Invitación a la lectura

Géneros híbridos, fragmento de Andrés Neuman

Lecturas

Inquisiciones peruanas, de Fernando Iwasaki

Fabulosas narraciones por historias, de Antonio Orejudo

Tintalabios

Luis Gusmán:
«Quiero alejarme
del mundo académico»

Fernando Iwasaki:
«Lo más importante es el tono de la narración, que el lector lo perciba como una confidencia o una revelación»

Jesús Jiménez Domínguez:
«Para viajar al otro lado de las cosas, sólo se necesita contemplación, paciencia e imaginación»

Alberto Olmos:
«Un escritor es, ante todo,
aquel que dice: soy escritor»




...........................


...........................

...........................

Jesús Jiménez Domínguez en dos palabras

Nació en Zaragoza en 1970. Empezó Derecho, pero terminó como licenciado en Filosofía y Letras. Con el cuento La decadencia ganó en 1999 el Premio Literario Ciudad de San Sebastián.

Poemarios:

—Diario de la anemia y Fermentaciones (Olifante, 2000).
—Fundido en negro (DVD Ediciones, 2007), Premio Internacional de Poesía Hermanos Argensola 2007.


Aparece recopilado en:

—Campo abierto: Antología del poema en prosa en España, 1990-2005, edición de Marta Agudo y Carlos Jiménez Arribas (DVD Ediciones, 2005).
—Los chicos están bien: Poesía última, edición de Manuel Vilas (Olifante, 2007).

Antología de poemas:

Clic acá para descargártelos

En la red

DVD Ediciones
Editorial Olifante

Reseña en El Cultural de El Mundo
Reseña en Crítica de  poesía
«Hay libros que me provocan sueño»
Noticia del premio Argensola
Noticia del premio San Sebastián

 

 

 

JESÚS JIMÉNEZ DOMÍNGUEZ, AUTOR DE FUNDIDO EN NEGRO

«Para viajar al otro lado
de las cosas, sólo se necesita contemplación, paciencia
e imaginación»

 

Con Fundido en negro, este poeta zaragozano ganó en 2007 el Premio Internacional de Poesía Hermanos Argensola y logró que El Cultural de El Mundo eligiera su libro como uno de los diez poemarios españoles del año. Entre sus versos caben desde Mazinger Z a Syd Barrett y desde Kafka a Basho, fantasmas personales a quienes quería tributar un homenaje en forma de libro. Guiños generacionales, lisergia, metaliteratura, contemplación...: todo tiene cabida en este crisol de papel.

 

Rubén A. Arribas
revistateina@yahoo.es

 

Un sauce enano llora durante trescientos años.
¿Cuánto un hombre enjaulado entre sus ramas?

Eso se pregunta el barón de Yoritomo en Fundido en negro, el ecléctico poemario con que Jesús Jiménez Domínguez (Zaragoza, 1970) ganó el Premio Internacional de Poesía Hermanos Argensola 2007 y fue elegido por El Cultural de El Mundo como uno de los diez libros de poemas destacados del año. Pese a lo que puedan sugerir los versos subrayados, el autor no sólo guiña el ojo al país del sol naciente. En sus poemas, amén de rescatar cosas tan orientalmente pequeñas como «un haiku de Basho y la sílaba del té», según menciona el barón en su poema, Jiménez también se aventura en el occidental mundo de las sombras kafkianas.

El resultado es un intento por abarcarlo todo: el ayer y el hoy, el oriente y el occidente, la luz y la oscuridad. De ahí que el texto actúe como un crisol que funde, con tono de elegía y toques de fiesta sicodélica, un amplio abanico de referencias. Los fantasmas de la Velvet, Syd Barret o Jeff Buckley se enfundan las sábanas que pintan el babélico Brueghel o el alucinógeno Bosco, y arrastran sus cadenas por un castillo donde los versos igual contienen marcas generacionales, como las de Mazinger Z o Los Cinco, que se dejan hablar por los ectoplasmas de Paul Celan, Leopoldo María Panero o Carlos Edmundo de Ory. Y todo ello fermentado con unas gotas de lirismo gótico —con homenajes a Bela Lugosi y a Lucifer incluidos— más una pizca de imaginería surrealista. Es decir: cuando menos, el libro respira influencias heteróclitas.

Como fruto de esa alquimia, el lector encuentra un reverso poético al contemplativo barón de Yoritomo. Quizá el mejor exponente de esa otra afinación, más sulfurosa y tenebrista, sea Kafka, quien cierra el libro prestándole al autor una oración que sintetiza el espíritu del poemario: «Mientras los fantasmas engordan, nosotros nos morimos». Tras esa otra voz, se encadenan versos como estos otros:

Me fascina ese doble oscuro y distinto que nos imita,
ese lastre de tiniebla que nos sigue a todas partes,
esa embajada de la noche en el país del día.

Con Teína, Jiménez habló de ese anverso y reverso de su poesía, de los sauces orientales que lloran trescientos años y de los kafkianos hombres enjaulados entre sus hojas. También de las críticas que ha suscitado su libro en algún blog.

Fundido en negro incluye un poema, Última mirada a la isla de Kirrin, casi con sabor a Tito y a Piraña en Verano azul, pero regado con aquella cerveza de jengibre cuyo sabor algunos sólo podíamos imaginar. Confiesa: ¿cuántos libros de Los Cinco leíste y releíste de pequeño? ¿Más que de Borges?
Última mirada a la isla de Kirrin es un guiño generacional a aquellos libros que todos leímos en la niñez: Las aventuras de Los Cinco, de Enid Blyton. El tema del poema es tan viejo como el hombre: la nostalgia por una infancia que se fue, ese paraíso perdido donde vivimos de prestado una corta temporada y que, una vez arrojados de él, ya sólo nos queda sobrevivir. Eso y leer a Borges desde dentro el laberinto. Por supuesto que entonces leía más a Los Cinco que a Borges. A este lo descubrí ya en la adolescencia. Antes no hubiera entendido nada.

A modo de curiosidad: hace nada me di cuenta de que Aurora Luque tiene otro poema con escala en la isla de Kirrin, aunque ahora no recuerdo en qué libro sale. Así que la isla de Kirrin es ya un archipiélago. Aurora ha comprado una isla y yo otra. Ahora somos vecinos y vamos allí a ratos para buscar a los niños que fuimos. Aunque como digo en el poema:

La cerveza de jengibre la bebió el sol del ocaso
y el pastel de carne, como a la infancia,
se lo han comido las moscas.

Yo no veo sabor de Verano azul en el poema que dices, pero de todas formas celebro la comparación: a todos nos gustaría siquiera un minuto volver a aquel verano, aunque ya nada quede de él y el azul se haya desvanecido con los años. ¿Qué fue de todos nosotros? ¿Qué fue de todos ellos? De Tito se sabe menos aún que del Piraña (yo creo que éste último se zamparía al otro al acabar la serie).

Y ya que estamos: también hay un poema binario de Koji Kabuto para Sayaka Yomi, los de Mazinger Z. ¿Tiene este poemario tuyo algo de eso que llaman «literatura pop», o Los Cinco y Mazinger funcionan como una mera referencia generacional?
El haiku en código binario de Koji Kabuto para Sayaka Yomi es una broma que, sin embargo, funciona bien como declaración de intenciones: cierra la parte del libro que tiene un sabor más oriental y clásico, La cepa que asciende hacia la luz. Esta parte abre con Hokusai y termina con Mazinger Z y quiere aunar (como en gran parte del libro) lo clásico y lo contemporáneo. Entre el ayer y el hoy no hay más que tiempo, y este es en realidad el verdadero protagonista del libro. Pero de alguna forma, es como si buscara la fantasía de poder rascar el famoso tsunami de Hokusai para comprobar que por debajo es Mazinger quien, emergiendo del mar, lo provoca. Por lo demás, yo hablaría más bien de referencias generacionales antes que de «literatura pop». No creo en las etiquetas literarias. Con ellas hago como cuando me pongo unos jeans que me gustan: les arranco la marca.

«Ya no queda hielo en la nevera». Así comienza el poema Todas las fiestas de mañana, homónimo en su título a la canción de la Velvet Underground. ¿Es con esa canción o con el poema tuyo con lo que echas a la gente cuando pones música en los bares bajo el seudónimo de King Pelusa?
Todas las fiestas que hacíamos de adolescentes en casa terminaban indefectiblemente con esta frase que inaugura el poema: «Ya no queda hielo en la nevera». De la Velvet tomo el título para el poema, aunque luego este va por otros caminos y nada tiene que ver con la letra de Reed y compañía. Pero mi hermano siamés King Pelusa suele acabar últimamente sus sesiones de dj con Calling occupants of interplanetary craft, siete minutos de amor alienígena y pastelero a cargo de The Carpenters. Es el cierre ideal: los chicos se marchan del bar muy empalagados (y razón no les falta) y todas sus chicas se quedan alrededor de la cabina pensando aquello de: «Hum, qué canción más bonita y qué chico más sensible…».

Bah, un poco de seriedad. Siete años desde Diario de la anemia y Fermentaciones. ¿En qué mejora Fundido en negro lo que escribiste antes?
Mejorar como poeta no consiste sino en domar el tigre que hay en cada palabra. Para ello he tenido que aprender con el tiempo qué es un tigre, atreverme a entrar en la jaula del lenguaje, arruinar varios látigos y gastarme una fortuna en tiritas. Pero los tigres siguen mordiendo. Nadie se adentra sin riesgo en la poesía. O no debería, al menos.

 

FUE LA ELEGÍA, NO FUI YO

Me fascina ese doble oscuro y distinto que nos imita,
ese lastre de tiniebla que nos sigue a todas partes,
esa embajada de la noche en el país del día.

Deslumbramiento de las sombras, página 54.

En el poema que da título al libro, el último verso dice «Oh Señor de la Noche, guíame en el gran plató de las sombras». Y en el último poema recogiste esta cita de Kafka: «Mientras los fantasmas engordan, nosotros nos morimos». Más claro no puede quedar el tema del poemario. Ese eje temático: ¿se te impuso o lo elegiste a propósito?
El eje temático se fue imponiendo poco a poco. Sólo tuve que ir uniendo las piezas. El libro, en gran medida, es un plató por donde pasan todos esos fantasmas: Jeff Buckley y Gainsbourg, Shelley y Byron, Hokusai y Koji Kabuto. Pero son fantasmas con costura: yo mismo me pongo sus sábanas y sus cadenas. En parte, supongo que por ese pudor que significa ir al baile sin máscara. Y en parte, para luchar «contra el largo infortunio de no ser más que yo», como escribió Jesús Aguado en su Libro de Homenajes. También Fundido en negro es mi propio libro de homenajes, sin duda. La cita que dices era ideal para cerrar el libro: de alguna manera, dándoles voz, yo soy aquel que da de comer a los muertos (aunque el intento pueda costarme la vida).

«El mañana es una mula que carga con sacos rotos». «(...) la sombra es el ancla del cuerpo». Entre el símil y la metáfora, casi siempre eliges la segunda para resolver imágenes. ¿Es algo intencionado?
Sí, entre ir al grano o estar ya en el grano (o mejor: ser el grano) suelo preferir lo segundo, pero no siempre. Depende de las circunstancias. La metáfora es una herramienta más precisa que el símil, qué duda cabe. El símil es como dar vueltas a un sitio donde quieres entrar sin saberte la contraseña. En la metáfora ya has entrado y estás en el centro de la fiesta.

Entre otras cosas, el lector vislumbra un armazón estructural que intenta darle unidad al libro: palabras que se repiten de poema a poema,  temas que se retoman de poema en poema o imágenes similares que aparecen desdobladas en poemas distintos. ¿Qué efecto buscabas generar?
Hay campo semántico común en gran parte de los poemas. Me di cuenta cuando ya iba muy avanzado el libro: el viento que circula de verso en verso, el fundido en negro que acaece al final de muchos poemas. Y cosas así. La oscuridad y las sombras son escenarios, pero también la señal de que en otra parte del mundo o de la realidad existe la luz, pues no se da lo uno sin lo otro. Todas esas imágenes que citas (y otras tantas) están pensadas para interpretar la realidad con otras lentes, que es lo que a mí me interesa de la poesía: la idea de que cualquier cosa puede mirarse de diferentes formas. Así, las heridas se despegan como si fueran pegatinas, un nadador que se zambulle ingresa en la secta de los espejos, etc.

Abundan los poemas con tono de himno, como Ave Lucifer o Fundido en negro (los salmos secretos de Bela Lugosi). ¿Por qué?
Los poemas que citas, más que himnos me parecen salmodias. Y esos poemas en concreto tienen un tono que imita el reverencial propiamente de los rezos. En realidad son oraciones de misa pagana. Pero sí, el tono que más predomina en el libro es el elegíaco, sin duda. ¿Por qué? No sé. La elegía me eligió, no al revés.

«Y digo en voz alta ese adjetivo y acude su fantasma» escribiste en El que alimenta a los muertos. Sorprende que varios poemas contengan referencias a los adjetivos. ¿A qué tanta insistencia?
El adjetivo es aquello que nos define en última instancia, lo que nos viste. No podríamos vivir sin adjetivos: el mundo no tendría color ni textura ni cualidad alguna ni nada. Prueba a hablar sin adjetivos y al cabo de un rato parecerá que eres un zombi recién acabado de despertar o que te has caído de una nave espacial. Pero también los adjetivos son el gran peligro si se acumulan o se usan mal. Ponte un jersey encima de otro y así sucesivamente y llegarás a un punto en el que o te ahogas dentro o rompes todos los jerséis. Pues es lo mismo.

 

UN VOYEUR INSOPORTABLE
QUE INTENTA DAR EN EL CLAVO

El nadador que se adentra en la corriente
ingresa en la secta de los espejos, rompe
la claridad del poema dejando un hueco,
el molde horizontal de un ángel inadvertido.

La soledad concurrida, página 17.

¿Qué te interesa o qué te aporta incluir un plano metapoético en tus poemas?
Lo metapoético estaba más presente en Diario de la anemia, mi anterior libro, que considero más cercano a lo que se ha dado en llamar «poesía del silencio». Yo creo que ahora mismo estoy saliendo de lo metapoético para ir en busca de lo metafísico. Son como las metas volantes del conocimiento (y perdón por el juego de palabras). Pero en realidad lo que sucede es que estás escribiendo poemas, usando la palabra, y algo del mismo proceso de escritura a veces se cuela en el poema. Es como operar a un paciente y dejar los puntos de sutura en su piel, es inevitable. Aunque luego se corra el riesgo de dejarse también el bisturí dentro del enfermo.

Por cierto, hay bastantes referencias musicales en tus poemas —Jeff Buckley, Syd Barrett o la Velvet Underground—. Además de como nombres propios, ¿cómo está presente la música que te gusta en lo que escribes?
Me pongo música lo mismo para escribir que para afeitarme, que en el fondo son actividades parecidas: en ambas nos asomamos a un espejo. Pincho en los bares siempre que me dejan y antes escribía reseñas de discos y entrevistaba a grupos de pop en publicaciones ya extintas, como Ciclo o el suplemento Nu-magazine de El Periódico de Aragón. La música sigue estando presente en mi vida. Aun cuando hay silencio en casa, me doy cuenta de que estoy tarareando mentalmente una canción. Y también el silencio es una canción. Y el viento otra, como digo al comienzo del libro. Todas las cosas son canciones en realidad: sólo hay que sintonizar en la dirección adecuada para darse cuenta. La poesía recoge todo eso.

Sigamos con los nombres propios, que abundan en tu poemario: desde Celan a Werner Herzog o desde Gonzalo Suárez a Wim Wenders pasando por Carlos Edmundo de Ory. ¿Qué indica esa densa geografía de referencias culturales que muestras?
Que soy un voyeur insoportable y de la peor calaña: por curiosidad me gusta ver todo lo que hacen o hicieron los demás y, además, quiero compartirlo con otras personas, en este caso los lectores. Pero, aparte de eso, como he explicado antes, aparecen tantos personajes en el libro porque es un plató por donde pasean fantasmas que me sirven de disfraz y porque, de algún modo, es mi propio libro de homenajes. También Mortadelo sería muy infeliz si le quitaran sus disfraces. Es parte del juego.

Una pizca de autocrítica: ¿qué no te gusta de Fundido en negro y ha quedado pendiente de reparación para los próximos poemarios?
Todo es cuestión de acertar con la ferretería adecuada: con algunos poemas no sé si he dado en el clavo. O quizás es sólo que alguno de esos clavos está ya un poco suelto porque el fantasma de turno sigue golpeando desde dentro del ataúd. Pero es una impresión que suele asaltar a todo aquel que escribe, en mayor o menor medida. Sospecho que esa sensación me acompañará en todos los libros y durante toda la vida. Escribir (y poesía más que cualquier otro género) es asumir esto. Lo ha escrito muy bien Benjamín Prado en Marea humana:

Y a la vez es tan duro
admitir que padeces
la maldición de todo lo que al no ser exacto
tiene que conformarse
con ser sólo infinito:
cada poema trata
de lo que no ha logrado el poema anterior.

 

DE LA LISERGIA A LAS COLLEJAS POÉTICAS

tú que bailas desnudo en Ipanema
y en el esperma perezoso de los enanos,
tú que lames el dolor de los murciélagos
y alimentas a los alces y metes mariposas
por las heridas abiertas de los elefantes (...)

Ave Lucifer, página 72.

¿Cuánto hay de azaroso maridaje surrealista en las imágenes de tus poemas y cuánto de conciencia estética vigilante?
Si tengo que elegir, creo que hay más de lo segundo. A mí el surrealismo como fin puramente estético, como fue en su inicio, ya no me interesa. Sí hay imágenes muy lisérgicas (imitando ese estado alucinatorio y de sinestesia general que, según parece, suele acompañar la ingesta de LSD) en los poemas que tienen referentes psicodélicos, porque el tema lo pedía a gritos: en los poemas de Syd Barrett, de Os Mutantes… De todas formas, supongo que la psicodelia fue al pop lo que el surrealismo al arte.

En el libro hay un poema dedicado a Leopoldo María Panero. ¿Lo conociste?
A Panero lo conocí en un congreso literario hace ya años, en el que él estaba invitado. Le estreché la mano y debió confundirme con un integrante de alguna tuna siniestra o algo así, ya no lo recuerdo muy bien. Fue un encuentro de lo más marciano. En el libro le retrato con banda sonora de los Beatles, Leopoldo en el subcielo con diamantes, persiguiendo por el jardín a su propia cabeza que se le ha desprendido del cuerpo, una imagen que dentro del subconsciente remitiría al ensayo Lo siniestro de Freud.

Tú que trabajas en un psiquiátrico: ¿es ese un buen lugar donde citarse con las musas de Lucifer, «viajar al otro lado de las cosas» y escribir en «un idioma secreto», como dice tu poemario?
Yo sólo realizo tareas administrativas en un «centro de rehabilitación psicosocial» de mi ciudad y no tengo prácticamente trato con los pacientes. Para viajar al otro lado de las cosas no es necesario trabajar en un psiquiátrico ni entrar en el espejo de Alicia ni tomar ácidos. Sólo se necesita contemplación, paciencia e imaginación. Hacer el puente con el cable rojo del ojo y el cable amarillo del cerebro para que salte la chispa.

A la nueva generación de poetas españoles, entre ellos a ti, se os critica porque —a veces— prescindís de los signos de puntuación y porque más que en verso escribís en prosa, poética, pero prosa al fin y cabo. ¿Qué te parece el comentario?
Los signos de puntuación, como todo signo, son pura convención. Es normal que los jóvenes quieran saltarse las convenciones. Supongo que es parte del espíritu rebelde. Cuando yo era un adolescente, allá por los 80, sólo adoraba a Dadá, que era como el anticristo de los artistas, la antiliteratura. Quería destruir el lenguaje y para eso pretendía saltarme todas la convenciones (incluida la de los signos de puntuación). En Fundido en negro no prescindo de los signos de puntuación. No pretendo parecer punk a mis años. Eso sí, quizás algunos poemas podrían haber ido tranquilamente en prosa porque poseen un carácter marcadamente narrativo. Pero eso da igual: no creo que este punto sea especialmente determinante para defender o atacar un libro. ¿Significa eso que tenemos que volver a contar las sílabas y a hacer sonetos? Escribir sonetos siempre me ha parecido como escribir desde dentro de una celda con catorce rejas.

En este blog de poesía te dan unas cuantas de cal y otras cuantas de arena. En concreto, concluyen que «Necesitas un Ezra Pound con una buena tijera o un bombero inteligente que sepa qué fuegos dejar encendidos y cuáles apagados». ¿Qué tal encajas las críticas?
Las malas críticas nunca gustan a quien las recibe, pero hay que saber encajarlas. Es más, en última instancia pienso que son necesarias y hasta saludables. Llega un momento en que las palmaditas en el hombro pueden llegar a atontar, a narcotizarte. Una buena colleja a tiempo (aunque en lo más íntimo la creas inmerecida) te pone las pilas. De todas formas no me puedo quejar: la reseña de ese blog que señalas (del que, sin embargo, me he hecho seguidor) es la más tibia de cuantas he recibido hasta ahora. Y está bien encajar alguna así de vez en cuando por una simple razón motriz: las collejas en la nuca te hacen dar un salto hacia adelante. Las palmaditas en el hombro hacen que te detengas en el camino.

¿Algo que contestar a esa crítica?
¿Contra-contracriticar a la contracrítica de la crítica? Los lectores de Teína se iban a perder en este partido de tenis sin que el match point llegara de ningún lado. Obviamente, mi percepción poética y crítica difiere de la suya; pero ya que señalas esas dos conclusiones del blog (y que no me parecen sino dos metáforas con la pólvora mojada), sólo esta contra-conclusión en el mismo sentido: un bombero inteligente nunca dejaría algún fuego encendido (a no ser que alguien le cortara la manguera con unas buenas tijeras, claro). Y otra cosa: si yo firmo mis libros y me expongo, ¿es mucho pedir que todos los críticos firmen sus reseñas?

Por último, por favor, contéstame a este verso tuyo con aroma a té y a koan zen: «¿Es blanca la nieve en la oscuridad de la noche?» (Eso sí, como dice otro verso del poemario: «arriesga una frase difícil de peinar»).
Más que ser un koan precisamente mío, parece una reflexión tomada prestada del filósofo Wittgenstein. O de Eleanor Clark. Da lo mismo que se ponga en duda, en caso de apagón, la apariencia de la nieve o de una rosa. En gran parte, con mi poesía trato de poner en tela de juicio lo que los sentidos nos dictan. Y ya sabes que los koan no tienen solución: el camino del conocimiento tiene muchas curvas y está franqueado de peligrosos quitamiedos. Y quizás lo importante no sea llegar a algún sitio, sino estar siempre en marcha.

 

 

Arriba