Negligencia política

Rubén A. Arribas
revistateina@yahoo.es

 

Jung, en 1916 y con la I Guerra Mundial por contexto, correlacionaba la psicología del individuo y la psicología de las naciones: «Lo que las naciones hacen, eso hace el particular, y en tanto lo hace el particular, hácelo también la nación. Sólo el cambio en la actitud del individuo inicia el cambio en la psicología de la nación. Los grandes problemas de la humanidad nunca se resolvieron por leyes generales, sino siempre únicamente por la actitud del individuo.» (1) A Jung y a muchos otros les resultaba perturbador el salvajismo demostrado por el llamado hombre culto, su furia destructora, la capacidad de mentir y de insultar, la incapacidad para frenar el baño de sangre desatado. En 2004, los acontecimientos relatados por los periódicos invitan a un pesimismo mayor. Según este genial psicoanalista suizo, un universo inconsciente y caótico dormita bajo el mundo ordenado de lo consciente. Anida en nosotros un submundo irracional del que poco sabemos, salvo que lo llevamos de serie los humanos. Aunque ellos lo nieguen, esta irracionalidad se embosca también en el cerebro de Aznar, Bush, Blair y los otros 30 presidentes de gobierno que apoyan la guerra en Irak(2), por más que ellos insistan en llamarse fuerzas de estabilización en vez de fuerzas de ocupación.

En el prólogo a la segunda edición, en 1918, Jung apuntaba que «cada cual debiera cuestionarse primero a sí mismo y ensayar sobre su propia persona aquella suspensión del orden establecido, aquellas leyes, aquellas victorias que pregona por encrucijadas y caminos, en lugar de exigir todo esto a sus conciudadanos. A todo el mundo le hace falta transformación, dislocación interna, liquidación de lo existente y renovación; pero nadie ha de cargar el peso sobre sus conciudadanos bajo el hipócrita subterfugio del cristiano amor al prójimo o del sentimiento social de responsabilidad y otros oropeles que encubren el inconsciente afán personal de poderío. La meditación del individuo sobre sí mismo, la conversión del individuo hacia el fondo del ser humano, hacia su propio ser, hacia su destino individual y social, es el principio para la curación de la ceguera que padece la hora presente». Convendría completar esta cita con el amor islámico y, en general, el sospechoso amor procedente de cualquier religión monoteísta. Asimismo, se puede contextualizar lo dicho por Jung en el ciego José María Aznar, quien nos ha hecho cargar a nosotros, sus conciudadanos españoles, con el peso de su afán de notoriedad en política internacional, apelando a un hipócrita amor al prójimo que él no profesa.

Borges, aunque también presto a las veleidades de EEUU —como demostrara con su apoyo a la invasión de Santo Domingo en 1965 o sus flirteos con Pinochet en 1976— (3), apuntaba en uno de sus relatos: «Acaso Schopenhauer tenga razón: yo soy los otros, cualquier hombre es todos los hombres, Shakespeare es de algún modo el miserable John Vincent Moon.»(4) Al margen de quién actúe como dramaturgo y quién como miserable, debemos aceptar que los españoles hemos sido cómplices de la megalomanía del último mandato aznariano. Parafraseando a don Jorge Luis y a don Arturo: de algún modo, mal que nos pese, somos también Aznar... Y menuda tragedia hemos urdido. En las pasadas elecciones locales y autonómicas, ya con la guerra en Irak lanzada y el Prestige en el candelero, renovamos la confianza en el Partido Popular: ¿dónde estaba entonces la madurez democrática de que tanto presumimos ahora? Aquella anuencia legitimó a quienes, con el respaldo de las urnas, apostaron aún más fuerte por convertirnos en abanderados del delirio de George Bush. Aceptar así, voto mediante, los desmanes del gobierno, nos convirtió en sus cómplices ante el resto del mundo, y debemos asumir esa responsabilidad política y moral. Ninguna mayoría, absoluta o no, puede convertirse en un cheque en blanco para los políticos. Hemos necesitado más de 200 muertos a tres días de las elecciones generales y semejante despropósito informativo para demostrar un mínimo de salud y no dar encefalograma plano. Deprimente. Pero el recuento de muertos no acaba en Madrid: ¿recuerdan el atentado de Casablanca?; ¿y el avión Yakolev-42 estrellado con 62 militares?; ¿y a los 7 integrantes del CNI? Y no son los únicos. (5) Si, además, hubo manipulación informativa el 11-M, tanta negligencia y soberbia por parte de Aznar y sus acólitos deberían ser juzgadas por un tribunal... Salvo que los ciudadanos vayamos a dar crédito a ese «los han matado por ser españoles». Si se juzga la negligencia médica, ¿por qué no juzgar también la negligencia política?

Sin embargo, pese a las evidencias, la noche de las elecciones algunos botarates acudieron a mostrar su entusiasta apoyo a nuestro emperador ya desnudo. Aún hoy ciertos columnistas pretenden equilibrar los muertos a causa de la guerra en Irak con los logros económicos aznarianos... Inaudito, pero cierto. Ya lo dijo Tolkien: cuidado con el anillo del poder, cuidado con los hombres. Como pedía Jung a sus coetáneos, si queremos mejorar el destino como nación —monárquico, republicano, federal asimétrico, con estados libres asociados, el que sea—, hemos de meditar sobre nosotros mismos: la ciudadanía elige a sus gobernantes y, con frecuencia, les hace el caldo gordo a éstos.

Dado que el nº 4 de teína se refiere a La ciudad, cabe recordar en ese marco a Madrid, a cuya lozanía capitalina le endilgaron la culpa de nuestra presencia en territorio iraquí. Como señalaba Antonio Muñoz Molina en su artículo Con plomo en las entrañas (6) —aquello que dijera Machado del Madrid de 1936—, preocupa que esta ciudad se haya convertido en anatema para cualquier reivindicación. Cuando se publicó ese artículo, 12 de marzo, la versión oficial aún apuntaba a ETA —a quien no hay por qué pedirle disculpas— y nadie sospechaba de la manipulación informativa reinante. Muñoz Molina indicaba que muchos han convertido la capital de España en «el espantajo al que se le puede atribuir la responsabilidad de cualquier oprobio: del cautiverio de los vascos o de los infortunios de los catalanes, del atraso de Andalucía, de la postergación de Canarias, de la marea negra del Prestige o la pobreza de Galicia, de todo aquello que desbarató la felicidad original de cualquiera de las comunidades ancestrales en los últimos veinticinco años». Por si tenía ya poco Madrid con la ignominia patria, ahora le hunden la daga del ajuste de cuentas internacional. Y pensar que ella quería lucir como ciudad olímpica en unos años...

Desde aquí mostramos nuestra solidaridad con las víctimas y nuestro compromiso para colaborar en la conversión de este mundo en un lugar más humano.

Por último, les invitamos a la lectura de este nuevo número, el 4, dedicado a las ciudades.

Referencias citadas:

(1) Lo inconsciente, Karl Gustav Jung. Editorial Losada, Buenos Aires, 1938. 12ª edición en 2003.
(2) Militares de 33 países desplegados en Irak
(3) Escritos Irreberentes, Juan José Hernández. Adriana Hidalgo editora. Buenos Aires, 2004.
(4) Ficciones, Jorge Luis Borges. Editorial emecé. Buenos Aires, 1956. Reedición de 1989.
(5) 10 muertos en la posguerra
(6) Con plomo en las entrañas, Antonio Muñoz Molina. Publicado en http://www.elpais.es el 12/03/04