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Rafael Reig:
«Uno es más escritor que nunca cuando está solo en casa, en pijama, sentado escribiendo»

 


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Rafael Reig

Nació en Cangas de Onís, (Asturias, 1963) y es autor de:

- Esa oscura gente (1990).
- La fórmula Omega (Lengua de trapo, 1998).
- Sangre a borbotones (Lengua de trapo, 3ª edición: 2003), Premio de la Crítica de Asturias y finalista del Premio Fundación Lara.
- Guapa de cara (Lengua de trapo, 2004).
- Autobiografía de Marilyn Monroe (Lengua de trapo, 2005).
- Hazañas del capitán Carpeto (Lengua de trapo, 2005).
- Manual de literatura para caníbales (Debate, 2006).

Enseña Literatura en la Universidad de Saint-Louis (campus de Madrid) y ha editado obras de Larra, Galdós (El crimen de la calle de Fuencarral, Lengua de trapo, 2001) y otros autores del XIX (VV AA, Las vírgenes locas, Lengua de trapo, 1999).

Fragmentos

El tamaño sí que importa (novela contra cuentos)

Sangre a borbotones

La fórmula Omega

Guapa de cara

Autobiografía de Marilyn Monroe

El autor

 

 

 

Entrevista a Rafael Reig, autor del ensayo Manual para caníbales

«Uno es más escritor que nunca cuando está solo en casa, en pijama, sentado escribiendo»


El autor asturiano acaba de publicar un polémico ensayo sobre literatura española, es decir, sobres sus odios y sus afectos. Aquí repasa algunos de ellos: Julián Ríos, Juan Benet o Juan García Hortelano, entre otros. También habla del oficio de seducir o, como él dice, de escribir.

 

Alberto Olmos
alberto-olmos@terra.es

 

 

Los bares no son tan divertidos como parece: los libros tampoco. A medio camino entre la literatura y la crápula, Rafael Reig lleva más de una década escribiendo novelas que parezcan buenos bares, que sean divertidas, inteligentes y amistosas. Ahora se lanza al ruedo crítico con Manual de literatura para caníbales, un ensayo sobre literatura española que sólo tiene de convencional las tres primeras palabras de su título. Lo demás no es silencio, sino todo lo contrario: whisky.

 

EL CRÍTICO

Manual de literatura para caníbales es un ensayo engrasado de ficción con el que repasas la literatura española de todos los tiempos. El tono ácido, jocoso y puñetero obedece a tu carácter o es que la literatura española no da para más.
Será mi carácter, porque a mí me apasiona la literatura española. Yo no lo veo  tan ácido mi libro. Más bien lo veo como una declaración de amor (correspondido, por supuesto) por la literatura. Vivimos tristes tiempos de unanimidad y bondad de corazón y yo he escrito algo con lo que se puede no estar de acuerdo. Lo normal hoy es escribir cosas con las que es imposible estar en desacuerdo: la guerra es mala, los puñetazos duelen, el exilio es desagradable, etc. Para eso, no vale la pena, pienso yo. Para lograr pensar algo interesante hay que arriesgarse a no tener razón y a mear fuera de tiesto. Si no dices algo discutible, en realidad no estás diciendo nada. 

Casi todos los autores que nombras figuran también en los manuales al uso, a pesar de que a algunos no pareces concederles el crédito que les depararía tal honor. La cuestión sería: ¿quién decide la inmortalidad literaria? ¿Es posible proponer un canon alternativo?
No, la cuestión es siempre la misma: ¿Quién decide? No creo que el valor literario lo decida alguien distinto de quien decide el precio del trigo, la tasa de interés o el número inmigrantes que admitimos. Decide el que tiene poder. Como Humpty Dumpty, la pregunta no es qué significan las palabras, sino quién manda aquí. La literatura es «capital simbólico», a lo Bourdieu. El gusto, eso tan personal e íntimo (ja, ja), es también algo creado socialmente. Esto es lo que pretendo decir en mi libro. ¿Se puede contestar a quien tiene poder? ¿Se puede decidir por uno mismo? ¿Hay formas de resistencia? Es dudoso, tanto en lo relativo a cómo vivimos como en lo relativo a qué nos gusta leer. Por muy dudoso que sea, se puede intentar, sin embargo. Yo lo hago. 

Nombras a menudo al novelista Juan García Hortelano, que actualmente no parece  gozar de mucho reconocimiento. ¿Hay algún autor todavía menos conocido que creas  que merezca una mayor atención en los libros de texto?
Bueno, García Hortelano es conocido por sus novelas menos interesantes. El gran  momento de Mary Tribune es menos famoso, pero es para mí su obra imprescindible. El problema es que los libros de texto ya se han vuelto catecismos. Consiguen que todo el mundo esté convencido de que el Quijote de Cervantes es bueno, pero el de Avellaneda no. El catecúmeno se lo aprende, sí, pero nunca se le explica por qué. Deberían explicar por qué es mejor Cervantes que Avellaneda. Juan Benet es muy influyente, dice el catecismo, por ejemplo, pero no le preguntes a ningún devoto en qué puñetas ha influido, porque eso no es importante. Entre mis muchos pecados, yo enseño Literatura. Mi obsesión es intentar ver en clase qué pretendían hacer los escritores y por qué, y hasta qué punto consiguieron parte de lo que se habían propuesto. O sea, leer. La mayoría de los estudiantes están corrompidos hasta el tuétano y lo que quieren es adquirir poder: el poder que da el preferir a Bach frente a Offenbach, ese capital simbólico que es el de «tener buen gusto», el poder responder con un exquisito Scott Fitzgerald cuando alguien habla del conocidísimo Hemingway, un prestigio social que sitúa de inmediato por encima a quienes prefieren a Chejov frente a, no sé, digamos Dostoyevsky. Eso nada tiene que ver con la Literatura, como es obvio, ni siquiera con el gusto personal. Ah, los nombres, como McCarthy: ¡no daré nombres!, etc. Bueno, a bote pronto, pienso que Carlos Pujol merece más atención. Ídem para Jardiel Poncela. 

Lo que ha levantado más comentarios de este ensayo han sido tus afirmaciones sobre escritores en activo: ¿en qué medida criticar la obra de un escritor supone criticar a la persona y crearse enemigos? (Desde luego, todos los escritores se toman personalmente cualquier juicio negativo de sus novelas.)
Llevo años de una adolescencia prolongada e interminable, y aún sigo discutiendo lo mismo en bares parecidos y casi con la misma ropa. Debe de ser algo del sistema endocrino, un caso de desarrollo interrumpido: no crezco y aún me interesan esas cuestiones. Sospecho que uno es lo que hace y que, por tanto, lo que uno escribe no se puede separar del todo de lo que es. No creo tener enemigos: nadie me hace tanto caso como para eso. Digo mi opinión, pero dejo claro que no es más que eso, mi opinión, valga lo que valiere. Con los escritores que conozco, me llevo muy bien. Antonio Orejudo, Chavi Azpeitia, Martín Casariego, Carlos Pujol, etc. todos mis amigos me han dicho en más de una ocasión: macho, Rafita, pídete lo que quieras en la barra, pero guarda eso en un cajón, que es una cagada. Y lo he hecho a menudo y siempre se lo he agradecido, jamás me ha molestado lo más mínimo que me criticaran ni ha impedido que nos tomáramos la siguiente. No es tan grave, de verdad. Cuesta decirle a un amigo: colega, a mí no me gusta un pelo la novia que te has echado. Igual que cuesta decirle: tu novela me aburrió. Pero una vez dicho, no pasa nada, puede que escueza un poco, pero se quita con un par de cañas el escozor y luego a uno le sirve para reflexionar.  

Calificas Larva, de Julián Ríos, de «ladrillo». También te parecen excesivas, y supongo que aburridas, las obras de Juan Benet. ¿Hasta qué punto este juicio quiere decir que la obra es, literariamente, mala? ¿Puede haber libros divertidos y buenos, divertidos y malos, aburridos y malos y aburridos y buenos?
Malo y bueno son conceptos morales, no muy útiles para hablar de literatura. A mí lo de Ríos me parece fraudulento y no es comprensible ni de recibo. ¿Benet? Bueno, mi amigo Fernández Mallo sostiene que es un genio cómico, que sólo un orate, un cínico o un perverso puede escribir así, con el deliberado propósito de ser aburrido. Él dice que lee digresiones absurdas de Benet en párrafos de mampostería, que no se entiende nada ni a qué viene y que se ríe a carcajadas, que se lo toma como una broma dadaísta, que sólo un genio cómico puede hacer eso. No sé. Bien, a tu pregunta. ¿Diversión? ¿Placer? Son cosas no tan evidentes. Para mucha gente, nada hay más interesante, placentero y divertido que un chiste de gangosos o la asistencia a un ahorcamiento. O sea, el placer, la diversión, etc., no son valores absolutos en sí mismos. El placer es un aprendizaje, como todo. Cuesta esfuerzo. ¿Es divertido salir por las noches? Cualquiera que lo haya hecho sabe que no, que divertirse cuesta mucho esfuerzo, y que hay muchas noches que aguantas tomando copas por pura desesperación. Y sin embargo, ¿por qué salimos? Por placer, evidentemente. En este sentido, leo por placer. Eso no quiere decir que ese placer a menudo no implique un esfuerzo. Lo que me descompone es no leer por placer: leer para haber leído, para poder decir que uno ha leído a Sófocles.

Atendiendo a las traducciones de novelas españolas al extranjero, y sobre todo al peso que cobran esas traducciones en los mercados foráneos, ¿qué peso consideras que tiene la literatura española actual en el mundo?
Más o menos el mismo que tiene la industria española. La literatura no está desligada del conjunto de la sociedad. ¿Hemingway sería tan influyente y conocido si hubiera sido finlandés o mauritano? ¿Si Raymond Carver hubiera sido boliviano le habrían canonizado? ¿Tiene sentido que los jóvenes españoles lean a Bukowski y no hayan leído una página de Galdós? Claro que lo tiene, si miramos alrededor y vemos cómo van vestidos esos jóvenes, qué música oyen y lo que comen.

Las novelas que tratan de escritores se han multiplicado en los últimos años. Has declarado que no te entusiasma que el tema de una novela sea el propio novelar. ¿Obedece esto a algún tipo de exigencia de compromiso social, o a que,  simplemente, la vida del escritor no es especialmente interesante?
Decía Flaubert: basta mirar cualquier cosa con la suficiente atención para encontrarla interesante. En ese sentido, da igual un escritor que un vendedor de enciclopedias. El problema es que esas novelas de plumíferos son demasiado complacientes y banales. Creo que un novelista no tiene que expresarse a sí mismo. Para expresarse uno mismo, ya lo sabemos, están la ropa, el peinado, las pulseras de colores contra cualesquiera causas y la música de Bono y Manu Chao. La literatura creo que es un aparato óptico y sirve para mirar la realidad, para asomarse al exterior. No es tan peligroso asomarse al exterior como advertían los carteles de los antiguos trenes. Yo lo recomiendo.

Según tu experiencia en el mundo editorial, y la cantidad de escritores frustrados que hay en España, ¿crees que hay alguna posibilidad de que una novela extraordinaria quede sin publicar por la ceguera del sistema?
Es posible, pero yo lo dudo. Además, ¿qué es una novela extraordinaria? ¿Hay algún polvo extraordinario que me he quedado sin echar por la ceguera de determinadas señoritas? La literatura no es tan etérea. Ese polvo y esa novela son tan conjeturales que no existen, por lo menos hasta que alguien la lea. A lo mejor luego había sido un gatillazo. El gran polvo de mi vida es el que me quedé sin echar con aquella enfermera desdeñosa: es una afirmación absurda, ¿no crees? Y luego está este otro problema: si yo me empeño en acostarme con Nicole Kidman, digamos, mediante un proceso de seducción telepática, lo más probable es que Nicole no reciba mis ondas mentales ni obedezca y venga a Madrid en el acto, metro Noviciado, calle Palma, bar de José, sin ropa interior y con tacones de aguja. ¿Cómo voy a esperar eso sentado en mi casa haciendo fuerza mental? Y sin embargo, ¿por qué hay tantos escritores que se empeñan en imponer su supuesta genialidad? Si de verdad quiero ligarme a la Kidman, algo tendré que hacer, ¿no? Tendré que ir a NY o Australia, buscarla, invitarla a unas cañitas, en fin, lo de siempre. ¿Tú vas a un bar con cara de palo, sin invitar ni a una ronda, sin ducharte, y esperas que la tía más maciza del local se te abalance porque es ella la que tiene la obligación de darse cuenta de tus encantos ocultos? ¿A que no? Pues lo mismo. Escribir es seducir. ¿Por qué hay tantos supuestos genios déspotas convencidos de que, si no se comen una rosca, es culpa de las tías, que son unas miopes, incapaces de prescindir de las apariencias y descubrir ellas solitas ese atractivo escondidísimo? Y luego no les digas: macho, si quieres ligar, sonríe un poco, sal por la noche, tienes que decirle algo a las chicas, etc. No, ni hablar, a ellos se les debe algo, no piensan poner nada de su parte y se quedan en una esquina de la barra, como acreedores enfurruñados a los que no se les paga lo que se les debe. Yo he leído muchos manuscritos como jurado de premios, para editoriales, etc. y te aseguro que está todo lleno de estos escritores que quieren follar por telepatía. La otra mitad son los ligones de playa, que escriben novelas descaradamente a remolque de lo que ellos creen que está de moda. Una novela de conspiraciones templarias, a mí eso me suena al tío que entra en el bar con gafas de sol, tintineando las llaves del coche, cadena de oro al cuello y dispuesto a preguntar si estudias o trabajas. Tampoco se comen una rosca, claro.

 

EL NOVELISTA

En Sangre a borbotones hay una reflexión parecida a ésta: cuando se va la luz, a veces suena el teléfono y todos sabemos que, aún sin corriente eléctrica, el teléfono sigue funcionando, sin embargo nos sorprendemos igualmente. Este tipo de percepción detallista de la realidad, de pequeña filosofía de lo cotidiano (como lo de la «receta de la manzana»), creo que constituye en buena medida la semilla de tu quehacer literario. ¿Estás de acuerdo?
Bastante de acuerdo. Hay muchas cosas en la vida diaria que son como un fogonazo, algo que de pronto te das cuenta de que tiene relación con cosas que para ti son importantes, que tratan de la vida tal y como es. Procuro estar atento y utilizar esos deslumbramientos que la vida diaria te ofrece a cada rato.

Pareces tener una considerable afición a publicar por entregas. Ya en un ensayo sobre las prostitutas usas la expresión muy atinadamente: Mujeres por entregas, para luego publicar por ese sistema Razón de más (en internet) y Hazañas del capitán Carpeto (en un periódico). ¿Crees que es una forma de dar la novela al público que, aunque caída en desuso, tiene sus ventajas?
Me gusta escribir para ser leído y las entregas, sobre todo ahora, con el e-mail, permiten una comunicación muy directa con los lectores. Sí, me interesan las entregas. Además, soy muy perezoso. El tener el compromiso de hacer un capítulo cada día me obliga a trabajar, cosa que siempre procuro evitar.

¿Como avezado internauta, cuál crees que puede llegar a ser la relación entre literatura e internet?
La verdad es que en mi opinión no mucha. Sé que debería decir lo contrario, pero de momento no hay una tecnología más cómoda y útil para leer que el libro. Ahora bien, en cuanto a animación literaria, a comentar, a crear páginas web sobre literatura, etc., internet puede ser importante. Yo leo todas las páginas sobre literatura que encuentro, y me interesa.

¿Te buscas a ti mismo en Google?
Por supuesto, periódicamente. ¿Quién no? Hay otro RR que es del sindicato de enfermeros y que siempre sale un poco más que yo, lo cual fastidia.

¿Hasta que punto un escritor puede ser devorado por su propio ego?
Ni más ni menos que un consejero delegado. Escribir no hace a nadie muy diferente de los demás. Como el famoso diálogo entre Scott Fitzgerald y Hemingway. Scott creía que los ricos eran diferentes. «Sí, hay una diferencia entre los ricos y el resto de la gente», le dijo Hemingway: «tienen más dinero». Eso es todo: un escritor escribe. Es escritor mientras escribe, luego es padre de familia, cliente, peatón, lo que sea.

En Pasando página (ensayo sobre la literatura española desde 1975 a hoy, escrito por Sergio Vila San Juan) no te nombran: ¿cómo lo ves?
Escandaloso, inadmisible... cuesta creerlo, etc. Le enviaré un jamón a ese señor de inmediato. Esto hay que arreglarlo.

En la Enciclopedia de Literatura de Jesús Bregante, apareces entre Rei Núñez, Luis (La Coruña, 1958) y Reigner, Claudina (pseudónimo de Álvaro Retana). Lo de aparecer en una enciclopedia, ¿te envanece, te da igual, te da rabia si otro tiene más renglones que tú?
No he visto esa enciclopedia, lo haré. Me encanta, claro, y me envanece, a pesar de que confieso que no tengo ni idea de quienes son mis escoltas.

Creo que has visto la literatura desde todos los ángulos: como lector, como escritor, como crítico; también como lector de manuscritos y como profesor de esta materia. ¿Desde qué ángulo resulta la literatura más gratificante; y desde cuál otro se percibe más su miseria?
Uno es más escritor que nunca cuando está solo en casa, en pijama, sentado escribiendo. Eso es lo más gratificante: escribir, a solas, con obstinación insensata, lleno de dudas sobre lo que uno está haciendo. El resto es como todo. La literatura no tiene más miseria que la carpintería metálica o la ferretería. Las reuniones de escritores no son diferentes de las de chapistas, ni las trampas, traiciones, puñaladas traperas, etc. son muy distintas entre escritores o entre filatélicos.

Finalmente, me gustaría saber si cuando te pones a escribir una novela lo haces desde la más absoluta humildad o sintiéndote un genio.
Hay que ser muy soberbio para ser humilde. Cuando escribo me siento un genio, igual que cuando voy a tomar copas con amigos, pero no me hago demasiado caso ni me tomo a mí mismo en serio. Que yo me sienta o no un genio da lo mismo, porque lo importante es hacer una novela y, para eso, cuanto menos haya de mí mismo, mejor.  

 

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