Jorge Drexler:
«Hay tanta relación entre la música y la fama como entre las drogas y la creatividad»


Coti Sorokin:
«La música popular ha evolucionado hacia un grado de frivolidad poco sano»

Discos de Jorge Drexler

“La luz que sabe robar” (1992) AYUI

“Radar” (1994) AYUI

“Vaivén”(1996) VIRGIN ESPAÑA

“Llueve”(1998) VIRGIN ESPAÑA

“Frontera”(1999) VIRGIN ESPAÑA

“Sea”(2001) VIRGIN ESPAÑA

“Eco” (2004) DRO ATLANTIC

“Eco²” (2005) DRO ATLANTIC

“12 segundos de oscuridad” (2006) DRO ATLANTIC

Drexler en la web

En You Tube:

Milonga del moro judío

Mi guitarra y vos

El monte y el río

Al otro lada del río

Página oficial

 

 

ENTREVISTA A JORGE DREXLER, CANTAUTOR URUGUAYO

«Hay tanta relación entre la música y la fama como entre las drogas y la creatividad»

 

Hace más de 11 años, Drexler partió de Uruguay rumbo a España. Entonces tuvo la suerte, o el talento, de que lo apadrinaran músicos como Joaquín Sabina. Luego vino el reconocimiento, incluso un polémico Oscar. Aquí deja ideas clave para entender su trabajo como creador y también su filosofía de vida. Aunque mantiene una postura crítica en muchos aspectos, se muestra optimista y rescata los avances del mundo actual.

 

Juan Pablo Palladino
juanpabloteina@yahoo.es


Renegar de la realidad no siempre tiene sentido. Uno se imagina a Jorge Drexler como a esos cantautores iracundos con todo lo que les rodea, salvo con el amor. Sin embargo, al conversar con este uruguayo afincado en España desde hace más de 11 años, se descubre a un tipo que encuentra en el presente muchas cosas positivas. Para él desde la cultura a los estilos de vida reflejan avances. Incluso en la superficialidad de los gustos encuentra una explicación del bienestar alcanzado en Europa en el último medio siglo. Así que, cuando se le plantean preguntas apocalípticas, enseguida desdramatiza las consecuencias, ya sea en la música o en los aspectos sociales. Lo cual no significa, por supuesto, que Drexler renuncie a ejercer el sentido crítico.

A este rioplatense le inquietan varios temas. Entre ellos están gestos reaccionarios de la industria cultural como la falta de compromiso con las nuevas propuestas musicales y el rescate constante de fórmulas antiguas. O la cantidad de basura que genera la sociedad actual, y que toca a la música, donde también hay muchos residuos. También la necesidad de alcanzar la fama —que nada tiene que ver con el reconocimiento— o la gran intimidad de su último trabajo. Pero todo eso lo comenta con un tono que rezuma sencillez; se diría incluso que hasta naturalidad y cierta resignación. O al menos así suena en su boca una frase con la que parece reflejar su talante artístico y personal: «En este trabajo la felicidad no siempre gira alrededor de ser muy conocido».

En alguna lectura sobre usted para esta conversación, se lo veía interesado en defender la música de raíz y el mestizaje. ¿Se pierde este tipo de géneros en un mercado globalizado donde la música también está condicionada por intereses económicos?
No, la verdad es que no soy muy de defender géneros musicales, éstos no lo necesitan. Sencillamente porque las identidades no se defienden, son lo que son. Defender una identidad es muchas veces forzarla. Y es cierto que hay un estado de globalización de diferentes cosas en el mundo. Si bien se globalizan muchas horribles, también lo hacen otras muy buenas como la vacunación, las telecomunicaciones que vinculan a personas o el estado de derecho, por ejemplo, en Europa.

¿Pero pueden desaparecer algunos géneros tradicionales frente a una difusión excesiva de los productos más comercial? O se trata, más bien, de un discurso una tanto simplista.
La historia del ser humano es el comienzo y el fin de fenómenos musicales y culturales en general. Vivimos en una sociedad terriblemente consumista y con un bombardeo brutal de información, y con muy poco cuidado de las formas y el contenido de las cosas. Pero no creo que sea nuevo, la historia de la cultura es la de la hibridación entre el nacimiento y la muerte; como en un ecosistema: nacen y mueren todo el tiempo los seres vivos.

Lo ve como algo natural, entonces.
A mí, lo que más me preocupa es la falta de riesgo mediático, que las radios de España  dejen de pasar música nueva para volcarse masivamente al formato revival. La gente no quiere escuchar música que le dé el más mínimo trabajo, ni siquiera conocer algo nuevo. Prefieren escuchar lo que le haga recordar que hubo un tiempo en que fue feliz. Eso me parece una de las cosas más tristes que hay porque el presente es lo único que tenemos y vivir anclados es tristísimo.

¿Cómo te afectó profesionalmente emigrar a España?
Me entró mucho por el lado de las letras. Y también me enseñó a ver la música de mi país, Uruguay, en perspectiva. En el sentido de que material que yo pensaba que era poco interesante, al final me definía. Como algunos palos folclóricos que, al venir, me di cuenta de que me identificaban mucho como músico y como persona.

El exitoso tema Al otro lado del Río —con el que ganó un Oscar— lo compuso en pocas horas y lo grabó con muy poco dinero, según comentó alguna vez. ¿Es la antítesis del sacrificio del que presumen algunos músicos, comprobación de que la suerte existe, demostración de talento?
Un poco de las tres. Pero la gran conclusión es que el esfuerzo material no va necesariamente en la misma dirección que los resultados de una canción. Hay discos que se han hecho con una guitarra y una voz en una habitación y nada más, y son maravillosos. Y hay discos cuya realización demora cinco años y en los que se gastan millones de dólares en producción, con grabaciones y mezclas en países diferentes, y al final son un bodrio. Para mí no están relacionados la elaboración y los costes de un proyecto con los resultados artísticos. Hay proyectos caros horribles y buenos, y proyectos pobres buenos y malos.

 

UN GÉNERO HÍBRIDO LLAMADO CANCIÓN
¿Cree que la complejidad armónica, el trabajo que la composición ha requerido, determina la calidad de una canción?
Hay un error conceptual en la forma en que muchas veces se valora la música. Y esto es una autocrítica también. En primer lugar, una canción no es sólo música: es un género de fusión, híbrido, en el cual intervienen la musicalidad de la palabra, la musicalidad del significado de la palabra y la musicalidad de la propia música. Evaluar una canción sólo por la música ya me parece un error. Porque una canción es más que música y letra buenas, es un acto de magia entre dos mundos que coexisten en un momento. Pero después, ¿evaluar una música por el desarrollo armónico...? La música existió antes y después que la armonía, es decir, la mayor parte de las culturas han ido y venido fuera de la armonía. ¿Qué se hace si no con la música de percusión africana, como el candombe, que posee una polirritmia complejísima, muy difícil, hiperelaborada, de cuarenta tambores tocando a la vez? ¿Qué se puede decir de esa música si uno se basa sólo en los acordes para valorarla? No hay nada que decir, entonces. Para mí es reduccionismo calificar la canción por la música o calificar la música por la armonía o calificar la armonía por su complejidad. En esa línea, (Giuseppe Domenico) Scarlatti sería mejor que el canto gregoriano, que sólo usaba quintas y cuartas. La armonía es una de las pocas materias que estudié en serio y creo que es un error catalogar la música por su elaboración armónica.

¿Qué han significado personajes como Joaquín Sabina y Víctor Manuel en su carrera musical?
Víctor Manuel me explicó cómo funcionaba el mercado discográfico en España. Pero hizo algo mucho más importante, que fue hacerme sentir que las canciones que yo escribía tenían un lugar aquí. Igual que Miguel Ríos, Ana Belén y Joaquín: me trataron como un tipo importante cuando no lo era, con un respeto que me emocionó. Yo venía de ser un artista poco conocido en Uruguay y de repente esos nombres estaban grabando canciones mías.

¿Le quedó algún resabio amargo por haber cumplido aquello de que nadie es profeta en su tierra?
No, porque además siempre mantuve una relación muy fluida con Uruguay desde el primer año: nunca fui menos de tres veces desde que me vine aquí, hace 11 años. Estaba muy contento con lo que tenía antes de venir. No era muy conocido, pero me pasaba los días  tocando en las universidades y había sacado dos discos: vivía relativamente bien. La felicidad no siempre gira alrededor de ser muy conocido en este trabajo. La alegría aquí va por otro carril: el de sentir que estás haciendo algo que te hace feliz y de lo que estás orgulloso.

 

EL MÚSICO, EL CONTEXTO, LA FAMA
Su último trabajo está marcado por un momento personal duro: su divorcio. ¿Cree que en las etapas de crisis aflora más la creatividad?
Parece que el ser humano en estado de alerta ante incomodidades externas está como más despierto, más observador, por el miedo a lo que pueda pasarle. Todos mis discos han sido reflejos del estado personal. Pero me gusta pensar que se puede escribir acerca de cualquier cosa y que no es mejor pasarlo mal para componer una canción buena. Me gustaría creer que no está muy relacionado.

¿Qué conexión existe entre un músico y el contexto social y político?
Enorme. Un músico es parte de un ecosistema no tiene manera de salir de su influjo. A veces lo ataca, otras lo festeja y otras lo ignora, pero incluso así actúa en función de.

¿Y cómo interpreta la abundancia de música prefabricada y asilada de la realidad? ¿Un síntoma, quizá?
Pero eso no sólo pasa en el mundo de la música. También hay muchos calcetines prefabricados y comida enlatada hechos sin cariño. Ésta es una sociedad de cosas despersonalizadas: ¿cuánto encuentras en tu entorno que esté hecho con cariño y humanidad? Lo que decís pasa con el diseño de las tasas, de las cucharillas, de los pañuelos de papel, de las botellas de agua... Está lleno de objetos descartables. En los últimos 50 años generamos más basura que el ser humano a lo largo de toda su historia. Y cuando hablo de basura hablo de la música también. No escucho radio ni veo la televisión, y obtengo mucha más información musical de Internet que de esos medios. Esta civilización trata a la música igual que trata a la comida. Aunque también hay muchas cosas buenas: la gente está más preocupada en Europa por la hipoteca, por el coche y por el móvil, y no está matando a su vecino, como lo estaba hace 60 años aquí, y no se le mueren de rubéola 7 de sus 14 hijos. Esta superficialidad que tiene la sociedad hoy también es una consecuencia del Estado del Bienestar, en el caso de ciudades como Madrid.

¿Cómo se toma ser un personaje famoso?
Las palabras son muy importantes: una cosa es el reconocimiento, que la gente reconozca tu trabajo, que te digan «gracias» o «me gusta lo que haces» o «tengo tu último disco y me gusta» o «lo tengo y no me gusta». Eso es muy lindo, es una gratificación por el trabajo realizado que es muy importante para el bienestar de una persona, al menos para mí. Pero eso no tiene nada que ver con la exposición mediática o lo que se llama fama. Hay hasta gente que es famosa de profesión, que nunca sabés bien lo que hace pero está ahí a cualquier precio. Eso me parece de lo más triste. Es verdad que un efecto secundario de mi trabajo es la sobreexposición mediática, porque tiene un perfil mediático: debo poner un cartel para anunciar mis conciertos, cuando escribo canciones me expongo porque lo hago sobre las cosas que me emocionan (lamentablemente: ya me encantaría escribir sobre las abejas y la luna, pero en este disco en concreto escribo sobre cosas íntimas). Ahora bien, eso es una cosa, compartir tu experiencia humana a través de la música o las canciones con otros que consideras iguales. Otra es que tu interés en la vida pase por entrar a un bar y que te reconozca alguien. Eso sí me paree increíblemente triste, porque aparte es como una droga, nunca estás tranquilo, necesitás siempre más. Y te quita mucha intimidad. Ése quizá sea el precio: la pérdida del anonimato, algo que la gente persigue como loca. El otro día leí una frase genial que decía: el ser humano está dispuesto a pelear por su esclavitud denodadamente, como si fuera su libertad.

Con todo, el imaginario musical de la gente va siempre ligado a las posibilidades de alcanzar la condición de famoso. Ahí está el caso de programas como Operación triunfo.
Sí, pero me parece una burrada. Hay tanta relación entre la música y la fama como entre las drogas y la creatividad. Es una sensación muy rápida y fácil que surge de relacionar cosas que, en el fondo, no tienen una realidad común.

 

 

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