere entrar en los dos mundos, pasar de la soledad de su habitación a la fiesta del escenario, aunque en ese camino tenga que sufrir más de una decepción. Y es que, de todas las artes, el teatro es la única en que lo colectivo es indispensable, y por ello el dramaturgo sabe que, cuando entrega un texto, renuncia a una parte de él.

 

 

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