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Menos de 25 pesos

Monterroso, Kovadloff, Lynch y Silva

 

Fragmento de
La letra e

 

Fragmento de
Ensayos de intimidad

 

Fragmento de
Prosa y circunstancia

 

Fragmento de
La sustancia interior

 

 

 

 

Menos de 25 pesos


Tiene 25 pesos en el bolsillo, qué prefiere: ¿una novedad literaria —con el riesgo que eso conlleva— o una botella de Luigi Bosca?

 

Rubén A. Arribas
revistateina@yahoo.es

 

La letra e, Augusto Monterroso
Editorial Alfaguara, Madrid, 1987

285 páginas, 6 pesos, tapa dura
Librería Hernández, Corrientes 1436
http://www.libreriahernandez.com

EL DIETARIO DE UN AUGUSTO (Y PEQUEÑITO) ESCRITOR

¿En qué consiste el diario de Monterroso entre 1983 y 1985? En un montón de anotaciones, casi todas muy literarias: los últimos días de Carol Dunlop y Cortázar; los encuentros con Juan Rulfo; la admiración por Kafka, Cervantes, Huxley o Gertrude Stein; las reuniones con escritores de su entorno como Juan José Arreola o López Velarde; las visitas a bibliotecas o librerías; el comentario sobre la situación política de Centroamérica y la lucha armada como única solución —más escuetamente que en Los buscadores de oro—; también anotaciones varias sobre la escritura o algunos pasajes de los libros que Monterroso está leyendo; y, en gran parte, también en frases tan largas como esta. Bien pensado, parece un libro de ensayos escrito en clave de diario (además de un pequeño laboratorio de experimentos estilísticos).

Y, sin embargo, también parece un diario escrito en clave de cuento. Monterroso estructura muchas de sus anotaciones como si fueran relatos breves, con lindos y efectivos finales. Así, una sencilla explicación sobre una obra de teatro que irá a ver un lunes, por ejemplo, termina convirtiéndose en un mini cuento cuyo remate es que ese día el teatro estaba cerrado, que viene de encontrarse con la puerta cerrada y que por eso está sentado en un bar anotándolo todo en su diario... Monterroso, con la espontánea simpleza de quien es capaz de narrar cuanto le pasa, seduce al lector haciéndole creer que lee su diario personal, sin decirle que, en verdad, lo que está leyendo es un (libérrimo) libro de ensayos. (¿Para qué decírselo, si lo que importa es que lea?)

Y ésa es la principal virtud de Monterroso: convertir en algo ameno y con cierta enjundia un montón de aburridas reuniones literarias, sus muchas lecturas y unos pocos viajes nada exóticos. Además, lo hace fiel a su estilo fresco y elegante, con afición por las frases de casi una página, interrumpidas por paréntesis kilométricos —que excitan los nervios de sus críticos— y puntuación varia. En su contra: a su escritura río, de vez en cuando, le sobra algún meandro, alguna aposición. Otra crítica: tu novia puede encontrarte aburrido y dejarte si le regalas este libro, es decir, puede que La letra e sólo le interese a quienes escriben. Pero es que este guatemalteco de apenas 160 centímetros —según él— es de esos escritores que vive en y para los libros las 24 horas. Qué se le va a hacer.

 

Ensayos de intimidad, Santiago Kovadloff
Emecé, Buenos Aires 2002
222 páginas, 7 pesos
Librería Lucas, Corrientes 1247

UN FILÓSOFO Y POETA BAJO SOSPECHA (FOTOGRÁFICA)

La contratapa, desde luego, invita al prejuicio: una foto a color ocupa el reverso del libro, como si el texto debiera apoyarse necesariamente en la imagen de ese hombre con lentes modernas sin marco, pelo grisáceo y peinado hacia atrás, barba arreglada, elegante pulóver oscuro de cuello alto y arremangado ligeramente sobre el brazo izquierdo, con aire de cincuentón bien llevado. Puede ser un prejuicio tonto, pero lo tengo: desconfío de los autores cuyos libros emulan la portada de una revista del corazón.

Sin embargo, a pesar del continente, conviene darle una oportunidad al contenido. De hecho, la prosa ensayística de Kovadloff (Buenos Aires, 1942) tiene virtudes notables: un pulcro y sereno clasicismo, ideas inteligentes, un sólido armazón estructural, muchas (y buenas) lecturas de clásicos, un cálido timbre poético en la musicalidad del texto... Pero también tiene sus defectos, derivados de sus ganas de convertirlo todo en prosa poética: cierta ampulosidad rococó —«Desde hace más de cuarenta años, están en mi memoria esas manos pálidas que, delicadamente, imprimían en el aire los acentos de su meditación, como si en ellas empuñara una batuta»—, un estilo siempre presto a convertir en cuatro generosos párrafos lo que podría dejarse en uno y un supuesto intimismo que, a veces, se convierte más bien en un molesto narcisismo.

Entonces. Cuando Kovadloff logra el equilibrio ofrece una escritura bien tensada, cercana y muy placentera para su lector. A este género pertenecen ensayos brillantes y dignos de ser releídos como El hombre esperanzado, Únicos somos todos o Uno mismo. Con todo, cuando las ganas de ejercitar la prosa poética pesan más que las de practicar el ensayo salen textos empalagosos como La serenidad, Retrato de la alegría o Sobre una luz que viene de mayo. De los 21 ensayos que componen el libro, salvo seis, los demás están más cerca del cielo que del infierno, es decir, gana de calle el contenido al continente.

 

Prosa y circunstancia, Enrique Lynch
Editorial Taurus Bolsillo, Buenos Aires, 1999
215 páginas, 5 pesos
Librería Hernández, Corrientes 1436
http://www.libreriahernandez.com


UN ACADÉMICO PORTEÑO EN ESPAÑA

He aquí a un ensayista con galones de académico y profesor pero desenfadado en sus formas, con ganas de que se le note sólo a medias la bibliografía. Enrique Lynch (Buenos Aires, 1948) escribe con ligereza, exento del tedio que domina con frecuencia los textos de los docentes universitarios. De hecho, pese a ser filósofo y profesor de Estética en la Universidad de Barcelona, cumple sin reparos lo que promete en su prólogo: practicar el «ensayo con vocación literaria».

Estilísticamente ofrece una prosa sobria, desabrida, cuya sustancia muestra un pensamiento crítico pero contenido, sin más vehemencia que la ironía y las frases contundentes. Y es cierto que tiene vocación literaria: utiliza muy bien algunos recursos para volver más cercanos sus ensayos: usa con cierta frecuencia narradores en primera y en segunda persona, o incluso construye escenas para mostrar mejor qué quiere contar.

En cuanto a los temas, la obsesión que aflora con mayor insistencia es la doble nacionalidad. O más bien los efectos secundarios de ser un intelectual porteño que vive desde hace dos décadas en España. En general, Lynch más que pelearse con Sánchez Ferlosio, Savater o algún otro prefiere entregarse a la filosofía por puertas laterales. Así le dedica una apología a Schwarzeneagger, escribe una semblanza al Unabomber o recrea la emoción que le provoca ver a Daniel Baremboim tocar el piano. Pero también —nobleza obliga— tiene espacio para algo más académico como desollar a Walter Benjamin o denostar la filosofía francesa. En cualquier caso, no por ello deja de escribir sobre una mosca que le molesta, los cócteles literarios o de ofrecer momentos de intimidad, como cuando se refiere al suicidio de su madre.

Si un libro es un diálogo, Lynch se muestra en Prosa y circunstancia como un interlocutor que responde con creces a las expectativas intelectuales de su lector. Con todo, precisamente esa intelectualidad podría ser quizá la única objeción: aunque Lynch parece canchero y se entrega a sus obsesiones y prejuicios, no pocas veces, como autor, se ubica en un lugar más bien frío y distante, algo académico... Cosas de filósofos cuando hablan sobre la vida cotidiana.

(Reseña de La televisión: el espejo del reino, Enrique Lynch: http://www.revistateina.es/teina/web/teina8/lit3.htm)

 

La sustancia interior, Lorenzo Silva.
Ediciones Destino, Barcelona 1999.
421 páginas, 7 pesos.
Librería Dickens, Corrientes 1375.


LA SEGUNDA NOVELA DE SILVA

Las contratapas de la editorial Destino suelen ser bastante fieles al contenido del libro: «En un país indeterminado, en una época tampoco especificada, un extranjero llega a una catedral en construcción para tallar la sillería del coro. Allí, entre andamios, herramientas, albañiles y capataces, descubre una compleja organización, gobernada por oscuros personajes, que convierten la complicada tarea de erigir el templo en un instrumento para otros fines. Poco a poco, el extranjero se va adentrando en los desconcertantes entresijos de una intriga que desembocará en un final sorprendente. A medida que se desarrolla la trama, descubrimos un mosaico de caracteres fascinantes, y asistimos a una conmovedora historia de amor (...) ».

Apartada la euforia adjetival y traducido todo sería: una novela escrita a la antigua usanza, con narrador en 3ª persona del singular, salpicada de conflictos típicos —las tinieblas de la identidad, las relaciones de poder entre humanos, el amor, etc.— y con ánimo de funcionar como alegoría, es decir, de conseguir que cuanto circula por la superficie de la novela esconda un buen pedazo de témpano sumergido bajo el agua. En otras palabras: póquer clásico, sin variantes raras.

Silva (Madrid, 1966) comenzó a escribir esta novela a los 26, y tardó 4 años en terminarla. En 1997 quedó finalista del Nadal con La flaqueza del bolchevique y en 1999 publicaba la revisión de La sustancia interior. El prólogo a esta 2ª edición incluye unas líneas que, para cualquier escritor en ciernes, valen más que la novela en sí: «Quiero creer que ésta es la versión definitiva de La sustancia interior. No porque sea perfecta o porque esté limpia de fallos, sino porque no me siento en condiciones de trabajar más sobre ella. Han pasado seis años desde que la concebí y durante ese tiempo la he revisado decenas de veces. Durante esas revisiones, muchas de ellas desarrolladas en turbias noches insomnes, he cercenado buena parte del texto originario y he llegado a darle una forma que quizá resulté extraña o incluso anómala, pero que a la postre ha terminado por convertirse, al menos para mis fuerzas y mis herramientas, en una especie de superficie blindada».

Y valdría la pena preguntarle a Silva cómo corrigió esta novela, porque entre las páginas 180 a 217 la novela entra en crisis, pierde gas, se vuelve lenta y previsible, es decir, susceptible de ser abandonada. Sin embargo, la inercia derivada de la identificación del lector con el protagonista rebelde —un extranjero— logra extender el crédito de vida y permite llegar hasta un inesperado punto de inflexión. En la página 221, coincidiendo con el momento álgido de la crisis del personaje, surge de repente un narrador en tromba, al estilo de La flaqueza del bolchevique: «Tenía unos hombros estrechos, mates, sin el relumbre turbador de los de Octavia. Era una mujer recta, mal vestida, pintarrajeada como un jilguero. Podía poseer alguna especie de recóndita belleza, como cualquier mujer si es que lo era en realidad. Pero Bálder no estaba dispuesto a esforzarse por desenterrarla. La aceptaba así, grotesca e indeseable, escasa y desabrida como su fortuna».

De ahí en adelante, la estructura de la novela se vuelve más ligera y dúctil, el narrador vertical, la estructura sintáctica adquiere otro ritmo y el lector se deja llevar con mayor facilidad. ¿Por qué sucede esto? Dos opciones: a) la primera mitad de la novela actuaba como retardo para el explosivo de la segunda. b) Se trata de una costura mal disimulada debida al cansancio de un escritor harto de revisar los desmanes del autor menos experimentado que fue. Lo más seguro es que sea un poco de cada.

En cualquier caso, y pese a que La sustancia interior está por debajo de la excelente La flaqueza del bolchevique, si uno cae en su vértigo sacrificará con gusto algunas tardes con tal de disfrutarla. Lo mejor son los extensos diálogos entre los personajes, y cómo éstos hacen avanzar la acción —el narrador siempre está en segundo plano—. En definitiva, una novela clásica, construida con corrección por un escritor cuyo estilo estaba cristalizando y cuyo contenido resuena una vez cerrada las tapas del libro. Y eso es lo que importa.

(Reseña de La flaqueza del bolchevique: http://www.revistateina.es/teina/web/teina9/lit8.htm)

 

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