Reseñas

La lógica del miedo
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Textos cinéfilos

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CRÓNICA DE UNA FUGA, DE ADRIÁN CAETANO

La lógica del miedo

 

Las historias de los detenidos de la dictadura argentina no dejan de sobrecoger, pese a que aparecen con frecuencia en la pantalla del cine. Adrián Caetano, director consistente donde los haya, rescata una historia real para hablar de los mecanismos de la violencia y el miedo al otro.

 

Fernando Pellitero
fernando_pellitero@yahoo.es

 

Si la violencia del poder es consustancial al ser humano desde el principio de los tiempos, las dictaduras son su expresión última y nada caduca (todavía hay demasiadas en un mundo que no deja de llegar tarde a su cita con el futuro). Las dictaduras necesitan amigos para nacer y desarrollarse. Pero sobre todo necesitan enemigos, internos y externos, para justificar su existencia. Los enemigos externos son fáciles de conseguir, siempre hay viejas rencillas con algún país vecino de las que echar mano llegado el caso. Un territorio que era nuestro por acá, unos compatriotas que viven reprimidos por allá y listo, ya tenemos a alguien contra quien agitar la bandera del nacionalismo y unir a la población contra quienes quieren socavar nuestro estilo de vida.

La búsqueda del enemigo interno requiere de más imaginación y es mucho más terrible. Es la que llena las páginas más oscuras de la Historia. La Inquisición, el Holocausto, los gulag siberianos, la caza de brujas de McCarthy, las limpiezas étnicas y hasta nuestro folclórico contubernio judeo-masónico, forman parte de la misma estrategia de conservación del poder (el enemigo puede ser su propio vecino, pero nosotros lo vamos a proteger). Lo peor es que es una estrategia que siempre da réditos. Stalin, Franco y Pinochet murieron en la cama, Fidel Castro también lo hará; Hitler y los militares argentinos tuvieron que perder una guerra externa para caer. Los Estados Unidos, sin ser una dictadura, practican con éxito esta misma política. Infundir y promover el miedo entre la población, para sacar beneficios de ello. Esa y no otra es la definición de terrorismo, que no se pierda de vista.

En 1976 la cúpula militar argentina ocupó por la fuerza el Gobierno y mandó al exilio dorado de Madrid a la nefasta Isabel Perón. La excusa: el país estaba convulsionado por grupos guerrilleros de extrema izquierda y extrema derecha, movimientos estudiantiles y obreros, o sea la patria en peligro, nada nuevo. Es bien sabido que la mayor parte de la gente necesita del orden, o de la sensación de orden, para sentirse seguros, así que fueron bien recibidos en general. Se llamaron a sí mismos Proceso de Reorganización Nacional (como el Alzamiento Nacional español, la sucia realidad necesita de eufemismos para sobrevivir) y comenzaron una sistemática y brutal represión de todo lo que oliera a subversivo. Como no debían de tener olfato de sabueso precisamente, siete años después habían muerto o desaparecido más de 30 mil personas, miles se habían exiliado y cientos de bebés habían sido secuestrados. Sin contar con la desarticulación de una clase media progresista que el país nunca ha recuperado del todo.

 

DIRECTOR DE FICCIONES VERDADERAS
Crónica de una fuga (2006) está basada en una historia real. Claudio Tamburrini era estudiante universitario y arquero de Almagro cuando fue secuestrado por la policía y llevado a un centro clandestino de los muchos que se habilitaron a tal efecto. El motivo siempre era el mismo, la sospecha de que era subversivo, guerrillero, terrorista, un peligro para la gente de orden. Enseguida queda claro que Claudio es inocente y que está allí sólo porque alguien dio su nombre, pero su estancia en el centro se prolonga indefinidamente entre vejaciones y torturas, hasta que cuatro meses más tarde consigue fugarse junto a otros tres detenidos. Años después, Claudio Tamburrini (establecido en la actualidad como profesor universitario en Estocolmo) declaró en el juicio contra los militares y escribió el libro en el que Adrián Caetano se basó para hacer la película.

Adrián Caetano es autor de una sólida trayectoria cinematográfica desde que en 1995 puso una de las piedras fundacionales del llamado Nuevo Cine Argentino con Pizza, birra, faso , toda una bofetada en la cara de la falsa prosperidad del menemismo. Con Bolivia y Un oso rojo ha transitado por los caminos oscuros de la realidad argentina, sin edulcorantes ni conservantes, a la vez que ha cosechado una estimable cantidad de premios internacionales.

Crónica de una fuga no ha alcanzado la resonancia de sus ilustres antecesoras, quizá porque el tema elegido no tiene la misma frescura. Si Caetano tuvo el mérito de sacar a la luz del día colectivos invisibles para la sociedad (adolescentes marginales de los suburbios, ex presidiarios, inmigrantes bolivianos), las historias de detenidos y torturados por la dictadura han sido un filón para el cine argentino desde la llegada de la democracia. No es esto una crítica, al fin y al cabo tragamos cada día sin rechistar historias repetidas de hospitales, policiales, juveniles, románticas, y si están bien hechas nadie se queja. Crónica de una fuga está bien hecha.

 

CRÓNICA DE UNA INFAMIA
Estamos pues en la Argentina de 1977. Claudio (interpretado por el talentoso Rodrigo de la Serna) vuelve de jugar un partido de fútbol y se encuentra con un grupo de policías de paisano que ha irrumpido en su casa y maltratado a su familia (si alguien todavía cree en el papel de «salvadores de la patria» de los represores, que vea cómo robaban con total impunidad la televisión y todo lo que de valor hubiera en las casas de los detenidos). A él se lo llevan (a la mansión Seré, hermosa casa colonial) y comienza su particular infierno, igual al de tantos otros miles. Lo desnudan, lo insultan, lo golpean, le piden que confiese nombres, datos, que confiese lo que sea, pero él no entiende nada, y nada puede confesar. Tardará varios días en enterarse de que otra persona, un activista real que lo conocía de la facultad, dijo su nombre en medio de una sesión de tortura, para proteger a sus compañeros de partido. Se hace evidente que no existen pruebas contra Claudio, pero no eran tiempos de garantías legales, así que Claudio seguirá secuestrado sine die , interrogado con regularidad, en una enfermiza rutina sin lógica.

En realidad sí que hay una lógica, la del miedo, y Caetano sabe presentarla muy bien, de manera sutil. No es el miedo obvio de los detenidos, si no el de sus carceleros, el que más sorprende. Detrás de toda forma de violencia subyace un profundo miedo. En este caso, miedo al guerrillero que ponía bombas, pero también al que piensa, al intelectual, al progreso en general. Así, la lógica es la del por si acaso, la del algo habrán hecho. Los carceleros, con todo su aire impune y chulesco, le tienen miedo a Claudio. Miedo a que en realidad sea un peligroso elemento subversivo, pese a las apariencias. Pero más aún, miedo a que sea inocente aquel contra quien han descargado su brutalidad, a que sea uno de los argentinos de orden a quienes dicen proteger. En esa lógica no tienen más remedio que esconderlo del mundo, desaparecerlo, como un chico esconde el jarrón que acaba de romper esperando que nadie se entere.

Adrián Caetano decide no mostrar las partes más duras de la tortura, quizá con la intención de centrarnos en la psicología de los personajes. El ámbito cerrado y una notable puesta en escena nos remiten a una pieza teatral psicodramática, al estilo Bertold Brecht. Lo más interesante entonces son las relaciones que se tejen entre los detenidos, y entre estos y sus carceleros. Vemos desfilar ante nosotros la solidaridad (amistad es una palabra demasiado bonita en un ámbito tan horrible), la crueldad, la delación, la culpa, el pánico. La desesperación, cuando Claudio y otro preso están cocinando para sus represores; mientras Claudio ve por la ventana cómo pasa la vida al otro lado de la verja, su compañero tiene que festejar, junto a quienes acaban de darle una paliza, los goles de la selección argentina, que juega un partido para el mundial del 78.

 

LA FUGA
Cuatro meses estuvo detenido Claudio Tamburrini hasta que logró escaparse de la mansión Seré junto a otros tres presos. Consiguen salir a la calle, desnudos como vivían, aunque no les resulta fácil conseguir ayuda. ¿Sabían los vecinos de Morón (barrio donde estaba la casa) lo que pasaba allí? Es probable que no, pero en tiempos de dictadura lo mejor para la salud es mirar para otro lado. Al final descubrimos que algo de amistad se formó ahí adentro, se ayudan a sacarse las esposas, a encontrar ropa, a llamar a las familias para que vayan a buscarlos,…

Hasta aquí llega la historia de Claudio Tamburrini y sus tres compañeros de fuga. Antes de los títulos de crédito se nos informa de que tres de ellos lograron huir al extranjero y uno fue detenido de nuevo hasta el final de la dictadura. Todos ellos prestaron testimonio en el juicio contra las Juntas Militares de 1985. Y un dato curioso y alentador: uno de ellos, Guillermo Martínez, hace en la película un pequeño papel como el juez que interroga a su propio personaje y le da tres días de vida si no confiesa.

La mansión Seré fue destruida a raíz de la fuga, para borrar las huellas de la barbarie. Se acercaba el mundial de fútbol organizado por Argentina y que varios ex detenidos anduvieran por el mundo contando su historia no era una buena publicidad («Los argentinos somos derechos y humanos», decían los militares ante las críticas del exterior).

Crónica de una fuga es una película que debe verse. Aunque sea la enésima sobre el mismo tema. Nunca hay testimonios suficientes que nos hagan recordar que una mañana de verano como la de hoy, hace treinta años, los enemigos de todos cometían crímenes imperdonables.

 

 

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