Invitación al viaje

Balada para el último viaje
Carson McCullers

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Amas de casa desesperadas


 


 

INVITACIÓN AL VIAJE

Balada para el último viaje
Carson McCullers

 

[...]

(Llovía aquella mañana y había un cuadro de Grandma Moses)

—Es esto. Escucha atentamente. Medité sobre el amor y saqué la conclusión. Me di cuenta de qué es lo que nos pasa. Los hombres se enamoran por primera vez. Y ¿de qué se enamoran?

La tierna boca del chico estaba medio abierta y no contestó.

—De una mujer —dijo el viejo—. Sin sabiduría, sin nada para poder ir por ahí, emprenden la experiencia más sagrada y peligrosa de este mundo. Se enamoran de una mujer. ¿Es esto, no, hijo?
—Sí —dijo el chico desmayadamente.
—Empiezan por el revés del amor. Empiezan por el punto crítico. ¿Te das cuenta de por qué es algo tan desgraciado? ¿Sabes cómo deberían querer los hombres?

El viejo alargó la mano y agarró al chico por el cuello de la chaqueta de cuero. Le sacudió suavemente y sus ojos verdes miraron hacia abajo sin pestañear, graves.

—Hijo, ¿sabes cómo debería empezarse el amor?

El chico seguía sentado, pequeño, callado, tranquilo. Poco a poco meneó la cabeza. El viejo se le acercó más y murmuró:

—Un árbol. Una roca. Una nube.

Todavía llovía fuera en la calle: una lluvia sin fin, suave y gris. La sirena de la fábrica sonó para el turno de las seis, y los tres obreros pagaron y se fueron. En el café no quedaban más que Leo, el viejo y el chico de los periódicos.

—El tiempo estaba así en Portland —dijo— en la época en que comenzó mi sabiduría. Medité y empecé con precaución. Agarraba cualquier cosa de la calle y me la llevaba a casa. Compré una carpa pequeña y me concentré en ella y la amé. Pasaba gradualmente de una cosa a otra. Día a día iba adquiriendo esa técnica. En el camino de Portland a San Diego...

—¡Oh cierra el pico! —aulló Leo de repente—. ¡Calla, calla!

El viejo seguía sujentando la chaqueta del chico; temblaba y su rostro estaba muy serio, iluminado, salvaje.

—Ya hace seis años que voy por ahí solo haciéndome mi saber. Y ahora soy un maestro. Puedo amarlo todo. No tengo ya ni que pensar en ello. Veo una calle llena de gente y una luz hermosa entra dentro de mí. Miro a un pájaro en el cielo o me encuentro con un viajero en el camino. Cualquier cosa, hijo, o cualquier persona. ¡Todos desconocidos y todos amados! ¿Te das cuenta de lo que puede significar una sabiduría como la mía?

El chico se sostenía, tieso, con las manos curvadas agarrando fuertemente el borde del mostrador. Al fin, preguntó:

—¿Y encontró a aquella señora?
—¿Qué? ¿Qué dices, hijo?
—Digo —preguntó tímidamente el chico—, ¿se ha vuelto a enamorar de alguna mujer?

El hombre aflojó las manos del cuello del chico. Se volvió y por primera vez asomó a sus dos ojos verdes una mirada vaga y dispersa. Levantó el jarro del mostrador y bebió la cerveza dorada. Meneaba la cabeza despacio, de un lado a otro. Por fin, contestó:

—No, hijo. Fíjate, es el último paso de mi ciencia. Voy con cuidado. Todavía no estoy preparado del todo.
—Bueno —dijo Leo—, bueno, bueno.

El viejo estaba de pie en la puerta abierta.

—Acuérdate —dijo—. Allí, en medio de la húmeda luz gris de la madrugada, parecía encogido, andrajoso y frágil. Pero su sonrisa era luminosa. —Acuérdate de que te quiero mucho —dijo, sacudiendo la cabeza por última vez. Y la puerta se cerró sin ruido detrás de él.

El chico no habló durante un buen rato. Se alisó el pelo sobre la frente, y pasó su dedito mugriento por el borde de la taza vacía. Después, sin mirar a Leo, preguntó:

—¿Estaba borracho?
—No —dijo Leo brevemente.
—Entonces, ¿es que toma cocaína?
—No.

El chico miró a Leo, con su carita fea desesperada y su voz chillona y urgente:

—¿Está loco, pues? ¿Crees que está chiflado? —. La voz del chico de los periódicos bajó de pronto con una duda: —¿Eh, Leo? ¿Está chalado o no?

Pero Leo no le contestó. Hacía catorce años que tenía su café nocturno y se consideraba experto en locuras. Estaban los tipos de la ciudad y también los forasteros que llegaban como si vinieran del fondo de la noche. Conocía las manías de todos. Pero no quiso satisfacer la curiosidad del niño que le atendía. Contrajo su cara pálida y siguió callado.

Así, el chico se bajó la orejera derecha del gorro y, volviéndose para marcharse, hizo el único comentario que le parecía seguro, la única observación que no podía ser reída ni despreciada:

—Desde luego que ha hecho la mar de viajes.


*

Carson McCullers (Colombus, Georgia, 1917 – New York, 1967).
Cuento Un árbol. Una roca. Una nube, del libro La balada del café triste (1951).

 

 

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