Individuos agresivos,
sociedades violentas

Entre la silla
del comedor y el
banquillo de los
acusados

La violencia
escolar como
concepto perverso
y polimorfo

La peligrosa mezcla del
mensaje con el medio

La escuela como
educadora en la paz

La televisión vs el
espectador: golpear
primero, preguntarse
después

Un riesgoso
pero divertido espectáculo

La información
como espectáculo

Un lugar
donde esconderse


Entrevistas

José Sanmartín,
director del Instituto
Reina Sofía:
«Preocuparse por parchear
el ejercicio de la violencia,
cuando esta ya ha surgido,
sirve sólo para sacar rédito
político»

Carlos Belmonte,
fundador del Instituto
de Neurociencias de
Alicante:
«¿Y si papá quiere que su
hijo sea Mozart? Hoy no es
posible, pero quién sabe
dentro de 30 años»




Enlaces para ampliar el tema

Centro Reina Sofía para el estudio de la violencia

Observatorio de la violencia

Grupo de Estudios avanzados en violencia(GEAV)

No violencia

¿Qué es la violencia?

Sociedad española de psicología de la violencia

Bibliografía sobre la violencia machista

Federación de Mujeres Separadas y Divorciadas

Observatorio de la Violencia de Género

Red feminista

 

 

VIOLENCIA: UN CONCEPTO HISTÓRICAMENTE ESCURRIDIZO

Individuos agresivos,
sociedades violentas

 

¿Somos violentos por naturaleza? ¿Es este mundo más violento que el de otras épocas? ¿Existen estadísticas para poder hablar de ello con propiedad? Aun hoy resulta difícil consensuar una clasificación sobre qué prácticas pueden calificarse como violentas, pues cada vez ese término abarca terrenos más sutiles. Eso sí, pese a lo complejo que resulta analizar la cuestión, los científicos alertan: la agresividad depende mucho más de los estímulos sociales y culturales que de causas biológicas.

 

Juan Pablo Palladino
juanpabloteina@yahoo.es

 

Hay palabras cuyo significado compromete análisis enteros. Ocurre con la violencia, que se comporta de forma escurridiza cuando alguien intenta comparar de modo cualitativo su presencia a lo largo de la historia. A esto se suma otra contrariedad: la falta de antecedentes estadísticos que permitan cotejar cantidades. Así, dilucidar con objetividad si vivimos en sociedades más o menos violentas que las del pasado, resulta complejo.

El diccionario Espasa Calpe define así violencia: «Acción de utilizar la fuerza y la intimidación para conseguir algo». Según esta acepción, la violencia como acto en sí mismo puede implicar tanto el sometimiento de alguien a la voluntad de otra persona o grupo (piénsese en las relaciones de género conflictivas o en la agresión a un compañero de clase). O bien la liberación de ese sometimiento o de un riesgo cercano (la lucha de alguien contra quien pretende coaccionarle). Sólo dos situaciones dentro de un abanico muy amplio. Además, como advierte el filósofo José Sanmartín en la entrevista que integra este dosier, la agresión intencional —cualidad que diferencia a la violenta de los impulsos animales— puede ser física, pero también psicológica.

Primer problema, entonces: la diversidad de modalidades. Ya no se trata sólo del golpe de puño para doblegar a alguien, sino también del maltrato verbal; incluso, de la imposición ideológica más sutil. ¿Entraría, por ejemplo, el proceso de descrédito de valores culturales y religiosos? ¿Y la anulación de ideas por medios aparentemente pasivos, como la escuela o los medios? ¿Y la misma fuerza que ejerce el hombre sobre la naturaleza para satisfacer las necesidades impostergables?

Segundo problema: para saber con rigor —esto es: evitar los análisis simplistas— si las actuales son sociedades más violentas que las del pasado, faltan datos que permitan cotejar cantidades y cualidades de comportamientos. Como dice Sanmartín a Teína: «Carecemos de estadísticas».

De hecho, ni siquiera muchas actitudes que hoy se consideran violentas recibían la misma condena en otras épocas. Por ejemplo, el trato a los niños o a las mujeres; las relaciones de poder entre las personas y dentro de las comunidades, etcétera. «Quizá puede que haya más violencia, pero también hay una mayor sensibilidad hacia determinadas prácticas que en el pasado eran habituales y socialmente no estaban condenadas, como el maltrato infantil, de género o contra las personas mayores», aclara Sanmartín. Por otro lado, reconoce que en el siglo XX han nacido formas inéditas de agresión con la irrupción de nuevas tecnologías.

 

CONSTANTE HUMANA
La agresión siempre ha estado presente en los seres humanos y en el resto de especies como medio de supervivencia. Desde un enfoque neurocientífico, Carlos Belmonte, director del Instituto de Neurociencias de Alicante, explica a esta revista que los animales son violentos porque alimentarse para un carnívoro, por ejemplo, «implica matar a la presa».

Ahora bien, añade, muchas de las acciones violentas condenadas por la sociedad pueden provenir de «un mal funcionamiento del sistema más que de una realidad biológica». Algunos circuitos vinculados con esas actitudes pueden activarse por estímulos injustificados en el contexto social, es decir: puede haber sujetos gratuitamente agresivos».

Otra cosa es que la existencia de estos justifique la totalidad de situaciones violentas.

De hecho, los científicos saben, por un lado, que los agresivos patológicos representan una minoría, según Sanmartín. Y por otro, que los estímulos ambientales reconfiguran el cerebro. Así que incluso los violentos pueden serlo por las condicionantes del contexto en el que crecen. Belmonte ilustra: cuando los circuitos vinculados a la violencia son movilizados en etapas muy tempranas del desarrollo cerebral, se consolidan y resultan más difícil de tratar a posteriori por medios terapéuticos. «La violencia ejercida contra los niños les ocasiona a estos un daño enorme a futuro», advierte.

Con todo, si la crueldad ha ido a más o ha variado sus modalidades tiene que ver menos con causas biológicas aisladas que sociales. En palabras de Belmonte: «No ha habido cambios en la configuración de nuestro cerebro que puedan considerarse significativos; el de los egipcios o el de los sumerios era igual al de la gente de Albacete». A su juicio, la posibilidad de que los niveles y tipos de agresividad hayan variado están relacionados con la organización del mundo.

 

LA MODERNIDAD INCONCLUSA
¿Y qué puede decirse en este sentido? Al menos cabría esperar que los progresos técnicos y sociales en Occidente en los últimos siglos consintieran el optimismo. Ahí están, por ejemplo, los avances científicos que favorecieron una vida más prolongada y cómoda, y mayores riquezas. Y ahí los principios de la modernidad ilustrada y el florecimiento del humanismo como afianzamiento del concepto de dignidad de hombres y mujeres. En fin, es imposible desconocer ideas consagradas como la autodeterminación moral y política de las personas, la superación de las desigualdades, la libertad, la educación como medio de conocimiento, la importancia de la naturaleza, los Derechos Humanos. Otra cosa es si estos pronunciamientos y el intento de practicarlos forjaron sociedades más pacíficas.

Los historiadores coinciden en su visión crítica. Basta con citar algunos. Eric Hobsbawn indica que en el curso del siglo XX, cuyo inicio sitúa en 1914, «se ha dado muerte o se ha dejado morir a un número más elevado de seres humanos que en ningún otro período de la historia». Hobsbawn también menciona que los casi seis mil millones de habitantes que alberga el planeta triplican la población existente antes de iniciar la primera guerra mundial. Aun así, las guerras libradas en este siglo han tenido mayor poder destructivo de la vida que cualquier otra. Los avances tecnológicos sobre la naturaleza ya empiezan a acarrear consecuencias medioambientales severas. Y las desigualdades económicas, la pobreza y el hambre —¿otras formas de violencia?— son flagrantes cuando, a diferencia del pasado, la capacidad productiva permitiría satisfacer las necesidades de toda la especie.

 

UN MODELO DE VIDA VIOLENTO
Sanmartín afirma con rotundidad que el estilo de vida occidental fomenta el surgimiento de la violencia en múltiples modalidades. «En muchas ocasiones la agresión puede partir de un estrés mal controlado porque la persona carece de las habilidades inhibitorias necesarias», alude. Y esto es común en sociedades altamente competitivas. «Vemos al otro casi como un enemigo con el que es muy difícil empatizar y no como alguien al que hay que ayudar y al que debemos respetar porque es un igual en cuya piel debemos ponernos». A esas exigencias culturales, dice, hay que sumar las «grandes dosis de frialdad» que congelan la expresión de las emociones, sobre todo entre hombres. Eso no es todo.

«Los rasgos que caracterizan nuestra forma de vida van ligados a la búsqueda del placer rehuyendo el esfuerzo», señala el investigador. Esta gratificación que se supone inmediata e impostergable conduce a todos, más o menos, por la senda del egoísmo. Y por aquí parece imposible conjugar los deseos y creencias generales. Su conclusión: «Si las causas son, en general, socioculturales, la violencia es evitable, al menos teóricamente».

Si es así, muchas de estas actitudes conforman menos un destino inscrito en la biología que el resultado de «intereses específicos, por un lado, y demasiadas prácticas asumidas como inalterables, por otro». Intereses económicos entre las naciones y entre los individuos alentados, por ejemplo, por el fundamentalismo del dinero. «Las guerras constituyen el mercado idóneo para comprar y vender armas», ilustra Sanmartín. Y hay más: «El crimen organizado, el narcotráfico, el tráfico de personas, la explotación sexual.

A lo mejor alcance con mirar alrededor para descubrir el germen de cuantiosas situaciones violentas, más humanas que animales. Actitudes cargadas de odio y veladas por un manto de naturalidad. Sin ir más lejos, la ansiedad por lucrar, el interés económico como baremo incontestable de la vida.

Eso, seguro, no viene grabado en los genes.

 

 

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