Invitación a la lectura

1956: Zama, Di Benedetto y qué es literatura, por Juan José Saer

Lecturas

El novelista y las novelas, de Manuel Gálvez

Después apareció una nave (manual para nuevos cuentistas), de Guillermo Samperio

Nocilla Dream, de Agustín Fernández Mallo

El colectivo, de Eugenia Almeida

Tintalabios

Juan Aparicio-Belmonte: «Abundan los dogmáticos que se toman la literatura con una seriedad de asno»

Roberto Fontanarrosa: «Quisiera ser talentoso, popular y millonario, pero me basta saber que mis libros se venden bastante bien»


 
 

INVITACIÓN A LA LECTURA

1956: Zama, Di Benedetto
y qué es literatura

Juan José Saer

 

 

En vano se intentará ubicar Zama dentro de las categorías rutinarias que manejan nuestros críticos e historiadores de la literatura. Una enciclopedia reciente, que ha dedicado páginas y páginas a autores que una semana después de aparecida su enciclopédica consagración ya se caían a pedazos, prodiga a Di Benedetto, antes de pasar a otra cosa, una etiqueta lapidaria: «Practica la literatura experimental». Discriminación que no deja de ser curiosa, si tenemos en cuenta que no hay para la literatura otro modo de continuar existiendo que el de ser experimental —condición sine qua non que la mantiene en vida desde Gilgamesh—.

El periodista anónimo que redactó la frase distingue desde luego la literatura experimental con el fin preciso de hacer notar que no vale la pena ocuparse de ella. Ni fantástica ni realista, ni urbana ni rural, ni clásica ni de vanguardia, ni escapista ni engagée, Zama, justamente por no tener cabida en ningún casillero preparado previamente por los escribientes de nuestras revistas y de nuestras universidades, está destinada a destellar con luz propia y mostrarnos, de a ráfagas, a cada nueva lectura, zonas secretas de nosotros mismos que el hábito de esas falsas clasificaciones oblitera. Esa narración, que hace como si nos contara hechos transcurridos hace casi dos siglos, nos narra sin embargo a nosotros, sus lectores.

Zama
es, no nuestro espejo, sino nuestro instrumento —en el sentido musical y operacional del vocablo—. Aprendiéndolo a tocar oiremos, después de un momento, nuestra propia canción, que no es más que un turbio ronroneo, subjetivo, continuo y universal y que, lleno de sonido y de furia, no significa no propiamente nada, sino algo preciso, previamente determinado, dado de una vez y para siempre y que pueda dispensarnos del estado de lucidez difícil, mezcla de insomnio y somnolencia, en que se debaten nuestras vidas. Se dirá que todo eso no es más que irracionalidad y escapismo. Yo quiero hacer notar, sin embargo, que si aceptamos por un momento la hueca categoría de novela de América, abstracta y chauvinista, y adoptamos el punto de vista de quienes la manejan, entre todas las novelas que pretenden ese título en los últimos treinta años Zama sería la primera en merecerlo, a pesar del folclore, del anecdotario pasatista y del academicismo artero que pululan en la actualidad y que se pretende hacer pasar por una nueva novela.

Zama no se rebaja a la demagogia de lo maravilloso ni a la ilustración de tesis sociológicas; no se obstina en repetirnos viejas crónicas familiares que marchitan la novela burguesa desde finales del siglo XIX; no divide la realidad, que es problemática, en naciones; no pretende ser la summa de ningún grupo o lugar; no da al lector lo que el lector espera de antemano, porque los prejuicios de la época hayan condicionado a su autor induciéndolo a escribir lo que su público le impone; no honra revoluciones ni héroes de extracción dudosa, y sin embargo, a pesar de su austeridad, de su laconismo, por ser la novela de la espera y de la soledad, no hace sino representar a su modo, oblicuamente, la condición profunda de América, que titila, frágil, en cada uno de nosotros. Nada que ver con Zama la exaltación patriotera, la falsa historicidad, el color local. La agonía oscura de Zama es solidaria de la del continente en el que esa agonía tiene lugar.

Una última observación: hay un estilo Di Benedetto, reconocible incluso visualmente, del mismo modo que hay un estilo Macedonio, o Borges, o Juan L. Ortiz. Este mérito puede muy bien ser secundario; pero que yo sepa no lo encontraremos, en la Argentina, en ningún otro narrador contemporáneo de Di Benedetto.

 

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Fragmento extraído del prólogo de Juan José Saer para Zama, de Antonio Di Benedetto.
La Biblioteca Argentina. Serie Clásicos. Clarín.
Buenos Aires, 2000. (La primera edición de Zama es de 1956).

 

 

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