Invitación a la lectura

Géneros híbridos, fragmento de Andrés Neuman

Lecturas

Inquisiciones peruanas, de Fernando Iwasaki

Fabulosas narraciones por historias, de Antonio Orejudo

Tintalabios

Luis Gusmán:
«Quiero alejarme
del mundo académico»

Fernando Iwasaki:
«Lo más importante es el tono de la narración, que el lector lo perciba como una confidencia o una revelación»

Jesús Jiménez Domínguez:
«Para viajar al otro lado de las cosas, sólo se necesita contemplación, paciencia e imaginación»

Alberto Olmos:
«Un escritor es, ante todo,
aquel que dice: soy escritor»





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Antonio Orejudo en dos palabras

Madrid, 1963. Doctor en filología hispánica, durante 7 años fue profesor de literatura española en varias universidades de EE. UU. En la actualidad es profesor titular en la Universidad de Almería, y ha pasado un año como investigador invitado en la Universidad de Ámsterdam.

Novelas:

—Fabulosas narraciones por historias (Lengua de Trapo, 1996), Premio Tigre Juan 1997.
—Ventajas de viajar en tren (Alfaguara, 2000), Premio Andalucía de Novela.
—Reconstrucción (Tusquets, 2005).
En 2007, Tusquets ha reeditado Fabulosas...

En la red

Fragmentos del libro
Entrevista con El síndrome de Chéjov
Entrevista en Literarturas.com

 

 

FABULOSAS NARRACIONES POR HISTORIAS, UNA NOVELA DE ANTONIO OREJUDO

Elogio de la parodia
como gran literatura

 

Lúdica, irreverente, alegre... Cualquier calificativo sobre la primera novela de este escritor madrileño remite al padre del género, Cervantes, y a escuderos fieles, como Eduardo Mendoza o Augusto Monterroso. Con la Generación del 27 y la Residencia de Estudiantes de fondo, Orejudo satiriza el sistema literario a costa de vacas sagradas como Ortega y Gasset, Juan Ramón Jiménez o Gómez de la Serna.

 

Rubén A. Arribas
revistateina@yahoo.es

 

Es muy difícil triunfar en el mundo de las letras después de Cervantes. Los escritores posteriores a él estuvieron y están condenados a componer variaciones más o menos interesantes del Quijote, pero variaciones al fin y al cabo.

Eso vindica este libro allá por la página 369, a falta de diez para terminar. Una sentencia rotunda que rubrica con orgullo de legionario la filiación de la novela, Fabulosas narraciones por historias, y del autor, Antonio Orejudo (Madrid, 1963). Y es que poco terreno se dejó sin trillar el padre del género hace 400 años en ese campo fértil a la literatura del siglo XX de cuyo nombre, el Quijote, tanto posmoderno no quiere acordarse. Como si de una toma de postura frente a la moda literaria o comercial fuera, este narrador exhibe sin pudor el carné del partido en que milita.

Eso sí, la deuda cervantina excede las citas-homenaje. Don Miguel está presente en dos ejes fundamentales del libro: el tono paródico y la escritura desde el disgusto estético. Si el Quijote se burlaba desde el primer renglón de los libros de caballerías y prefería los hidalgos manchegos sin alcurnia a cualquier celebridad mata-endriagos, Fabulosas... se carcajea del prejuicio de que para ser buen escritor hay que mostrarse serio, altivo y formular pensamientos impenetrables que sólo entienda uno mismo. Y si Cervantes escrutaba la literatura de su tiempo y criticaba feroz a quien no sudaba el sueldo de escritor, Orejudo parece atentar contra la novela intimista, la literatura en primera persona y el yugo del Régimen de Verosimilitud (ese incordio totalitario al que se someten los escritores realistas). Entre una cosa y otra, el narrador omnisciente de esta novela recuerda al libertino de Robe Iniesta vestido de Jesucristo García cantando enterito Iros a tomar por culo. Igual igual, pero con la Generación del 27.

 

ANALICEMOS, ANALICEMOS A ORTEGA
Porque otra cosa no, pero el texto respira libertad —y libertinaje— se lo mire por donde se lo mire. Si Cervantes, por ejemplo, personó a Sancho incluso allí donde cagaba su señor para que no perdiera detalle, aquí el autor permite que los señoritos de la Residencia Universitaria allá por la década del 20 experimenten con los esfínteres y que concursen para ver quién se tira los mejores pedos. O que Gómez de la Serna conozca el frío tacto de una pistola en el recto por negarse a prologar la novela de Patricio Cordero, uno de los protagonistas, quien harto ya de que el autor de las greguerías, Ortega y Gasset o Juan Ramón Jiménez conspiren contra la publicación de su primera novela se rebela contra ellos y hace la revolución a su manera.

Para mí el mal endémico de nuestra España se llama Ortega y Gasset. ¿Qué os parece si esta noche vamos a su casa, violamos a su esposa, a sus hijas y a él le damos por el culo? (...) Yo, que soy el maricón, le doy por el culo, y vosotros le cagáis encima. Bueno, tú, Santos, puedes cepillarte a su mujer, si es que todavía te siguen gustando las mujeres maduras.

Pues eso: los universitarios de esta novela están más cerca de Alex y sus drugos de La naranja mecánica que de Lorca, Dalí, Buñuel y compañía. Eso sí, la animadversión de los chavales hay que tomarla en plan metafórico, como un cabreo tremendo contra el poder que ejerce lo que Pierre Bordieu llamaría «la dictadura del buen gusto» (y que suele coincidir con la del aburrimiento y la mediocridad). También como una rebelión generacional o como una especie de freudiano matar al padre, puesto que Orejudo se considera hijo de los escritores del 27.

 

EL GAMBERRISMO: UN –ISMO MUY ESPAÑOL
Y es que la novela es belicosa con ganas. De hecho, Fabulosas... parece aspirar a convertir en bueno el vaticinio de uno de sus personajes más carismáticos, el barón Babenberg. Según este mecenas teutón no queda otra que ser gamberro y surrealista, porque el escándalo es la manera más cabal y limpia de purificar las estructuras del corrupto sistema literario. Sólo una sobredosis de sarcasmo contra quienes pretenden dictar qué debe ser tendencia puede oxigenar el panorama. En ese contexto, y para lanzar su cóctel Molotov literario, el autor se vale de tres residentes poco modélicos: Santos Bueno, Patricio Cordero y Martiniano Martínez.  

Con la excusa de contar cómo este trío calavera —un criador de cerdos y avezado pajillero, un sobrino de José María Pereda y un sobrino tuerto de Azorín— dejan de ser amigos con el paso de los años, el narrador parodia el mundo literario al completo. Y no deja títere con cabeza: las tertulias, las lecturas públicas, las vacas sagradas, los cenáculos donde intriga la gente con licencia para publicar,... Todo tiene cabida en este gran «cocido» —por usar la expresión del narrador— que es la novela. Orejudo mete en el puchero personajes de la década del 20 que salen de putas y se emborrachan juntos, pero más que un disparatado fresco de época le sale una metáfora del presente. Al menos, cómo retrata las ansias de medrar, la importancia del sexo o quiénes fijan los criterios comerciales más peregrinos para publicar resulta tan válido antes como ahora. Y si no, ojo al párrafo (Juancho es Juan Ramón Jiménez):

—Juancho es un hijo de puta. Él y otros cuantos que son como él se dedican a promocionar a los cuatro maricones de los que están enamorados. A los demás no sólo les ignoran, sino que incluso les hacen la vida imposible. Es una cuestión de dineros y de culos; nada de problemas estéticos o exquisiteces. Dineros y culos, ese y no otro es el problema —Martini dixit frente a la mirada desaprobadora de Pátric y la divertida de Babenberg, que quiso halagar sus oídos:

—Tiene usted una mente conspirativa formidable, Martiniano. A mi amigo Tzara le encantaría conocerlo. Y a André Breton también.

 

RECURSOS TÉCNICOS Y GUIÑOS A LA TRADICIÓN
Si las burlas y veras que circulan por el texto dan para más de una sobremesa de café, los recursos técnicos que usa el autor no son menos. Técnicamente, llama la atención la estructura que sirve como carruaje de la historia: una sucesión de planos narrativos que el autor encadena con gran libertad. Si bien la acción principal la dibujan Santos, Martiniano y Patricio, en paralelo existen pequeñas historias que página tras página aumentan el calado del hilo conductor. Entre los afluentes de esa corriente central figuran los extractos de libros inventados, las cartas de lectores  a la revista La Pasión —una mezcla de Lib, El Jueves y el Víbora— o, por ejemplo, un toque de posmoderna hipertextualidad con fragmentos de Ortega y Gasset o Erasmo elegidos ad-hoc. El efecto multiplicador del recurso resulta ágil y refrescante.

Asimismo, en la prosa abundan los guiños a otros cervantistas ilustres. Los más notables son al Eduardo Mendoza de La ciudad de los prodigios, con quien comparte la pasión por convertir el texto en una máquina imparable de disparar historias y personajes secundarios. Pero también —oh, misterio, porque la novela mendocina es de 2002 y esta de 1997— al de El último trayecto de Horacio Dos, cuyo comandante comparte aficiones con el bedel Iglesias de Fabulosas... Si el primero dicta que las formas de una mujer merecen «un punto por encima de sinuosas y tres por debajo de opulentas», el segundo puntúa la asistencia a la conferencia inaugural que dará Juan Ramón Jiménez como «recomendable para la convivencia pacífica entre los españoles (sube un punto la nota final, hecha la nota media de todas las asignaturas)». Es decir: la novela reivindica el humor en la literatura; está en el origen del género.

Y es que Orejudo suscribiría esa máxima de Augusto Monterroso, cuando este hablaba de Cervantes: «La gran literatura es paródica». Porque humor, alegría y ganas de pasarlo bien escribiendo es lo que transmite este libro que consigue que Juan Ramón Jiménez, Ortega y Gasset o Gómez de la Serna no vuelvan a ser los mismos para el lector. En definitiva, una novela que evoca los pasajes más veloces, irreverentes y desopilantes de la tradición en lengua española.

 


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