Invitación a la lectura

Géneros híbridos, fragmento de Andrés Neuman

Lecturas

Inquisiciones peruanas, de Fernando Iwasaki

Fabulosas narraciones por historias, de Antonio Orejudo

Tintalabios

Luis Gusmán:
«Quiero alejarme
del mundo académico»

Fernando Iwasaki:
«Lo más importante es el tono de la narración, que el lector lo perciba como una confidencia o una revelación»

Jesús Jiménez Domínguez:
«Para viajar al otro lado de las cosas, sólo se necesita contemplación, paciencia e imaginación»

Alberto Olmos:
«Un escritor es, ante todo,
aquel que dice: soy escritor»



 

 

INVITACIÓN A LA LECTURA

Géneros híbridos

 

Andrés Neuman

 

I

Como observa Alejandro Rossi en su Manual del distraído, no siempre es imprescindible castigar a los textos con limitaciones teóricas. A este respecto, Rossi propone la siguiente ética lectora: «Léelo, si es posible, como yo lo escribí: sin planes, sin pretensiones cósmicas, con amor al detalle». Sin amor, sin asombro, sin detalles sería muy difícil leer o escribir un cuento. Pero muchos excelentes planes, además, son un inesperado regalo del momento de la escritura. Si pocas veces resulta revelador saber cuál fue el esquema original que precedió al texto mismo, tampoco parece necesario reclamarle una pertenencia genérica inequívoca que sólo sobrevive en la abstracción de los manuales. La coherencia no es lo mismo que la unidad. La coherencia es el fruto del estilo, la reflexión, el trabajo. La unidad es producto de una obsesión monista y del temor a los contrastes.

Al igual que sucede con Borges, muchos relatos de autores tan dispares como Wilcock, Buzzati, Lispector, Manganelli, Monterroso, Arreola, Piglia, Vila-Matas, Galeano o Foster Wallace no tienen género. Proponen un antigénero o, mejor, un multigénero. La creciente valoración y práctica de la micronarrativa, el auge de las misceláneas, la noción de hipertexto de Ted Nelson, la canonización del minimalismo tanto en las artes plásticas como en la narrativa (es de gran interés la defensa del minimalismo de Barthelme, recogida por Lauro Zavala en su utilísima trilogía sobre el cuento): todos ellos son fenómenos ligados a estas cuestiones. De hecho, donde Nelson creía referirse específicamente a Internet (divergencia, fragmentación, interactividad, no linealidad, descentramiento), en realidad estaba hablando de la concepción posmoderna de la narración.

Cortázar, cuentista nada sospechoso de negligencia constructiva, solía insistir en el concepto musical del take, en las improvisaciones a partir de una idea o tema. Su riesgo está en la ejecución, pero también en la lectura. En este sentido, la relativa incomprensión que aún existe hacia las formas híbridas quizá tenga que ver con el imperio del pragmatismo, con la falta de riesgo: aquello que no tenga una forma reconocible queda condenado a parecernos amorfo. Frente a la lógica unitaria, el fragmento o la teoría del rizoma desafían la certidumbre de sus leyes. A este principio contemporáneo cabría añadir un importante matiz: la fragmentariedad es mucho más que la unidad subdividida.

No creo que haya una naturaleza en los textos, y menos aún que esa supuesta naturaleza esté determinada por su adscripción genérica. La experiencia nos indica que hay poemas narrativos e incluso dialogados. Que existen cuentos líricos. Novelas intimistas. Poemas filosóficos. Ensayos muy poéticos. Novelas cuyo núcleo son ideas. Abandonando los clichés que establecen vínculos de fuerza entre ciertos géneros y determinados procedimientos podremos comprender mejor una actitud literaria que, por su fecundidad y arraigo, no es posible seguir explicando desde la extrañeza.

El último minuto, Andrés Neuman
Páginas de Espuma, Madrid 2007

Extraído de Apéndice para curiosos, que epiloga la colección de cuentos

II

Tal como lo concibo, en el cuento la cualidad de síntesis va mucho más allá del consabido adagio estilístico de que en él "no deben sobrar una sola palabra". El problema trasciende el ámbito de la expresión, y alcanza el de la construcción: tampoco debería sobrar ninguna escena, ninguna digresión, ningún detalle. Es decir, concibo el relato breve como una elipsis de su propio desarrollo, como una reducción de sí mismo. La escritura comienza en lo narrado, continúa en las omisiones, que son las verdaderas omisiones que debe tomar el hacedor de cuentos. El cuento, en este sentido, aspira a una sencillez hermética: es el género que mejor sabe guardar un secreto.

Matizando un punto más la definición, creo que, dentro del género breve, hay algo que distingue a los llamados microcuentos o microrrelatos: su estructura. Si por un lado parece asunto de poca monta el delimitar la extensión máxima que deberían tener los microcuentos para ser definidos como tales (¿dónde fijar el límite y por qué?), por otro lado sí puede resultar fundamental la tarea de desvelar algunos de sus patrones constructivos. De hecho, en muchas ocasiones la extensión de un cuento empieza siendo una incógnita para el propio autor, que sin embargo suele tener claros desde un principio los recursos técnicos, de perspectiva y estructurales de que dispondrá para contar su historia. Más que proponerse "voy a escribir un cuento de cuatro páginas" para a continuación buscar los recursos necesarios, lo que suele hacer esta clase de narradores es "quisiera contar esta historia, y sé que me gustará hacerlo desde este punto de vista, con este ritmo y este esquema", siendo esta elección de lenguaje la que atrae, de forma natural, la brevedad.

(...)

El microcuento entra en mestizaje con el poema en prosa, con la reflexión breve, con el diario íntimo o el apunte, sin dejar a la vez de arrojar un nuevo subgénero, si bien híbrido, identificable. Sin ánimo de ponerme a profetizar, se me ocurre que la micronarrativa será un género altamente valorado en un futuro próximo, pues contiene los ingredientes de nuestro tiempo: velocidad, condensación y fragmentariedad.

El que espera, Andrés Neuman
Anagrama, Barcelona 2000

Extraído de Las mínimas palabras (acerca del microcuento)

 

 

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