Barrios que reflejan la desigualdad social

4 + 1 casos reales de inmigrantes en las aulas

El terror mediático a que también migren los virus letales

Entrevistas:

Sami Naïr, politólogo francés:
«Mañana habrá otros barcos»

Eduardo Galeano, historiador y escritor uruguayo:
«Los emigrantes no se van porque quieren, sino porque los echan»

Jose Naranjo Noble, autor de Cayucos:
«Los jóvenes africanos están fascinados con la posibilidad de emigrar a Europa»

Adolfo Dufour, documentalista:
«Los españoles también fuimos emigrantes pobres, clandestinos e ilegales»


Notas

1) Anuario CEIM 2006: Los inmigrantes en la Comunidad Valenciana.

2) Ídem.

Enlaces para ampliar el tema

La inmigración en España (El País)

Secretaría de Estado de inmigración y emigración de España

Estudios sobre inmigración en diferentes ámbitos

Aulaintercultural, el portal de la educación intercultural

Multiculturalismo, en Revista Teína nº3

Organización internacional para las migraciones

Observatorio Valenciano de las Migraciones (Fundación CeiM) 

Inmigración y racismo. Análisis de radio, televisión y prensa española.

La inmigración extranjera en España

 

 

CONCENTRACIÓN DE INMIGRANTES EN ALGUNAS ZONAS URBANAS

Barrios que reflejan la desigualdad social

 

Los mapas demográficos desvelan la distribución de la riqueza. Los extranjeros tienden a concentrarse en los sectores desfavorecidos de la ciudad. Unos expertos se preocupan por la tendencia a la formación de guetos y por el riesgo que ello implica para la integración social. Otros entienden esta reunión como natural, pero cuestionan que se dé forzada y en entornos deteriorados, lo cual fomenta la falta de oportunidades y la mala convivencia. Algunos van más allá: interpretan este fenómeno como prueba de que Europa mira a los inmigrantes sólo como mano de obra barata, es decir, trabajadores que deben satisfacer como puedan su necesidad de vivienda.

 

Juan Pablo Palladino
juanpabloteina@yahoo.es

 

La ciudad como una inmensa fotografía de la convivencia cultural. Cuánto podría apreciarse si en cada esquina existiera un prismático de esos que instalan en los miradores de los cerros aledaños a una ciudad. Pero que, al introducir una moneda, en vez de filtrar detalles del paisaje, ofrecieran una vista de la urbe donde los habitantes brillaran según su lugar de residencia y su nacionalidad. Entonces los curiosos entenderían cuán desigual resulta la distribución espacial de las metrópolis, que se corresponde con la de la riqueza, y dudarían de las promesas en torno a la integración.

Cierto, la idea de los prismáticos resulta ficticia (aunque con tanto control de fronteras nunca se sabe hasta cuándo). Sin embargo, quienes trazan los mapas estadísticos de las ciudades cuentan con una versión alegórica, pero igual de efectiva, de estas hipotéticas herramientas. Estas cartografías ayudan a interpretar la distribución de la riqueza en una ciudad y sugieren matices sobre el nivel de integración entre inmigrantes y autóctonos. También reflejan la ubicación de los sectores más necesitados y, por tanto, vulnerables, con probabilidad de sufrir mayor número de conflictos.

El motivo de esto último es bastante consistente. Si bien no de forma mecánica, «existe una interrelación entre la mala calidad de los barrios y el deterioro social de las persona que viven en ellos» (1). Peor aún, ambos procesos se «retroalimentan». Así, el entorno urbano tiene la capacidad de humanizar o deshumanizar las relaciones, actúa de puente o de barrera entre las personas.

Ahí reside la preocupación de los expertos al constatar que los inmigrantes que llegan a España tienden —lo cual deja margen para las numerosas excepciones— a asentarse en determinados barrios. Zonas que presentan, al menos en el caso de Valencia, cuatro problemas, cuya existencia se sabe previa a su llegada, pese a lo que se suele afirmar: carencia de espacios verdes, excesivos niveles de ruido, falta de limpieza en las calles y altos niveles delincuencia y vandalismo. Es decir: entornos sociales empobrecidos.

INFRAVIENDAS
Por diferentes motivos, entre los que se cuenta la inseguridad laboral y la baja capacidad de gasto, muchos extranjeros se ven obligados a  habitar en infraviviendas, es decir, casas deterioradas. El precio de la residencia contribuye en todas las ciudades a segregar a las personas por su poder adquisitivo. Los inmigrantes se van acomodando, así, a la territorialización de la desigualdad social, a la que los autóctonos ya estaban acostumbrados. A las barreras sociales —población marginal, entorno social empobrecido, mala comunicación con otras partes de la ciudad, viviendas en mal estado— se añaden las físicas —barrios distanciados por grandes carreteras o polígonos industriales.

Desde el Foro Alternativo de la Inmigración, un espacio de encuentro de ONG críticas de Valencia, entienden que «los inmigrantes vienen a sumarse a la ya complicada situación de la vivienda» en España. Y lo hacen con las dificultades añadidas de su inestabilidad administrativa y laboral. Según dicen, la llegada de miles de personas en busca de mejores condiciones de vida ha disparado la demanda de alquileres en un mercado inmobiliario donde éstos representaron siempre una segunda opción frente a la compra. En la práctica, sin embargo, la mayoría encuentran enormes «trabas y recelos» por parte de los propietarios y de las inmobiliarias, que les «exigen condiciones casi imposibles de cumplir para garantizar el cobro». Los obstáculos se endurecen en el caso de los irregulares, quienes carecen de documentos. La búsqueda termina en «aquellas viviendas que quedaron vacías o en casas de zonas degradadas de las ciudades; incluso, en habitaciones o camas insalubres [que arriendan por horas]».

Surge la discusión sobre los posibles riesgos de la tendencia a la concentración de extranjeros. En vedad, una polémica que ahora se plantea en el marco inmigratorio pero que se remonta casi tan lejos como la idea de que la marginación tiene costes para los marginados y para los que marginan. Que el contexto urbano «refleja el entorno social, donde cada grupo desarrolla su propia cultura» y «sus estrategias de supervivencia». Y que las personas de niveles socioeconómicos inferiores y de medios deteriorados se relacionan con aquellos que «padecen sus mismos problemas y carencias, se casan entre ellos y tienen hijos que, siempre en términos generales, heredan la falta de oportunidades, y de capacidades para aprovecharlas, de sus padres y del» ambiente en que han nacido y crecido (2). Un círculo que envuelve a extranjeros, pero también a personas autóctonas desde hace mucho tiempo.

 

EL GUETO, ¿ POSIBILIDAD O MITO?
Sin embargo, la concentración de inmigrantes sembró la alarma y publicitó el miedo a los guetos, es decir, mundos separados del resto de la población. La experiencia de otros países europeos y de Norteamérica «demuestra la posibilidad de que la concentración conduzca a una guetización» y, entonces, se dé al traste con la integración de los diferentes grupos, responde a Teína Berta Álvarez-Miranda, profesora en la Universidad Autónoma de Madrid y coautora, junto a Carmen González-Enríquez, del libro Inmigrantes en los barrios. «Resulta habitual que la población autóctona tienda a irse con el tiempo y, por tanto, que ambas poblaciones tiendan a segregarse». El escaso trato cotidiano hace el resto. Además, al vivir en un entorno parecido al de sus lugares de origen los extranjeros pierden el interés por «adoptar la lengua y los hábitos del país de acogida». Al tiempo que los problemas de adaptación escolar y laboral «propios de los recién llegados en las primeras fases tienden a perpetuarse» en estos contextos asilados.

El Estado, sostiene, tiene límites para trabajar la convivencia. «Me temo que las administraciones públicas no pueden (ni deben) intervenir en la convivencia cotidiana en los bloques de viviendas o en los espacios públicos, excepto cuando se violan las leyes (por ejemplo, para frenar la delincuencia)». La integración es, a su juicio, «un asunto de prácticas sociales mucho más que de políticas públicas». Por eso los discursos sobre los diferentes modelos resultan «vanos» a tenor de los problemas «tan parecidos que se dan en la convivencia en todos los países». Ni Inglaterra ni Francia ni Alemania, con mayor experiencia en la materia, han tenido éxito en la tarea de la integración de los extranjeros. «Con políticas distintas, comparten problemas similares de discriminación social de los inmigrantes y sus descendientes», argumenta.

Según esta profesora, los estudios de opinión pública reflejan que los españoles residentes en barrios con mucha inmigración desean que los extranjeros observen las normas básicas de convivencia. A la par de que conserven sus hábitos y costumbres de origen, sus lenguas y religiones. «Las normas básicas de convivencia incluyen muchas cosas: desde el orden público hasta el uso de los espacios comunes (que no monopolicen las zonas deportivas en los parques, por ejemplo), el decoro en las calles (que no miren insistentemente a las mujeres al pasar), el descanso en las viviendas (que no pongan música a gran volumen por la noche), entre otros», explica Álvarez-Miranda. Normas de «buena vecindad» que, si bien los españoles también suelan ignorarlas, los «inmigrantes las tienen que aprender y respetar». Eso sí, aclara, los autóctonos deben aceptar, por su parte, los límites de la frase normas básicas de convivencia. «En ocasiones expanden tanto la definición que parece que rechazan todo comportamiento diferente».

A otros les preocupa menos la posibilidad de que convivan personas de un mismo origen que el forzamiento a transitar esas relaciones y, además, en condiciones indignas. «Un proyecto migratorio se realiza siempre con la implicación de familiares, amigos, paisanos, porque la inmigración no es una aventura individual sino un nuevo modo de vivir la vinculación con los propios», explica a esta revista Ximo García Roca, director del Centro de Estudios para la Integración y Formación de extranjeros de Valencia (CEIM). Por eso, cuando alguien sale de su  país traslada consigo sus redes sociales, por medio de las cuales recibe información sobre el viaje, el alojamiento y entabla los primeros contactos que lo ayudarán a sentirse acompañado. «Un plus de acogida entre iguales, en entornos afectivos que le dan seguridad, libertad y confianza, y que lo introducen en su nuevo mundo», precisa García Roca, para quien «las comunidades desempeñan un papel decisivo para superar la incomunicación, la discriminación y la exclusión».

Según él, el gueto consiste más en la discriminación estructural de un grupo de personas con una particularidad —como puede ser su mera condición de extranjero— al que se le impide integrarse en la sociedad y se lo aísla en barrios excluidos y olvidados por las instituciones. Y gravita mucho menos en que vivan juntos quienes comparten amistad, idioma, raíces culturales y trayectorias vitales. «El peligro está en la degradación de los barrios, aquellos que sufren el desempleo masivo, el fracaso escolar y la precariedad social. Lugares donde residirán obligados quienes no tienen otra posibilidad y quienes, al presentarse como residentes allí, verán cerrárseles las puertas al trabajo porque su currículo no valdrá nada», advierte.

¿Alguna coincidencia con los jóvenes que protagonizaron los disturbios de París, en 2005? García Roca asiente y explica: «Estos jóvenes buscaban condiciones de vida y encontraron palabras incendiarias que les identificaban como “escoria”. Buscan ser reconocidos como franceses y encuentran el olvido institucional en barrios segregados. La conjunción de pobreza, humillación y discriminación étnica son las claves para entender su revuelta».

 

LA INTEGRACIÓN COMO EXCUSA
Para el profesor Andrés Piquera, de la Universidad Jaume I de Castellón, la concertación de inmigrantes debe leerse al revés de cómo se acostumbra. «La única preocupación que debería tenerse es si [esas personas] están viviendo en condiciones dignas» y no son presas de «procesos de marginación». Incluso, la aglutinación puede revelar su necesidad de relacionarse y de articular una defensa mutua a partir de la proximidad geográfica. Dicho de otra forma: agruparse para «crear el capital social que facilita un mínimo de integración y ayuda a subsistir» a cualquier ser humano. En todo caso, no es un problema para la sociedad mayoritaria, asegura Piquera. «Al contrario, muchas veces se los tiene en un lugar para que molesten lo menos posible», aunque los vecinos autóctonos suelan quejarse.

Lugares como el barrio de Orriols, en Valencia, el Raval, en Barcelona, Lavapiés, en Madrid, o el municipio de Alcorcón de esa capital —donde se produjeron los enfrentamientos recientes entre bandas juveniles extranjeras y españolas—. Sitios cuya composición demográfica y falta de inversión pública desmienten el interés por que autóctonos y extranjeros convivan en igualdad de condiciones. Y que, además, desvelan que el reparto desigual de la riqueza ignora nacionalidades, también afecta a los de aquí.

Cuantas más propuestas, programas y campañas se confeccionan abanderando la  integración «más lejos se está de conseguirlo», afirma Piquera. Se trata, a su juicio, de una «excusa recurrente para mantener las cosas como están y mostrar que se hace algo». Eso sí, cuando las velas arden, cuando la marginalidad de ciertos sectores empieza a molestar, se aplican los «parches de rigor». En pocas palabras: medidas «parciales, tardías e ineficaces».

Piquera sugiere que la integración sí debe respaldarse en medidas política. Otra cosa es que la política actual permita respaldar esas medidas, que implicarían rupturas profundas con el sistema establecido. «Si no hay igualdad de condiciones entre unos y otros ciudadanos, ¿cómo vamos a hablar de integración de las personas que vienen, encima, en las peores condiciones sociales?», observa.

En su opinión, la solución a la concentración y segregación barriales de inmigrantes, y de cualquier grupo social, se consigue mediante una fórmula elemental: permitiendo la igualdad de oportunidades. «Cualquier ciudadano que se sienta bien en un determinado ambiente no buscará, para empezar, reunirse sólo con determinados sectores», justifica. En tanto, reconoce que pueden tomarse medidas más rápidas para evitar el deterioro barrial y el de la población que allí reside. Esto es: «invertir y asegurar las condiciones ecológicas» básicas de habitabilidad.

 

LA TÓNICA EUROPEA
Aunque tales estrategias parecen viajar a contracorriente de los vientos que soplan desde la Unión Europea y mueven los molinos españoles. Que el Partido Socialista «haya suavizado» los niveles «salvajes» desplegados por el derechista Partido Popular en materia de inmigración dista mucho, para Pereira, de reconocer un cambio radical. El talante de la UE sigue vigente: lo que interesa de los extranjeros es su condición de fuente de trabajo, su «conveniencia» para el mercado laboral, asegura. Por eso, «las pocas políticas desarrolladas se han relacionado con la regularización», que el PSOE lanzó justo a tiempo porque los empresarios lo pedían a gritos. 

Junto a la concepción del inmigrante como mano de obra, antes que como ser humano, Europa ha acentuado el control de fronteras. «Pero esto no tiene que ver con que no pasen de verdad», aclara el sociólogo. «Si no pasaran, el mundo empresario, que los necesita, se sentiría demasiado frustrado y preocupado». El endurecimiento de las condiciones de acceso al primer mundo busca, en cambio, «que entren en condiciones clandestinas para que trabajen en una situación de indefensión y vulnerabilidad». Así no pueden reivindicar ni «plantear problemas» a los patrones.

Esta realidad, cuya materialización se evidencia en los llamados barrios inmigrantes, fomenta distintos pronósticos, siempre sujetos a la incertidumbre propia del devenir social. En la base de estas elucubraciones laten los ejemplos de otras experiencias europeas. «La conciencia de ser superexplotada y marginada de un montón de prerrogativas ciudadanas puede hacer despertar a la inmigración como sujeto social, sindical o político», o encaminarla «hacia la frustración más desagradable, que genera manifestaciones violentas sin presión social ni política», advierte el sociólogo. En España aún se está a tiempo de preparar el camino.

Al final, propone Piquera, la exclusión social, económica y geográfica dentro de ciudad se relaciona con factores de clase. Y la inmigración entra en esa dinámica. «En la medida en que estas personas están forzadas a trabajos extrabaratos, son vulnerables y poseen poco poder de negociación y de intrusión, prevalece su condición de clase». Y, como él dice, al mercado le importa la acumulación de capital y que la inmigración aporte mano de obra económica. «Le da igual que sean de un color u otro, el sombrero que se pongan o cómo bailen. Y tenerlos empaquetados en determinados espacios sociales favorece su control y su explotación». Otra cosa es que, luego, se intente revestir su clasificación social con razonamientos identitarios, étnicos o racistas.

 

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