La tragedia de mimetizarse con el lugar de residencia

Albert Camus muy breve

Escritor y filósofo. Nació en Mondovi —hoy Deraan—, Argelia, el 7 de noviembre de 1913. Militó durante una temporada del Partido Comunista, pero lo abandonó. Cuando el Gobierno General de Argelia prohibió Diario del Frente Popular, donde trabajaba, se marchó a París. Allí ejerció desde 1943 como lector de Gallimard y dirigió el periódico Combat. Obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1957. Murió el 4 de enero de 1960 en un accidente de coche, cerca de Le Petit-Villeblevin.

Algunas de sus obras

- El revés y el derecho
(1937),
- El mito de Sísifo
(1942),
- El extranjero
(1942),
- Calígula
(1944),
- El malentendido
(1944),
- La peste (1947),
- Estado de sitio
(1948),
- Los justos
(1950),
- La caída
(1956) y
- El exilio y el reino (1957).

 

 

UNA LECTURA EN CLAVE MIGRATORIA SOBRE EL MALENTENDIDO DE ALBERT CAMUS

La tragedia de mimetizarse
con el lugar de residencia

 

Una obra breve pero devastadora. En El malentendido, Albert Camus describe con maestría un fenómeno actual: la emigración. Es decir: el eterno de drama de los que se van, y el no menos eterno de quienes se quedan. También el de los que regresan y, por supuesto, el de quienes reciben a esos que vuelven. Camus, argelino de la Francia colonial y premio Nobel en 1957, desvela la tensión irresoluble que existe para el ser humano que intenta contestar sus inquietudes existenciales preguntándole al lugar donde vive.

 

Alejandra Garrido Buzeta
alejandramelfi@yahoo.com

 

Partir o quedarse. Abandonar y volver. El malentendido es una tragedia pequeña y perfecta. Se lee en una hora y es devastadora. Es uno de los textos menos conocidos, aunque no por eso menos importante de Albert Camus (quizá eso se deba a que es una obra de teatro). Solo la he visto representada una vez, en Chile, hace ya muchos años, y todavía no he conseguido olvidarla. Como eso no me sucede muy a menudo, la tengo en mi pequeña biblioteca y la leo de vez en cuando. Ahora que la inmigración es una cuestión que preocupa tanto —y que yo soy inmigrante—, es momento de revisarla.


POR EL PRINCIPIO: EL ARGUMENTO
Dos mujeres administran una pensión en un país gris. Solo tienen como empleado a un viejo que casi no habla. Una de ellas es la madre de la otra. La madre está cansada, ya es mayor y solo quiere un poco de paz, acabar con esta vida que llevan, dejar de hacer lo que hacen. La hija, Marta, todavía es joven, pero su cara está marchita por el resentimiento. Tiene una esperanza, o más bien un objetivo disfrazado de esperanza: vivir en un país junto al mar. Un país donde el sol quema todos los pensamientos y vacía el alma. Quiere vaciarse. Discuten. La madre trata de convencerla de que paren de una vez: está cansada. Marta le dice que tal vez esta sea la última. Este huésped puede que sea el que les abra el camino para lo que quieren. La madre se conforma con esta esperanza.

Un hijo, Jan, regresa a casa después de veinte años de ausencia. No puede más con su alma y quiere recuperar a su madre y a su hermana, a quienes abandonó. Ya se ha montado un hogar en un país lejano donde hay mar y sol, pero algo le falta. Le va bien y se siente culpable, quiere ayudar a su familia. Le llama la tierra gris donde nació. Piensa que es difícil enfrentar la situación directamente y decide hacerse pasar por un turista que va a alojarse una noche en la pensión que ellas administran. Así, sin decir nada, podrá ver de cerca cómo viven y qué necesidades tienen. Luego, encontrará el momento justo para abordarlas con la verdad. Decide hacerlo solo. María, su mujer, le acompaña hasta la puerta de la pensión. Le manifiesta su recelo ante esa idea tan rara. Le recrimina que esa será la primera noche que pasarán separados. Le ruega que no lo haga; no sabe por qué. Él se empeña.

La primera en recibirlo es la madre. Le toma los datos para alojarse. No lo mira. No ve bien. No lo reconoce. Se fue siendo casi un niño. Él no dice nada, comprende.

El segundo contacto es con la hermana. Ella es fría. Él intenta intimar, pero ella cierra todas las puertas. Él se resigna. Mañana les dirá la verdad y todos serán felices. Se va a su habitación. Marta le lleva su taza de té, como a todos los demás. Él no la ha pedido, pero decide quedársela. Algo ha pasado. Ha cambiado de opinión y ya no quiere pasar la noche allí. Se toma el té antes de marcharse, pero el cansancio no le deja moverse. Se acuesta en la cama rendido por el sueño.

Las dos mujeres entran en la habitación, cogen el cuerpo sedado para llevarlo hasta la presa y arrojarlo, aún vivo, igual que han hecho con otros tantos. Esta será la última vez se dicen.

Pero, como en toda tragedia, sucede la revelación y las cosas se aclaran, aunque tarde: madre e hija descubren que el muerto era Jan. Y, como en toda tragedia, hay que expiar las culpas derramando sangre. Con la tranquilidad que da el saber que ya no hay vuelta atrás, que ya no hay esperanza.

La madre desesperada decide reunirse con su hijo en el fondo del río. Marta opta por la muerte también, pero sus razones son otras: al ser abandonada por su madre se ha quedado sin objetivo. Para ella el crimen es justo y en nada cambia que ese desconocido haya sido su hermano. En ella no opera el arrepentimiento.

La esposa regresa a buscar a su marido. Marta le cuenta con sencillez lo que ha sucedido. María no lo puede creer... Ha habido un malentendido.


LA PUESTA EN ESCENA

Mi primer contacto con la obra de Camus fue a través de una representación. Aunque hará unos quince años que vi ese montaje, todavía recuerdo algunas imágenes y sensaciones con total nitidez. Llovía y tuve que correr para llegar a la sala —era nueva— y, pese a que conocía muy bien la zona, no fue fácil dar con ella; mi incorregible impuntualidad hizo el resto. Tuve que entrar a tientas porque estaba a punto de empezar la función. Por suerte un compañero de escuela me hizo sitio a su lado, aquella noche había muchos actores, tal vez era un preestreno. El ambiente era cálido.

Se trataba de Sala cuatro, en el barrio de Providencia (Santiago de Chile), ahora cerrada. La dirección era de Rodrigo Pérez. El espacio escénico pequeño y casi sin escenografía. Solo un par de sillas y unos cuadros donde estaba pintado el mar. La música de Miguel Miranda, maravillosa. Los actores, excelentes. ¿Butacas o sillas? No recuerdo, pero escasas y abarrotadas. Comenzó la música, y esta anticipó lo que vendría. Enseguida, silencio total.

Cada vez que leo El malentendido pienso que aquel montaje fue un acierto. Tenía la sencillez necesaria para sostener la brutalidad de lo que allí decían y hacían los personajes, la frialdad a veces incluso comprensible con que estos ejecutan su destino, como si no tuvieran otra posibilidad en la vida.


ARQUETIPOS DE MIGRANTES
...no se puede ser feliz viviendo en el exilio o en el olvido. No se puede ser siempre un extraño. Quiero volver a mi país, hacer felices a todos a quienes amo. Y nada más.

Además de la historia, de por sí tremenda, si el espectador-lector mira más allá y se centra en las palabras de los personajes, puede encontrar el verdadero conflicto. Este gran conflicto tiene que ver con el espacio, más bien con los lugares, con la pertenencia a ellos, con el cómo condicionan estos el carácter de las personas y su manera de actuar. También con la necesidad de regresar al origen.

La madre personifica la conformidad y el cansancio dado por los años. Ella ya no quiere otra cosa que morir, no tiene la esperanza de ir a otro lugar mejor. Sin embargo, Marta sería la inconformista que cree que la felicidad que se merece está en otro sitio. Por su parte, Jan, el hijo pródigo, regresa a la tierra y al hogar después de hacer una vida exitosa fuera. Y por último, María, quien habla por todos aquellos que comparten su vida con un extranjero y que tienen que convivir con la imposibilidad de la felicidad completa, porque saben que jamás podrán curar ese dolor que lleva quien ha abandonado a los suyos.

Sobretodo en Marta y en Jan, Camus delineó posturas contrarias e igualmente poderosas frente a dos cuestiones fundamentales. Por un lado, el de la persona que nunca ha salido de su país y que lo único que desea es hacerlo. Por otro, el de aquellos que se marcharon a un sitio mejor, encontraron la felicidad y no necesitan regresar a la tierra donde nacieron. Entre todos esos puntos de vista, sobresale el de Marta: justifica sus crímenes porque considera que la vida ha cometido una injusticia con ella al privarla de estar en el lugar donde se merecía. Tan convincente es su postura y tan humanos sus planteamientos que, por momentos, logra que el espectador o el lector simpaticen con sus actos.

Marta: ¡Ah madre! Cuando hayamos juntado mucho dinero y podamos abandonar esta tierra sin horizontes, cuando dejemos atrás esta posada y esta ciudad lluviosa, y cuando hayamos olvidado este país lóbrego, el día en que por fin estemos frente al mar, con el que tanto he soñado, ese día me verá usted sonreír. Pero hace falta mucho dinero para vivir libre frente al mar.

Culpar a los lugares de la situación personal —en este caso a una tierra gris que no ofrece horizontes— es una metáfora preciosa sobre la falta de posibilidades en algunos sitios y sobre la fortuna. El personaje de Marta alberga la esperanza de que sus frustraciones se acaben el día en que pueda vivir frente al mar. Espera poder cegarse con el sol y no ver lo que está consumiéndola por dentro. En esa esperanza justifica su manera de proceder e involucra a su madre haciéndola culpable por haberla hecho nacer en esta tierra sin posibilidades.

Marta: ... estoy harta de cargar con mi alma; tengo ganas de encontrar ese país donde el sol mata las preguntas. Mi morada no es esta.

Tener la certeza de que en otro lugar encontrará su verdadera morada, es una sensación constante que acompaña al que sueña con partir. Es como si creyera que la vida lo ha puesto en el sitio equivocado. Marta simboliza esa intranquilidad del alma de quienes se sienten ajenos al lugar donde se encuentran, de aquellos que buscan algo sin saber bien qué es, pero que saben que no está en ese sitio. Sin embargo, también representa a quienes viven planificando porque son incapaces de ejecutar. Es bueno tener un objetivo elevado para poder pasarse la vida luchando por él; eso sí, sin voluntad de alcanzarlo.

Jan: Por esta puerta, salí hace veinte años. Mi hermana era una niña. Estaba jugando en ese rincón. Mi madre no vino a darme un beso. Entonces creía que me daba lo mismo.

Jan, al contrario que Marta, no planificó nada, se marchó sin pensarlo demasiado. Quizá sea esa la única manera de hacer algo así: no pararse a pensar en aquello que se abandona. Quien se va, no llega a tomar conciencia de eso hasta mucho tiempo después, cuando el arraigo en el nuevo sitio es tan fuerte como para cuestionarse la posibilidad de que nunca regresará. Sin embargo, esa certeza no llega.

Me han recibido sin abrir la boca. Me han servido la cerveza que he pedido. Me han mirado sin verme... Supongo que regresar al hogar no es tan fácil como se cree, y que lleva su tiempo convertir a un extraño en un hijo.

Jan se da cuenta de que no es fácil regresar después de tanto tiempo. El que se va ha hecho una vida totalmente nueva y, cuando regresa, mantiene el ideal de lo que dejó, el enfrentarse con la nueva realidad resulta impactante: «No hay peor exilio que el de quien retorna a su tierra».

María: ... desconfío de todo desde que he llegado a este país, donde busco inútilmente una cara feliz... ¿Por qué me has obligado a abandonar mi país? Vámonos, Jan, aquí no encontraremos la felicidad.

En María también puede reconocerse a las personas que nunca han sentido la necesidad de estar en otro sitio que donde nacieron, para ellos resulta casi incomprensible esa necesidad de volver a un sitio que solo trae malas sensaciones. Ella tiene la visión más objetiva de todos, puede percibir que algo no está bien.

Jan: ...las noches allá son promesas de felicidad. Aquí es al revés... Allí la primavera se apodera de uno, las flores brotan a millares sobre los muros blancos. Si se pasea usted durante una hora por las colinas que rodean mi ciudad, regresa con la ropa impregnada de olor a miel y a rosas amarillas.

Marta: Es maravilloso. Lo que aquí llamamos primavera es una rosa y dos capullos que acaban de crecer en el jardín del claustro. (Con desprecio). Eso basta para emocionar a los hombres de mí país. Pero el corazón de esos hombres se parece a esa rosa avara. Un soplo más poderoso los marchitaría; tienen la primavera que se merecen...

En este diálogo se resumen Marta y Jan. Todo su carácter y manera de actuar están contenidos en estas palabras, como si los lugares de que hablan fueran ellos mismos. Jan le describe con alegría el lugar donde ha vivido todos estos años. En cambio, Marta acusa directamente a la geografía, al clima en este caso, del carácter frío del europeo. Aunque también podría interpretarse al revés, como que el hombre tiene el clima que se adecua a su carácter.

Pero quizá el punto culminante de la obra sea el monólogo de Marta, luego de que su madre decide abandonarla para hacer compañía a su hijo en el fondo del río. Es en este personaje donde Camus proyecta sus obsesiones acerca de la moralidad del ser humano, del sentido de la religión y de lo absurdo de las justificaciones de esta hacia el comportamiento del hombre.

...Porque, antes de morir no alzaré los ojos para implorar al cielo. Allí donde es posible huir, ser libre, apretar el cuerpo contra otro cuerpo, saltar sobre las olas, ese país defendido por el mar, allí los dioses no se acercan. En cambio, aquí, donde la mirada encuentra barreras por todos lados, toda la tierra está concebida para que el rostro se alce y la mirada suplique. ¡Ah!, cómo odio este mundo en el que nos vemos reducidos a Dios. Pero a mí, víctima de la injusticia, no se me ha dado lo que se me debe, y no me arrodillaré. Privada de mi lugar en esta tierra, rechazada por mi madre, sola en medio de mis crímenes, abandonaré este mundo sin haberme reconciliado con él.

Uno puede abandonar este mundo sin reconciliarse con él, pero no sin haber leído o visto El malentendido. Este es uno de esos textos que deberían considerarse como «clásicos» porque su temática siempre estará vigente, porque su poder va más allá de la época cuando fue escrito, porque aborda conflictos humanos universales y porque su sola lectura produce esa conmoción interna dionisíaca que se atribuye a los inicios de la tragedia. Por eso, decir que el gran tema de El malentendido es la emigración sería quitarle méritos; como la obra genial que es, admite análisis desde muchos ángulos. Esta es solo una aproximación a una cuestión de actualidad y una lectura acomodada a una situación personal.

 

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