Invitación a la lectura

Lo genérico y lo concreto en la escritura
Guillermo Martínez


Lecturas

La cocina de la escritura de Daniel Cassany

La construcción del personaje literario de Isabel Cañelles

La práctica del relato de Ángel Zapata

Tintalabios

Alberto Laiseca:
«La soledad es una especie de maldición. Hay que exorcizarla todos los días.»

Sergio Bizzio:
«La literatura puede ser mucho más dolorosa si la tragedia se cuenta con humor»


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Sergio Bizzio en dos palabras

Nació en Villa Ramallo en 1956. Publicó libros de poemas, novelas, cuentos y obras de teatro. Además trabajó como guionista de televisión y cine. Con En esa época ganó el Premio Emecé de Novela 2001 y con Rabia, el Premio Internacional de Novela de la Diversidad, en España, en 2004. Dirigió la película Animalada (Premio de Guión del Instituto Nacional de Cine, en 2001, y Premio Mejor Película Extranjera en el Latin American Festival of New York, en 2002). Su segundo filme, No fumar es un vicio como cualquier otro , está en la etapa de posproducción. También está grabando un disco y escribe, junto a Ramiro Agulla, una miniserie para TV. Su última novela, escrita en colaboración con Daniel Guebel, es El día feliz de Charlie Feiling.

Para leer en la web

- En esa época

- Un beso (cuento inédito en libro)

- Rabia

- Documental Planeta Bizzio, de Nadina Fushimi (se puede ver completo en Google Video)

Novelas:

El divino convertible (Catálogos, 1990)

Infierno Albino (Sudamericana, 1992)

Son del África (Fondo de Cultura Económica, 1993)

Más allá del bien y lentamente (Sudamericana, 1995)

Planet (Sudamericana, 1998)

En esa época (Emecé, 2001)

Rabia (Interzona, 2005)

El día feliz de Charlie Feiling (con Daniel Guebel, Beatriz Viterbo, 2006)

Cuentos:

Chicos (Interzona, 2004)

Teatro:

Carnicerías argentinas (con Daniel Guebel, 1993)

Dos obras ordinarias: “La china” y “El amor” (con Daniel Guebel, Beatriz Viterbo, 1995)

Gravedad (Beatriz Viterbo, 1999)

Poesía:

Gran salón con piano (Salido, 1982)

Mínimo figurado (Último Reino, 1990)

Paraguay (Mickey Mickerano, 1995)

El abanico matamoscas (Belleza y Felicidad, 2002)

 

 

ENTREVISTA A SERGIO BIZZIO, ESCRITOR Y ARTISTA POLIFUNCIONAL

«La literatura puede ser mucho más dolorosa si la tragedia se cuenta con humor»


Acaba de terminar una novela y ya comenzó a escribir una nueva. Hace dos meses se publicó otra, que redactó en colaboración con Daniel Guebel. Además, graba un disco, escribe una miniserie para la TV y prepara el estreno de su segunda película para comienzos de 2007. Un viaje al mundo de un hombre convencido de que su obra, a pesar de que derrocha humor por los cuatro costados, está repleta de tristeza y dolor.

 

 

 

 

Sergio Bizzio es un tipo que sorprende. Sorprende en su literatura porque uno no sabe con qué nuevo delirio podrá encontrarse en la siguiente página: extraterrestres que secuestran a actores de telenovela argentinos para que levanten el nivel de la TV de su planeta, linyeras que hablan con los muertos, indios que se encuentran una nave espacial en la llanura pampeana del siglo XIX. Sorprende también porque cada vez incursiona en una nueva faceta artística: comenzó publicando poemas, luego novelas y cuentos, después escribió guiones de televisión y de cine y, a día de hoy, incluso ha dirigido ya sus propias películas. Y sigue sorprendiendo cuando, iniciada la entrevista, de lo primero que habla —con un entusiasmo cercano al éxtasis— es de su nueva experiencia: la música y la grabación de un disco.

Es un proyecto que me tiene muy apasionado —explica, sentado a una mesa del primer piso de la Boutique del Libro, una librería-bar en pleno barrio de Palermo—. Para mí, la música siempre fue y sigue siendo la más importante de las artes. Escucho música, soy de esos tipos que ponen un disco, desconectan el teléfono, cierran los ojitos y lo escucha desde que empieza hasta que termina.

—¿Vos tocás o cantás?
El asunto es éste: yo no sé tocar, pero con cualquier instrumento que caiga en mis manos, desde un shakuhachi hasta un piano, hago algo. No en un sentido convencional: no saco canciones, porque no es lo que me interesa, sino que compongo algo. Entonces un día dije: «¿Por qué no grabo estas cosas?». Además, la única manera en que yo puedo conservarlas es grabándolas, porque no solamente no sé tocar sino que tampoco sé leer ni escribir música.

—¿Cómo es el proceso de grabación?
—Voy a un estudio, agarro los instrumentos que hay ahí y los toco todos. Voy con una idea muy general, tengo sesiones de dos o tres horas diarias, y cada día me voy con un CD. No solamente la paso bien y soy inmensamente feliz haciendo eso, y me parece que está mucho mejor invertida la plata en eso que en un psicoanalista, sino que además me lo tomé muy en serio. El resultado es muy interesante. El disco se va a llamar «Música para pensar sentado».

ESTADOS DE CONCIENCIA
«¿Podemos ir arriba, no?», había preguntado Bizzio a la moza del bar, luego de esperarme tomando un café y fumando en una mesa de la planta baja del bar. Eran las 10 y media de una mañana de sol y el local estaba casi vacío. «Sí. Pero arriba no se puede fumar», le respondió la chica. Eran los días previos a la instauración de la ley antitabaco en Buenos Aires. «Uh… ¿pero uno?», inquirió él, pidiendo permiso como un niño. La moza: «Bueno, uno». Y él: «¿Dos?», mientras subía las escaleras. Siempre se puede pedir un poco más. El no ya lo tenés. Largo etcétera de frases porteñas. Ella: «Uno».

Bizzio se fumaría, por supuesto, dos cigarrillos.

—Pensaba hacer un listado de tus actividades: escritor, guionista de TV, de cine, director y ahora músico. ¿Pero básicamente sos un escritor?
—Básicamente… —Parece decidido al comenzar a hablar, pero enseguida se detiene, piensa—. Básicamente soy Sergio Bizzio.
Hago lo que tengo ganas de hacer. Me parece que es medio pernicioso ponerle a la gente una especie de cartel de neón que indica qué es lo que hace. Más allá de eso, creo que puedo pensarme como escritor incluso cuando hago música, que me parece que también es una forma de escribir. O cuando pinto. Siempre estoy haciendo algo también con la pintura.

—O sea que, además, la pintura.
—Yo s
iempre recuerdo una idea, completamente primaria y elemental, que se me cruzó por la cabeza cuando tenía 11 años: hacer varias cosas. Pintar, escribir… porque yo comencé a hacerlo más o menos a esa edad, y la idea de hacer varias cosas fue como una especie de pesadilla. Me acuerdo que a esa edad me dije: «Por favor no hagas esto, no lo hagas». Y no pude escapar a mi destino.

¿Cómo coordinás todas esas actividades? ¿La literatura está siempre?
—En general, por suerte, yo tengo muchas ideas. Más de las que puedo escribir. En mi computadora armé una carpeta que se llama «Ideas», y está llena de ideas que me gustan. A veces esa carpeta está vacía, y también hay veces que está llena pero yo no tengo ganas de trabajar en eso. No porque esté deprimido, sino porque no encuentro el estado. Un estado que no sé cuál es, aunque en el fondo si lo supiera no importaría: es el estado para hacer lo que hago. Una concentración especial. Yo no soy el mismo ni estoy en el mismo estado cuando escribo poesía que cuando escribo un programa de televisión, ni cuando hago música. Son coincidencias entre lo que estoy haciendo y lo que soy en ese momento.

—Y combinás.
Sí. En general, me levanto escritor, hago la digestión como músico, me acerco al atardecer como guionista que trabaja profesionalmente para cine y televisión, y me acuesto… alcoholizado, ja ja ja ja.

AMISTADES E INFLUENCIAS
Sergio Bizzio está a punto de cumplir medio siglo de vida. Nació el 3 de diciembre de 1956 en Villa Ramallo, una pequeña ciudad de la provincia de Buenos Aires, a 205 kilómetros de la Capital Federal.

Su infancia estuvo marcada por un hecho central: el niño Sergio era el hijo del dueño del cine del pueblo. El único cine, claro. Su padre recibía el catálogo de películas y, juntos, elegían cuáles iban a proyectar. «Así que yo estaba todo el tiempo en el cine», recuerda ahora. «Pasé muchos años mirando cine, y muchas veces cada película. Por ahí mi papá la pasaba tres veces por día, y yo la miraba tres veces.» La imaginación de un chico de provincia multiplicada por mil en el caleidoscopio de un cinematógrafo.

Le pregunto por sus influencias. Dice «millones». Y habla de cine y de literatura y dice que podría hacer una lista infinita y pregunta por dónde me gustaría que empezara. Por lo primero que se le venga a la cabeza. Y él parece hacer lo opuesto: medita largos segundos antes de empezar a hablar.

Una vez, cuando era muy chico, leí una novela sobre esquimales: El país de las sombras largas (del suizo Hans Ruesch, publicada en 1950). Yo tenía 10 u 11 años y el libro, 300 ó 400 páginas. Esa novela me influyó mucho en aquel momento y todavía hoy reconozco su influencia. Sobre todo, la del mundo de esa novela, el desierto helado, lo blanco, la gente metida en pequeños iglúes, el encierro… Me parece que esos elementos pueden rastrearse en mi obra. Después, tengo grandes marcas de algunos escritores que también son mis amigos. Por ejemplo, Dipi (Jorge) Di Paola, Miguel Briante, Fogwill, (César) Aira. Con Daniel Guebel somos amigos desde que teníamos 18 años, así que es una larga amistad. Supongo que nos hemos influenciado mutuamente a lo largo del tiempo.

De los cinco que nombra, uno, Briante, está muerto. Charlie Feiling también fue su amigo, y también murió. Era cinco años menor que Bizzio, y en 1997 se fue al otro mundo, a los 36 años. Hace un par de meses, la editorial Beatriz Viterbo publicó El día feliz de Charlie Feiling, novela escrita en colaboración por el dueto Bizzio-Guebel, que homenajea al amigo muerto casi una década atrás.

Bizzio y Guebel ya habían escrito juntos piezas teatrales (Carnicerías argentinas, de 1993, y Dos obras ordinarias: «La china» y «El amor», de 1994), pero ésta es la primera novela que publican. Quizá la mayor particularidad de El día feliz… sea que, mientras la redactaron, sus autores nunca se vieron. «Es una novela que escribimos por mail. No nos vimos ni una sola vez para escribirla. Hacíamos una página o dos cada uno y nos las íbamos mandando, y la hicimos así, en un par de meses».

—¿La idea surgió por mail también?
—No, la idea surgió de la más triste realidad.
Una vez, hace más de diez años, fuimos a Ramallo, donde viven mis padres todavía. Fuimos con Daniel y con Charlie a pasar un domingo. Cuando volvíamos, al final del día, Charlie, en un aparte, me dijo: «¿Sabés?, éste fue el día más feliz de mi vida». A mí me emocionó mucho el comentario, porque no parecía un mero cumplido. Se lo conté a Daniel, y quedó ahí. Hasta que el año pasado él me dijo: «Siempre me quedé pensando en eso que te dijo Charlie. ¿No querés que escribamos una novela que se llame El día feliz de Charlie Feiling y contemos ese día?». Le dije que me parecía una idea estupenda, y nos pusimos a escribirla por mail. Y de verdad, nunca nos vimos escribiéndola. No sé si nos vimos después de escribirla. Creo que no.

—Leí algunas críticas no muy elogiosas del libro. ¿Te afectan mucho las críticas?
No, nada. Me afectaban cuando era mucho más joven y creía que el hecho de que hablaran bien o mal de lo que uno hace tenía alguna importancia. Pero ya no. Para mí, el triunfo no es que un libro tenga buenas críticas o buenas ventas. Por supuesto que no me da lo mismo que hablen bien o mal de mi obra, o que se venda o no: preferiría que todo el mundo hablara bien y que se vendieran millones de ejemplares y comprarme una casa en la Costa Azul. A la que nunca iría, además, porque le tengo miedo a los aviones. Por supuesto que eso me gustaría, no soy tarado. Pero no me afecta en el sentido de deprimirme, de decir «bueno, hablaron mal de mi novela, no escribo más, me dedico a otra cosa» o toda esa clase de mariconadas.

ESE OBJETO LLAMADO «CAJA BOBA»
«Después mi papá compró un televisor», retoma Bizzio el hilo de su infancia. «Por fin había televisión en casa. Yo seguía yendo al cine, pero menos, y veía cosas en la tele que me maravillaban, los dibujitos animados…». La TV, siempre protagonista en su vida: «De más grande, siempre tuve televisión. Durante algún período en que no sé por qué no había tele en casa, yo sentía que me iba a enloquecer, que no se podía vivir sin televisión». Pero ahora no tiene. Y no enloquece: «La verdad que no la extraño… Tengo más tiempo. Si tenés tele, dos o tres horas por día te clavás. Ahora yo tengo dos o tres horas más por día. Es muy probable que si yo hubiera tenido tele en este último año, no se me hubiera ocurrido la idea de ir a grabar un disco».

La TV es un tema recurrente en tus novelas. ¿Qué relación tenés con la televisión?
En principio, tengo una relación mercenaria. Yo hace 15 años que vivo de escribir para la televisión. Es mi trabajo, mi única fuente de ingresos. Ahora se está sumando el cine, ahí estoy encontrando una vía de escape, que me parece infinitamente más interesante. Yo en la TV toda la vida hice cosas que no me interesaban: telenovelas, pavadas…

—¿Nunca se te dio por hacer otra cosa?
Es que era una elección hacer eso. Muchísimas veces me ofrecieron hacer otras cosas en tele, y yo las rechacé. ¿Por qué? Porque prefiero que el compromiso intelectual y estético con la televisión sea mínimo. Durante varios años escribí telenovelas de las 4 de la tarde, y sé que puedo escribirlas escuchando radio, por ejemplo, atento a lo que dice el entrevistado en el programa. Y también sé que cuando termina la entrevista me doy cuenta de que terminé de escribir el guión, y que está bien, que es consecuente, que tiene lo que tiene que tener. Prefiero un compromiso intelectual mínimo con la TV, porque además es agotadora, puede llegar a ser demoledora, ocupa toda tu vida. Ahora por suerte no lo hago, pero el año pasado, que escribía un programa diario, hasta soñaba con la televisión. Y no es lindo soñar con Osvaldo Laport. Sinceramente, no es lo que yo quiero para mis sueños.

LA COMEDIA Y LA TRAGEDIA
Menciona a Osvaldo Laport, que es —como cualquier lector atento puede descubrirlo— uno de los modelos en los que Bizzio se basó para construir a los personajes centrales de Planet, novela publicada en 1998. El otro fue Gustavo Bermúdez, también típico protagonista de telenovelas de las 4 de la tarde. En la ficción, Osvaldo Kapor y Gustavo Denis son los dos actores raptados por extraterrestres que anhelan una televisión como la argentina, en un planeta dividido en mitades, cada una gobernada por el dueño de un canal de TV: Orozco y el Padrino. Aunque también hay un Canal Rebelde, que aglutina gente en las montañas y está liderado por el Comandante Marcos Sabato, siempre con su pasamontañas puesto, mezcla de líder zapatista con apesadumbrado escritor argentino.

—Ese grado de delirio, ¿te lo proponés, o simplemente «te sale así»?
No, no me lo propongo. Ése es mi estilo. Es más, hay momentos en que trato de evitarlo. A veces noto que estoy escribiendo, muy metido, concentrado, y de golpe algo me hace estallar en carcajadas. Pero es una sorpresa, no es algo que busque, una fórmula, «acá tendría que hacer un chiste».

¿Tratás de evitarlo por miedo a que se te vaya la mano?
Simplemente porque algunas cosas, que a mí me hacen reír, me parecen tontas, y no le hacen bien al texto. Yo estoy convencido de que, en el fondo, todo lo que hago es muy dramático, y que tiene una gran dosis de tristeza y de dolor. Creo que en toda mi literatura puede leerse eso. Al mismo tiempo, es verdad que tiene mucho humor. Pero son historias casi demoledoras.

—La parte negativa queda en lo más profundo de la novela.
—Sí. Además me parece que está bueno que las cosas tengan como dos caras… Hay un cuento de Mishima que se llama Muerte en el estío: para mí es el cuento más triste del mundo. Y no tiene una pizca de humor. Yo lo admiro mucho, es uno de los mejores cuentos que leí en mi vida, pero excepto ese cuento, y había que ser Mishima para escribirlo, creo que la literatura puede ser más penetrantemente dolorosa si esa tragedia se cuenta con humor. Excepto, repito, que uno sea Mishima.

Y Bizzio no es Mishima. Ni quiere serlo. No hace falta. Martín Kohan escribió que —al contrario de Oliverio Girondo, quien decía que «hasta las ideas más optimistas tomaban un coche fúnebre» para pasearse por su cerebro—, en El día feliz de Charlie Feiling, «las ideas más pesarosas se pasean por esta novela en una carroza de carnaval». Quizás esa frase resuma toda la obra de Bizzio.

Después de los dos cigarrillos y un cortado y una hora de charla, Sergio Bizzio —camisa y zapatillas blancas, jeans, un bolso negro cruzado al hombro— sale del bar y se va, caminando por Thames hacia el bajo. Camina como cualquier persona, pero da la impresión de que tiene que ir un poco más rápido que el resto de los mortales para poder hacer todo lo que hace. Al día siguiente de la entrevista se estrenaba El regreso de Peter Cascada, película de Néstor Montalbano basada en un argumento de Bizzio. Unos días después, Lucía Puenzo comenzaría la filmación de otra película inspirada en un cuento suyo. Él trabaja en la posproducción del que será su segundo filme: No fumar es un vicio como cualquier otro, que se estrenará en los primeros meses de 2007. Está escribiendo junto a Ramiro Agulla una miniserie de 13 capítulos para televisión. Terminó de escribir una novela hace cuatro meses y ya empezó a escribir otra. Y está grabando un disco de «música para pensar sentado». ¿Lo ves todavía, estimado lector? Ése es, aquél que va allá, bajando por Thames. Ahora lo ves. Ahora no lo ves. Sergio Bizzio, un tipo que sorprende.

 

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