Invitación a la lectura

Derechos y deberes para novelistas y lectores de novelas
Somerset Maugham


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portada literaria

Derechos y deberes para novelistas y lectores de novelas

Somerset Maugham

 

 

Si leer una novela es un trabajo, lo mejor es no leerla.

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Pienso que es un abuso usar la novela como un púlpito o una plataforma, y creo que los lectores están errados cuando suponen que con ellas pueden fácilmente adquirir conocimientos. Es una gran molestia que el conocimiento sólo se pueda adquirir trabajando duro. Sería magnífico que pudiéramos regar el polvo de la información útil hecha apetecible sobre la confitura de la novela. Pero la verdad es que, aunque apetecible de tal forma, no podemos estar seguros de que el polvo vaya a ser útil, porque el conocimiento que el novelista imparte es parcial, y por lo tanto no confiable; y es mejor no saber una cosa que saberla de forma pervertida. No hay razón para que un novelista sea otra cosa que un novelista.

Basta que sea un buen novelista.

Debería saber un poco sobre una gran cantidad de cosas, pero es innecesario, y a menudo hasta dañino, que sea un especialista en un tema en particular. No necesita comerse toda una oveja para saber a qué sabe el cordero; basta que se coma una chuleta. Luego, al aplicar su imaginación y su facultad creativa a la chuleta que se ha comido, nos puede dar una muy buena idea del estofado irlandés; pero cuando pasa de esto a anunciar sus opiniones sobre la cría de ovejas, la industria de la lana o la situación política de Australia, lo prudente es aceptarlas con reservas.

El novelista está a merced de sus prejuicios. El tema que escoge, los personajes que inventa y su actitud hacia ellos están condicionados por ellos. Cualquier cosa que escriba es la expresión de su personalidad y es la manifestación de sus instintos innatos, sus sensaciones y su experiencia. Por mucho que trate de ser objetivo, sigue siendo esclavo de su idiosincrasia. Por mucho que trate de ser imparcial, no puede evitar tomar partido. Carga sus dados.

Por el simple hecho de llamar la atención hacia un personaje al principio de su novela, está asegurado el interés y simpatía por ese personaje. Henry James insistió una y otra vez en que el novelista debe dramatizar. Ésa es una reveladora, aunque no muy lúcida, manera de decir que debe acomodar los hechos de tal modo que capturen y mantengan la atención del lector. De modo que, si es necesario, sacrificará la verosimilitud y la credibilidad en aras del efecto que desea obtener. Ésta como sabemos, no es la manera en que se escribe una obra de valor científico o informativo. El fin de un escritor de ficción no es instruir sino agradar.

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Una novela debe leerse con placer. Si no se lo brinda al lector, carece de valor para él. A este respecto cada lector es para sí el mejor crítico, porque sólo él sabe qué lo divierte y qué no. Sin embargo, creo que el novelista puede sostener que uno no le hace justicia si no admite que él tiene el derecho de exigir algo de sus lectores. Tiene el derecho de exigir que ellos posean la pequeña cantidad de dedicación que se necesita para leer un libro de tres o cuatrocientas páginas. Tiene el derecho de exigirles que tengan la suficiente imaginación para poder interesarse en las vidas, alegrías y tristezas, las tribulaciones, peligros y aventuras de los personajes que ha creado. Si un lector no es capaz de dar algo de sí mismo, no podrá obtener de una novela lo mejor que tiene para darle. Y si no puede hacerlo, es preferible entonces que no la lea. No hay obligación alguna de leer una obra de ficción.

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Diez novelas y sus autores, William Somerset Maugham.
Editorial Norma, Literatura y Ensayo, Bogotá 1992.
Primera edición William Heinemann Ltd. 1954.
ISBN: 958-04-1796-2
10 pesos / Avenida Corrientes y Paraná.

 

 

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