Invitación al viaje

Dos odiseas y una fuga a la Montaigne


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Paradise Beach o el descenso a los infiernos (nunca pierdas el ferry en Dakar)

 
 

 

INVITACIÓN AL VIAJE

Dos odiseas y una fuga a la Montaigne


Enrique Vila-Matas

 

I

Puede decirse que la fuga ha terminado, pero también que sigues de viaje en tu casa, por la carretera perdida.

El mundo se te ha convertido, tras tu lento regreso, en un país extranjero donde ya no existe la necesidad de huir de él ni tampoco la de volver a casa.

Antes de que el mundo fuera un país extranjero, la literatura era un viaje, una odisea. Había dos odiseas, una era la clásica, una epopeya conservadora, que iba desde Homero a James Joyce y en la que el individuo regresaba a casa con una identidad reafirmada, a pesar de todas las dificultades, por el viaje a través del mundo y también por los obstáculos hallados en su camino: Ulises, en efecto, volvía a Ítaca, y Leopold Bloom, el personaje de Joyce, también, en su caso lo hacía en una especie de viaje circular de la repetición edípica. La otra odisea era la del hombre sin atributos de Musil, que se movía, al contrario que Ulises, en una odisea sin retorno y en la que el individuo se lanzaba hacia delante, sin volver jamás a casa, avanzando y perdiéndose continuamente, cambiando su identidad en lugar de reafirmarla, disgregándola en aquello que Musil llamaba «un delirio de muchos».

Ahora vives una doble odisea en un país extranjero y por una de sus carreteras perdidas vas caminando al atardecer entre la niebla, buscando a Musil. A veces ves a Emily Dickinson, que huye de algo y va susurrando la palabra bruma mientras pasea a su perro. Y a veces no la ves, porque está cosiendo en su casa y es la Penélope de la epopeya conservadora.

Avanzas y te pierdes continuamente y cambias de identidad en vez de reafirmarla, y te disgregas en un delirio de muchos por la carretera perdida, en el salón de tu casa, entre la bruma, bajo la niebla, con el televisor encendido pero sin el audio, de modo que de vez en cuando levantas los ojos y percibes una imagen sin retenerla, en una especie de banda visual continua, de fondo, como antes hacía de fondo sonoro la música.

II

Diario de viaje a Italia, por Suiza y Alemania de Michel Montaigne fue desde el primer momento una inmejorable compañía para mi largo desplazamiento a los Alpes. El diario de Montaigne es un testimonio de los experimentos o atrevidos ensayos sobre la subjetividad en el texto en los que trabajaba de forma tan innovadora su autor, viajero a caballo por la europa del siglo XVI, viajero que contestaba así a quienes se interrogaban por los motivos de sus partida de Burdeos, su tierra natal: «Suelo responder a los que me preguntan por la razón de mis viajes: Sé bien de lo que huyo, mas no lo que busco. En cualquier caso es mejor cambiar un estado malo por otro incierto».

Alma y viaje son los conceptos sobre los que indaga con más obstinación y frecuencia el viajero Montaigne, que parece estar huyendo de la oscura tumba en la que yace el espíritu de su tiempo: «El alma tiene ahí (en el viaje) un continuo ejercicio al observar las cosas desconocidas y nuevas; y no conozco en absoluto mejor escuela para formar la vida que proponerle incensantemente la diversidad de tantas otras vidas».

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El mal de Montano, Enrique Vila-Matas
Anagrama, Barcelona 2002

 

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