No sin mi aspirador
El tiempo del lobo, de Haneke

La solidaridad jacobina de
Lars Von Trier

Dogville, de von Trier

El monstruo que cuida de mí
Savior, de Antonijevic


Publicaciones cinéfilas

El futuro ya está aquí
Libro sobre Blade runner


 


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No sin mi aspirador


Óscar Soler P.
oscar_teina@yahoo.es

 

En el año 2003 Michael Haneke anunció el fin del mundo. No dijo fechas, ni empapeló las calles ni conectó una linea 800 a disposición de los preocupados. Simplemente rodó una película espeluznante, en cuyas imágenes desvela la fecha y el lugar exactos donde ocurrirá: en la época contemporánea y en Occidente.

El tiempo del lobo (Le temps du loup) es una obra que va más allá del —ya habitual— ataque contra la civilización postmoderna: los abucheos en su estreno certifican que además se trata de un aviso; un «cuidado» con lo que pueda ocurrir. De hecho, «el tiempo del lobo» es una expresión de la mitología germánica que se refiere a los últimos momentos de la historia antes del fin del mundo: cuando se invierten los valores y caen los pilares que sostienen la vida humana.

Haneke y el Apocalipsis

El tiempo del lobo (Temps du loup) es la historia de una familia que huye a su chalet tras una catástrofe en la ciudad. En realidad no se sabe qué ha ocurrido allí y los personajes no lo mencionan en absoluto: quizás ha estallado una guerra, un golpe de Estado o la bolsa ha caído estrepitosamente. El hecho es que en su intento por refugiarse, la familia descubre su casa invadida por otra gente, quienes escopeta en mano les invitan a volver por donde llegaron.

Anna (Isabelle Huppert), su hija, y el pequeño Benny pierden su hogar, sus medios de subsistencia y su rutina diaria. Recorren los alrededores buscando asilo pero no les acogen; como mucho recogen unos víveres a cambio de no volver a molestar. Al anochecer, los personajes encienden unos matojos en un corral abandonado; nada que ver con la típica hoguera donde narrar batallas y escuchar búhos hambrientos. Su inexperiencia ante la «vida natural» les provoca noches de frío y miedo, sin comida ni papel higiénico.

Durante el vagabundeo, la familia conoce a un muchacho solitario que, al contrario de lo que cabría esperar, ni les ayuda ni se enamora de la hija de Anna. La intención del chico es obvia: sobrevivir. No le importa lo que le ha sucedido a la familia, ni el pasado ni el futuro. El joven busca comida cuando siente hambre y un lugar donde dormir cuando tiene sueño. Los demás no cuentan para él. Bajo su punto de vista no vale la pena esforzarse en agradar o ser una «buena» persona; ya utiliza suficiente energía en mantenerse con vida. Sin embargo, esta ave de rapiña les acompaña en su búsqueda de una «salida», como si ésta existiese.

La pesadilla se vuelve sartriana cuando los personajes llegan a una estación de tren. El lugar está repleto de gente que quiere escapar de la región; y mientras espera la llegada de un tren, maldicen su suerte y discuten por banalidades a causa de su desesperación. Además, los cabecillas someten al resto de personas de forma explícita y abusan de su poder porque disponen de agua, comida y medios de transporte. Los débiles, Anna, sus hijos, no tienen otro remedio que obedecer para no morir como perros abandonados. Sin fuerzas policiales ni instituciones jurídicas, los derechos, las convicciones y las posesiones se defienden con la fuerza física o la labia de cada individuo.

El ser humano se convierte en enemigo de su propia especie. No obstante, este infierno de hombres y mujeres no está compuesto de panfletos del bien y del mal: la gente defiende sus intereses particulares, trata de sobrevivir sin haber leído el manual de instrucciones y sin una base emocional madura. Cada cual busca su propia salvación. Si no hay dinero que valga, ni luz eléctrica, ni agua potable, el escenario natural se convierte en un entorno extraño y terrorífico para el burgués de a pie. Una situación que confirma qué tipo e cimientos sostienen la sociedad Occidental: el Becerro de Oro sirve en un entorno hedonista donde las preocupaciones más básicas se fundamentan en tener dinero y gomina para el fin de semana.

Haneke: ¿Aplausos o abucheos?

El tiempo del lobo arroja un análisis muy interesante sobre un asunto de actualidad. Véase lo ocurrido en el Estado de Lousiana hace pocos meses: el huracán Katrina, lejos de llevar a Dorothy al país de Oz, dejó a la «intemperie» muchas ciudades del lugar. Los habitantes sufrieron una situación límite durante semanas, con sus capacidades de supervivencia castradas de tanto burger king. No obstante, un panorama de tejados flotantes y animales domésticos sobre las copas de los pinos no quitó el sueño al ciudadano medio Occidental.

Precisamente su tratamiento sobre un asunto tan terrible —sobre todo para el demócrata y el burgués— la convierte en la peor película de Michael Haneke. La peor en dos sentidos muy claros: por un lado, es una película desagradable porque presenta la impotencia del ser humano frente a la desaparicion de la Normativa Dominante. Por otro lado, es la película menos genial de la filmografía del director, teniendo en cuenta maravillas como Funny Games, La pianista o El video de Benny, las cuales han puesto un listón inalcanzable.

Después de todo esto, ¿qué gracia tiene ver la película? Pues gracia ninguna pero sí mucho interés. Los seguidores del director disfrutarán con su sensibilidad habitual y la presencia de Isabelle Huppert; en cambio, los aficionados a hecatombres y circos hollywoodienses encontrarán un palo difícil de digerir: se trata de un pedazo de realidad del que se huye, precisamente, mediante el entretenimiento del cinemascope.

 

 

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